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Escuchando a Silvio

Desde la cantina se escuchaban las canciones de Silvio, que uno tarareaba, entretenido. Los tipos venían, pedían sus tragos y se sentaban en las mesas al aire libre. Todo estuvo bien, incluso se agradecían los temas, hasta que el cantinero empezó a repetirlos, una y otra vez, una y otra vez, toda la mañana, como si lo hubieran encerrado en alguna parte y quisiera vengarse y lo hiciera por joder.

“Es que hay una orientación de no poner música extranjera, ni música bailable”, dijo alguien, más tarde. Comprendida entonces la actitud del cantinero, a quien no le quedan muchas opciones que un pequeño rango de lo que se considera música patriótica, Silvio, Pablo, Liuva, pero nada que incite al baile y a la alegría

– ¿Y ya dejan tocar tambor?

– Pero claro. Eso es pa´ las instituciones, yo en mi casa hago lo que yo quiera.

Con lo cual el santero confirma que habrá toque de tambor este miércoles por el Día de Santa Bárbara.

Hay una música out of rango por ahí, se escucha, creo que es Marc Anthony, ah no, es un carro particular, todo está bien, todo según lo reglamentado. No habrá descargas públicas.

En el cementerio Santa Ifigenia, una larga cola espera para ver y poner flores en los restos de Fidel Castro.

Hombres de dos mundos

plantitaDesde que me mudé para Santiago siento que vivo en dos mundos, con ritmos y ruidos diferentes. Cuando llego a “la plaza” (la de los machetes de Maceo en Santiago de Cuba) la ciudad se activa, el tránsito, la gente, los camiones, los machacantes con sus dientes de oro y su torpeza para tratar con la gente. Mis sentidos se transforman, la ciudad me obliga a estar alerta, a abrir bien los ojos. Sin embargo, en las tardes, cuando llego a casa, a solo kilómetros del bullicio y el caos y con una hectárea de patio alrededor, mariposas detenidas, patos, matas de mango, canteros, mis sentidos vuelven a adormecerse, como si el mundo se ralentizara. Todo es más silencioso, más tranquilo.

En este viaje de un mundo a otro, del campo a la ciudad y viceversa, y supongo que aún por mi mirada de forastera, he descubierto el modo en que se perciben los hombres de ambos universos. La ciudad -esta ciudad- está llena de “vivos”, sujetos que se creen astutos, que pueden llegar a vanagloriarse de una estafa delante de todo el mundo y sentirse orgullosos de sí mismos. Tenemos varios tipos, pero precisamente “el machacante” es el más representativo de todos. Que sí, claro, son parte de esta sociedad, y no todos son iguales, algunos, muy pocos, pueden llegar a clasificar como verdaderos caballeros, pero no me van a negar que en los camiones el concepto de marketing ha cambiado de medio a medio, y el cliente es el único que no tiene la razón cuando dice que hasta allí es un peso y no dos, cuando lo tratan a uno como un animal porque “no se corre”, “que ese carro está vacío”.

Hay muchos otros “vivos”, pululan, pero quizás no pueda agruparlos como hago con los cobradores de camión porque los puedes encontrar en cualquier lugar. Son fácilmente reconocibles por ese afán de querer sacar ventaja siempre, una ventaja, la mayoría de las veces, a corto plazo, aunque trabajen lo mismo o, lo peor, no trabajen.

No digo que el campo construya mejores individuos per se, que la nobleza y la honradez ya venga inoculada una vez que naces lejos de la urbe, pero he encontrado gente más generosa y trabajadora en los parajes más intrincados. Como aquel hombre que conocí hace unos meses. Entre él y su hermano trabajaban cuatro hectáreas y, además de ser uno de los productores más prósperos de la zona, cultivaba el arroz, los frijoles, la carne, los huevos y la leche que se consumía en su casa y solo a veces compraba algo afuera. Recuerdo que aquello me fascinó, este hombre debía estar muy orgulloso de sí mismo, de lo que ha logrado con sus manos.

Los campesinos no suelen tener la actitud de los que se creen “vivos”, porque saben que lo obtenido no es fruto de una determinada hombría de la boca para fuera, no es un mero derroche de virilidad ni charlatanería, sino que les ha costado horas reales en el surco, bajo el sol y meses de paciencia, de minucioso y arduo trabajo.

Sin embargo, a pesar de que su trabajo ha sido honrado no siempre se sienten orgullosos de sí mismos. Lo digo porque hace unos años viajé desde La Habana con un joven como compañero de asiento. El muchacho era medio tímido, pero cuando se sintió cómodo habló bastante, todo lo comentaba. Hablaba de cualquier cosa en el paisaje, notaba los verdes, los sembrados de frijol, que para mí eran terrenos de cualquier cosa. Cuando le pregunté a qué se dedicaba, se recogió como la babosa de una caracola, y desde allá en el fondo, me dijo que era campesino, como si aquello fuera una vergüenza. No habló mucho más, dijo que quería mudarse para La Habana, como si de esa manera pusiera un parche en alguna rotura. Luego se bajó en un campo antes de llegar a la ciudad.

Por lo que pude percibir, alguien le hizo creer a este muchacho que el campesino es solo un tipo torpe a quien pueden estafar con facilidad o que no sabe conducirse en las grandes ciudades, o que su manera introvertida de ser nunca estuvo de moda.

Es contradictorio que la “astucia” esté sobreestimada y que las sociedades se hayan acomodado de una manera en que el hombre más importante, el que alimenta a los demás, y logra el milagro de convertir una semilla en un fruto, y un fruto en alimentos para miles de familias, no sea mejor valorado, ni tenga bien claro para sí mismo, lo valioso que es. Es contradictorio que los campesinos no quieran que sus propios hijos se queden en el campo a labrar la tierra, sino que se vayan a la universidad, a “tener un futuro”, a estudiar Derecho o Psicología.

Diariamente me bajo de la guagua y me recibe el silencio del campo. Hace unos días quise plantar unas posturas de ajo porro que estaban en una palangana con agua en el lavadero. Quise hacerlo no porque me lo mandaran, no por cumplir ninguna meta institucional, sino porque siempre tengo objetos alrededor, libros, cables, adornos de biscuit, búcaros, pero nada de eso crecerá si lo pongo bajo tierra y le echo agua, las posturas de ajo porro, sí, van a crecer, es un hecho. Y eso es extraordinario.

Ese día terminé con dolor en las piernas, la espalda y la cabeza. Desde mucho antes, a la altura de las cuatro hileras de posturas sembradas, ya estaba cansada y loca por acabar. Pero igual tuve ese regocijo que deben sentir los campesinos cuando han terminado la faena del día y miran el terreno desde una punta para ver el campo rotulado, limpio y uniforme.

¿Será que alguna vez aprenderemos a honrar cosas así, las horas silenciosas en que alguien vela porque la semilla se vaya ensanchando hasta hacerse fruto?

Un buen ejercicio para comprender cuál oficio es indispensable y cuál no, es imaginar qué pasaría si alguno de ellos desapareciera. Puedo imaginar, por ejemplo, que de desaparecer un machacante, nadie, o muy pocos los echarían de menos. Una máquina cobradora en las puertas de las camionetas probablemente daría las gracias. Pero no puedo imaginar un mundo sin agricultores, sin esas personas que dan de comer a nuestras familias y que merecen toda la reverencia y humildad de nosotros los seres urbanos.

A modo de presentación

Es difícil definirse uno mismo. La primera vez que definí a los holguineros fue cuando salí de la provincia, porque fue entonces que tuve patrones de comparación; pero todavía no logro llegar a la esencia, siempre que ensayo un concepto de los holguineros, me quedo en la superficie, como mismo sucede cuando me pregunto quién soy o cómo me ven los demás. Sigue leyendo