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Extranjia

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Era bastante familiar, el cinturón de seguridad, los plegables en la malla elástica. Lo raro era que aquellas mujeres practicaran otro idioma, hablaran rápido sin mirarte y sin saber si habías entendido o no. Había una pantalla en el sillón de enfrente, si la tocabas se encendía, aparecía información y podías lo mismo escuchar música, ver una película o seguir el recorrido del viaje, notar cómo el avioncito iba haciendo una parábola por todo el océano.

Antes de llegar aquí el protocolo fue prácticamente el mismo. Despachar las maletas, superar los controles de seguridad, no pomos de cristal, nada cortante, contundente, ningún líquido, etc… la misma historia. El extrañamiento se produjo, repito, cuando al subir las escaleras, una mujer vestida con uniforme carmelita y blanco me saludó en otro idioma y con una sonrisa demasiado amplia. Fue como si al pasar por su lado cruzara el umbral hacia otra realidad.

Todas vestían igual, la misma sobriedad, en los gestos, la mirada. Iban de un lado a otro del pasillo, como alineando a un ejército. En algún momento me pareció advertir que dejaban escapar un suspiro, una expresión de agotamiento y eso me hacía creer que aún estábamos en un mundo conocido, pero el gesto era fugaz, así como la sensación de familiaridad que producía.

Había un hombre, de unos 50, alto, con la cabeza desproporcionadamente grande, y la voz fañosa y un poco aniñada. Vestía con los mismos colores de las mujeres, y miraba a un punto inexistente todo el tiempo, parecía que, al reparar en uno, no viera a un ser humano, sino a una pantalla con ecuaciones, cifras, cuadrículas que le indicaban la presencia de un objeto en movimiento al que debía ofrecerle agua, refresco, jugos… Cuando pasaba preguntando qué queríamos tomar, yo decía lo primero que me venía a la cabeza: “orange juice” o “water”. Tenía la impresión de que el robot no estaba diseñado para respuestas ambiguas ni tardanzas, que, tal vez, si pedía algo demasiado raro o me tardaba mucho, la máquina podría bloquearse, descomponerse y quedar varada, ahí en medio del pasillo y sus compañeras no sabrían qué hacer.

Por ratos el entorno se vuelve familiar, el avión despegando –como siempre despegan los aviones– afuera hay nubes, es de noche. Tengo ganas de ir al baño. Pasillo despejado, no está el androide, no hay nadie. Abordo el camino con el mismo cuidado de quien cruzara una cuerda floja, pronto me doy cuenta de que no es necesario, el piso es firme bajo los pies. Mis sentidos se enderezan. El baño está casi escondido, tras una puerta que se pliega en dos cuando la empujas.

Pequeño, estrecho, como era de esperarse, pero no llega a ser incómodo. Termino, me lavo las manos y no encuentro donde descargar, no hay, no está, desisto y justo cuando estoy doblando la puerta en dos para irme, el sanitario parte en un ruido que me estremece, el remolino de agua desde el fondo de la taza parece que va a succionarlo todo a su alrededor, que me va a halar del brazo y me va a llevar por el hueco. Todo termina, y vuelve al silencio. Salgo riéndome, hasta que reparo en una de las uniformadas tomando café en una esquina. La rubia deja la taza tras de sí y parece que va a acercarse, no me doy tiempo a confirmarlo, le doy la espalda y me voy directo a mi asiento con la sensación de que alguien puede pisarme los talones.

Llega un momento, a la mitad del vuelo, cuando estás equidistante del punto de partida y el punto de llegada, en que algunas cosas pierden sentido, como por ejemplo, preguntar la hora, ¿qué hora es dónde, en el adónde vamos, o en el de dónde venimos? Qué hora es en medio del océano, cuando a la vez que ganas en kilómetros, le ganas minutos al sol, y el tiempo lo define el espacio, o el espacio y el tiempo son una misma cosa, y cuando mi reloj dice la 1 de la madrugada, afuera empieza a amanecer y en menos de nada hay un sol resplandeciente, hermosísimo.

Se acerca la hora del aterrizaje, no sabemos qué habrá del otro lado. Duermo un poco. Una voz, que ha estado dando indicaciones inentendibles, vuelve a hablarnos, algo somnolienta, como repasando aburrida un texto que a dicho infinidad de veces. Verdor, contornos, paisaje rotulado, casitas y edificios en miniatura que aún no revelan ninguna espectacularidad, se van haciendo grandes, comienzan a definirse los detalles, más grandes aún hasta que se posan a un costado, y uno termina metiéndose en lo que minutos antes parecía una maqueta.

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Rumbo a Holguín: Notas desde una Terminal

Estoy en una terminal, el lugar más colorido y diverso que conozco. Los viajes siempre me sacuden y me devuelven la perspectiva. Lo que más disfruto es la gente que se conoce, gente tan diferente a uno, que solo en un lugar como este es posible una conversación o algún tipo de intercambio por más de dos horas…

Ya no sé cómo sentarme, al principio me pareció genial llegar hasta esta silla, pero ahora no tanto, el piso o el maletín se ven más cómodos…

….

“¿Este tipo no ve la facha que tiene? ¿A quién va a convencer?” le dije a la señora de atrás riéndome, aunque no tenía ganas de reírme, pero igual buscaba complicidad, compañía. El negro aquel de verdad tenía una facha sospechosa, hablaba enredao, como un borracho.

He conversado con los tres de atrás, con la de al lado, y con los dos de adelante, así que me siento en una especie de Isla, todos están tan embarcaos como yo, eso nos une. A mi izquierda hay una L de maletines, uno bien juntito al otro, un caballo de ajedrez podría pasearse por ellos sin romper las reglas del juego… La frontera de maletines me custodia, y viéndolos juntos así, parece que todos somos una partida de trotamundos…

……..

Aquel negro perseguía a la gente como un perro al que le han echado varios huesos y no sabe con cual quedarse, y los huele todos, indeciso, con ansiedad, pero cuando agarra uno, lo despedaza, lo muele de un solo golpe. El negro mismo parece un perro, trae los ojos entreabiertos como si le pesaran los párpados, y en uno de los pómulos tiene un grano enorme.

Después de que engancha el pez, o sea, que logra la atención de alguien, cosa rara porque todos le huyen, comienza su jerigonza, les ofrece una vía más rápida para irse de aquí, unos le siguen, otros ni lo miran.

……….

Sigue llegando gente a anotarse en la lista de espera, ellos no tienen nada que ver conmigo, vienen a anotarse hoy para irse mañana, sus caras no me dicen nada, no reparo en ninguna de ellas… solo veo un cúmulo de gente que se amontona cada vez más… 

Recuerdo una vez en que vi el amanecer en esta Terminal, la señora de la limpieza pacientemente fue barriendo, y pasando el trapeador, nadie hablaba por el cansancio, y verla fregar el piso fue como si pudiera quitarme un poco el churre que traía yo encima.

La Terminalestá repleta, todos los asientos ocupados, y un centenar de personas acostadas en el piso, sobre sus bolsos, sentados en periódicos, llenando crucigramas, tomando refrescos, comiendo pollo en cajitas de cartón, conectados a un teléfono público, conversando o mirando a la nada.

Mi compañera de enfrente es superexpresiva, con ella cerca no me siento sola, porque habla mucho y mi mente viaja en sus palabras, pero no va en la misma dirección que yo, y es mejor que no me encariñe porque lo más probable es que se vaya primero, y entonces, es como empezar de nuevo…

La gente se va, coge sus maletines y se va, con una risotada en la cara, apenas puedo escribir, ya está oscureciendo y los focos encima de mi cabeza no sirven, el sabueso no ha venido más, a dónde habrá ido?, estará acostado sobre algún saco, o buscando algo de comer, ¿tendrá alguna cama cálida o un plato de comida? ¿Cómo habrá llegado a convertirse en lo que es? ¿En qué momento la gente pierde el camino?

Su ausencia me recuerda que ya se está haciendo tarde…

 La Terminalparece un lago de mugre, esto es la selva… uno aquí se siente tan solo, y tan fuerte a la vez, siempre habrá algo idílico en esto de coger una mochila e irse solo a alguna parte, tú eres tu barco, tu capitán, tu remo, tu salvavidas…

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