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Escuchando a Silvio

Desde la cantina se escuchaban las canciones de Silvio, que uno tarareaba, entretenido. Los tipos venían, pedían sus tragos y se sentaban en las mesas al aire libre. Todo estuvo bien, incluso se agradecían los temas, hasta que el cantinero empezó a repetirlos, una y otra vez, una y otra vez, toda la mañana, como si lo hubieran encerrado en alguna parte y quisiera vengarse y lo hiciera por joder.

“Es que hay una orientación de no poner música extranjera, ni música bailable”, dijo alguien, más tarde. Comprendida entonces la actitud del cantinero, a quien no le quedan muchas opciones que un pequeño rango de lo que se considera música patriótica, Silvio, Pablo, Liuva, pero nada que incite al baile y a la alegría

– ¿Y ya dejan tocar tambor?

– Pero claro. Eso es pa´ las instituciones, yo en mi casa hago lo que yo quiera.

Con lo cual el santero confirma que habrá toque de tambor este miércoles por el Día de Santa Bárbara.

Hay una música out of rango por ahí, se escucha, creo que es Marc Anthony, ah no, es un carro particular, todo está bien, todo según lo reglamentado. No habrá descargas públicas.

En el cementerio Santa Ifigenia, una larga cola espera para ver y poner flores en los restos de Fidel Castro.

¿Who´s gonna ride your wild horses? Quién??

caballo-al-galopeSi yo pudiera meter a todo el mundo dentro de la melodía que escucho, pongo pedacitos de la letra en face o twitter y siento como si gritara fuerte fuerte y no me saliera la voz. Who´s gonna ride your wild horseeeeeeeeeeeeeees, ven? Nadie me escucha, me escucha alguien? Es inútil, todo el mundo está muy lejos. “Don´t turn around…” canta Bono, “come on love, don´t you look back”, grita, canta, y a mi lado alguien teclea, otro habla por teléfono, Jose hace un chiste, y todo el mundo se ríe, menos yo. “you ´re an accident waiting to happen…” Alguien abre la puerta, está diciendo algo parece que importante, y …blue see, todos ponen cara de asombro, y salen corriendo, por la puerta entra olor a humo, a lo mejor hay un incendio allá afuera, veo humo, han venido a asomarse por las ventanas de la redacción, están gritando, ¿gritan? si supieran lo intrascendente que parece todo con esta banda sonora…

(Aclaración: Nadie habrá entendido completamente el sentido de este post si no lo lee escuchando “Who´s gonna ride your wild horses” de U2 y aún así es posible que… tampoco, nadie entiende la música y la vida de la misma manera, ¿verdad?)

Polizones

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Foto: Carlos Ernesto Escalona (tomada del blog Kilómetro cero)

El último recuerdo de un tren había sido el de mis amigos y yo, caminando en fila por un pasillo oscuro, cargando bultos, tropezando con la cabeza y el hombro de la gente que dormitaba en los asientos, esquivando sombras en los pasos de un vagón a otro, -“polizones”, pensé, como si yo fuera un personaje de un policíaco-.

Esta vez el tren desplegaba una hilera de luces encendidas y los pasajeros viajaban todos en sus asientos, sin sobresalto, embutidos en el monótono chirriar de las ruedas y los carriles de hierro.

Solo los uniformados –policías, ferromozas– se movían entre un vagón y otro olfateando como sabuesos, cuidando el orden.

En otras circunstancias hubiera aplaudido tanta limpieza, organización y control, siempre he sido del bando de los “legales”, de los que hacen bien las cosas, sacan sus pasajes, viajan en su puesto, no fuman, beben, o ensucian el vehículo. Pero esta vez, mi ticket no cubría el tramo completo. Desde Ciego de Ávila hasta Guayos (Sancti Spíritus), sería, para los inspectores y el resto de los pasajeros, una polizón.

Desde mi asiento, ubicado al revés, los sembrados, las casitas de madera, la continuidad de los cables de electricidad venían desde atrás y yo me entretenía en verlos alejarse, disfrutando la tranquilidad de tener aún un sitio seguro donde meterme.

Los que me aconsejaron que montara al tren sin tener todo el tramo cubierto, me contaron -y yo lo había visto- que los representantes, por norma recorren los vagones y cobran el doble del costo del pasaje a quienes encuentran sin asiento. El tren se llenaba entonces de la capa más humilde y menos prometedora de la sociedad: tipos mal vestidos, con la barba de una semana y el olor de la calle, del alcohol, del peligro; mujeres ojerosas, con paños en la cabeza, llena de bultos.

Sin embargo, por lo vacío que se veían los pasillos y el entre-coche no me pareció que la tolerancia fuera la política esta vez. Y yo percibía una sanidad, un orden que no había sentido otras veces, como una casa limpia y desahogada, sin zapatos viejos, pomos vacíos, cucarachas, rincones putrefactos.

Las voces de una disputa me despertaron de la modorra. Un policía discutía con alguien en el entre-coche. Me asomé al pasillo. El oficial interpelaba a una mujer de mediana estatura, de quizás unos 40 ó 50 años que miraba hacia abajo sin responder. Por los comentarios a mi alrededor deduje que le reclamaba por estar haciendo el viaje gratis, sin pasaje alguno.

No quisiera estar en su lugar, pensé, sintiendo un poco la desprotección que debía estar experimentando ella. El policía nos pasó por el costado y la mujer se quedó, quieta, muda, en el mismo lugar.

El tren había ido cambiando con el amanecer. Los vendedores se movían con más facilidad por los coches, si alguno veía a un uniformado, guardaba sus productos, daba media vuelta y escapaba corriendo. Vi otras caras que también deambulaban por el corredor. Noté –porque estaban fuera de sus puestos y medio intranquilos– que dos o tres de los que venían sentados perdieron sus asientos, o se les terminó el ticket, como me sucedería a mí. Mejor mirar el paisaje, estar fuera que dentro.

Ya habíamos pasado la Terminal de Camagüey cuando escuché de golpe, como si de repente le subieran el volumen a un radio: “!pero m´ija es que tú vienes parada ahí desde Santiago!”. El policía volvía a reclamar. Vacas, casitas, verde, verde, más vacas, más casitas, más verde, el paisaje era interminable. “No-no-no-no-no”, decía como una carretilla el policía. Ella replicaba bajito. Luego alguien dijo: “está llorando” y otro agregó: “sabrá Dios el problema que tiene”.

Aún faltaban algunos kilómetros para Ciego, sin embargo el llanto de esa mujer, a quien no podía ver de frente y escuchaba apenas, comenzó a darme escalofríos.

Me arrellané y me concentré en el paisaje, con la ilusión de que ningún avileño hubiese comprado el número de mi asiento. No sé en qué terminó la discusión, si es que terminó, pero al menos no escuché más nada.

En vano tuve la esperanza de conservar mi puesto. En cuanto llegamos a la estación, mi vagón se llenó de gente extraña que ocupaba nuestros lugares con toda la autoridad de sus papelitos acuñados. Salí con mis cosas, como una figura en reposo que sale del dibujo, y empecé a deambular entre los otros que también se quedaron de pie.

Los “sentados” nos miraban con recelo y me recordé a mí misma, un viaje atrás, molesta ante el tránsito zigzagueante por el pasillo, con el temor de que alguien se llevara mi equipaje y con el deseo de que el corredor se limpiara de gente con un solo plumazo, para tener un viaje tranquilo, “como debiera ser”.

Ahora era yo quien estaba parada en una esquina del vagón, con mi mochila, como un perro sin dueño. Una muchacha, parada también, me miró y cambió la vista. Puede parecer muy dramático, pero me recordó una de las escenas finales de Titanic: el barco está a punto de hundirse por completo, Rose y una chica han logrado llegar a la proa, y se miran, temblando, sin decir nada.

Los policías no estaban. Tampoco vi a la mujer. Unos inspectores se acercaron y empezamos a movernos para despistar, antes de llegar a nosotros se detuvieron y se sentaron.

Por suerte, el viaje hasta Guayos solo duraba media hora, no era gran cosa, aunque en los primeros minutos me pareció interminable. Caminé hasta el primer coche con la justificación de que quería estar más cerca de la puerta que queda sobre el andén cuando pararan en la estación, y allí terminé los últimos minutos del viaje, sin que las ferromozas, los policías u otros agentes del orden me molestaran.

Llegamos por fin, a Guayos, en realidad a una estación en medio de la nada, donde dos niños veían muñequitos en un televisor pegado a la pared. Me fui a tomar un camión para la ciudad, y ya rumbo al centro espirituano, volví a acordarme del conflicto de la mujer.

¿No tendría dinero ni para los veintipico del pasaje? ¿Tendría un pariente enfermo y no pudo conseguir ticket a tiempo? Pensé también en el policía, en que seguramente bajar a la mujer habría sido una medida ejemplarizante para los demás polizones, bajar a la mujer, o a cualquier otro, a mí, por ejemplo, tirar a uno por la borda, cumplir el reglamento.

Nadie podría culparlo por querer un mejor servicio: trenes limpiecitos, puntuales, organizados, sin gente que se monte sin pagar y ande por ahí incomodando a los otros… “me molesta haber tenido que ser uno de ellos”, iba pensando en el camión. Al final no supe qué pasó con la mujer ¿Qué habrá hecho el policía?, ¿Qué habría hecho yo en su lugar… dejar a la mujer, no solo a ella, sino a todos los demás? ¿Qué habrían hecho ustedes?  

We all live in a yellow submarine

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Hoy salí con un detector de amarillos en la cabeza. Una muchacha en la parada de guagua le puso a su hija uno de esos lazos que se usaban en los 80´, y que ahora vuelven a estar de moda. Ella misma tenía un pedazo de tela amarillo recortado en el cuello, que curiosamente se le veía muy bien.

Antes de salir, mi suegra andaba con un lacito amarillo en la blusa, hecho de papel de colores ¿y tú vas a salir? Le pregunté. “Yo no, pero igual me lo pongo”.

El carro en el que “cogimos botella” tenía un trapito amarillo amarrado en el capó, y cuando llegamos a la plaza (la de los machete de Maceo en Santiago de Cuba) mi detector iba saltando de un pecho a otro, ya iba dejando un amarillo cuando ya empezaba a encontrar un vestido, una pulsa, donde posar la vista.

Nadie decía nada en lo absoluto, sin embargo el desfile silencioso de amarillos, de gente que solo se miraba y comprendía, era un escándalo. Navegamos juntos en este yellow submarine, y vemos el fondo del mar desde nuestras ventanitas redondas, no miramos ni pensamos lo mismo, pero hemos decidido pasar el día de hoy, 12 de septiembre, juntos aquí dentro.

Enhorabuena 2013

El fin de año huele a compras, enhorabuenas, y postales con votos de renovación,/ y yo que sé del otro mundo, que pide vida en los portales les voy a hacer una canción…

Danaus_plexippus-pupa2

Y comenzó el 2013 (ya hace una semana). A todo el mundo le parece ahora muy natural que el holocausto que predijeran los mayas no fuera más que el resultado de una mala interpretación occidental del calendario precolombino, pero yo sé que unos cuantos temieron, o al menos percibieron el advenimiento de algo, cuando menos, “raro”, el 21 de diciembre. Sigue leyendo

Añoranza por Le Troi

Allí solíamos ir después del trabajo. Entrar en la penumbra del Salón era como darnos a otra realidad, una en la que podías desparramarte encima de la mesa y nadie se daba cuenta, conversar por horas con dos tazas de café vacías como intermediarias, con un espejo enorme detrás cuyo reflejo nos hacía parecer en una multitud cuando en realidad solo éramos unos pocos gatos o perros. Sigue leyendo

Máquinas del tiempo en la carretera central

Aquel señor me dio el lingote con mi nombre y apellidos en reversa y yo me fui a casa, orgullosa de mi pequeño tesoro. Había conseguido un pedazo de plomo único, pero eso no era para mí lo más asombroso, sino que saliera de una máquina tan antigua, fabricada quizás en la época en la que el mismísimo Ottsmar Margenthaler creara la linotipia, perfeccionando así el método de Gutemberg. Sigue leyendo

Caballos en la ciudad

Hace unos días vi a un jinete con su caballo en plena avenida holguinera, y de inmediato fui a pescar entre los referentes que flotan en mi cabeza el del video de Penny Lane de los Beatles (ya sé que hablo mucho de los Beatles por estos días, pero fue lo que me vino a la mente). En medio de los autos, los edificios y los semáforos de Liverpool, un oficial regula el tránsito montado encima de un corcel, los de ahora cabalgan en motocicletas, pero el primer medio que utilizaron para esa actividad ha hecho que hoy se les llame “caballitos” a quienes andan vestidos de “poli” en moto y poniendo multas a los infractores de la vía. Sigue leyendo

Se acabó el verano, love is all you need

Acabó el Campeonato Mundial de Atletismo (IAAF Daegu 2011), también el verano en Cuba, y el detergente en mi casa, cosas que suceden a finales de mes, o a inicio, sin el cobro aún en la mano. Sigue leyendo

Trabajo comunitario: el cisne o el patico feo.

Cada vez que en el aula algún profesor nos mencionaba el trabajo comunitario como uno de los perfiles a seguir después de graduados (estudié Licenciatura en Estudios Socioculturales), a mis compañeros y a mí nos daba un escozor tremendo. Sigue leyendo