Guantánamo

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Fotos: Lorenzo Crespo.

Estuve en Guantánamo, la ciudad de los ríos, del cacao, del changüí, de las calles más rectas que he visto… Llegué medio aturdida, y no sé si fue el efecto de la luz del atardecer cayendo, el cansancio de la gente de regreso a casa, la línea larga del ferrocarril y la nostalgia que me traen los trenes, lo que me hizo sentir que ya conocía esas cosas, que Guantánamo no me era tan ajeno.

No sé por qué la palabra Guan-tá-na-mo, me sonaba a lugar polvoroso y triste, será porque geográficamente es como un hueco por el que no tienes que pasar para ir a ninguna parte, está metido allá, arrinconado en el oriente de Cuba, tan lejos de la línea que me he trazado en mis viajes, siempre al oeste…

En una noche nos llevaron a los mejores lugares, y yo quise ver lo mejor… Me perdí, porque llegué tarde, el museo provincial y lo más espectacular de su colección: un pedazo de la nave en la que Arnaldo Tamayo regresó del espacio en los 70´.

Le dimos la vuelta al parque, entrando y saliendo de los mejores establecimientos que lo rodean: la chocolatería –en moneda nacional– La Primada; la pizzería más barata que haya conocido, con pizzas entre ¡tres! y quince pesos; el hotel Martí, según los lugareños, el que mejor se vende en la ciudad; y la Casa de la Trova “Benito Odio”, un salón demasiado espacioso para mi gusto –para la trova prefiero los metros cuadrados de un patio casero, pequeño, íntimo– pero justificado al menos por una pareja de bailadores septuagenarios que vienen siempre y a los que, según me dijeron, podría encontrar en cualquier lugar con música. El sexteto estuvo inmejorable.

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Percibí en los guantanameros la urgencia por mostrarle a los demás, al mundo, sobre todo, que Guantánamo no es la base naval, o la cárcel adonde van a parar los prisioneros de “la lucha contra el terrorismo”. Entre ellos sentí la misma calidez y hospitalidad que percibí entre los santiagueros, de hecho, se parecen mucho, tienen, entre otras, las mismas influencias del Caribe: emigración franco-haitiana y de braceros haitianos y jamaiquinos… pero la ciudad es recta, llana, nada que ver con las lomas santiagueras, por eso Guantánamo se me parece a un híbrido entre Holguín y Santiago, o algo así, un Holguín habitado por santiagueros, salvando las distancias. (que me perdonen los guantanameros, pero casi siempre armo el puzzle de las nuevas ciudades con las dos que más conozco)

De día solo estuvimos un rato. Mientras la guagua avanzaba, un tren nos pasaba por el costado en dirección contraria, con el mismo estruendo que habría hecho una manada de elefantes caminando en fila por la ciudad. Me faltó por ver un montón de cosas, me imagino, las calles sin pavimentar, los tipos jugando dominó en los barrios, las paradas de guagua repletas o vacías.

Me quedo por ahora con la postal, y con la gente que me acompañó en este viaje. Sin Arlín, Adriel, Lorenzo, Lily, y los demás, nosotros, los invitados, los que llegábamos a la ciudad de los ríos, del cacao, no habríamos pasado de ser unos forasteros, unos intrusos en tierra ajena.

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La historia de “Lo Feo”

Ni siquiera el Principito con su célebre “no se ve bien sino con los ojos del corazón” me mostró con tanta claridad la sencillez de las cosas como sí lo hicieron la vieja palangana de violetas y el cocuyo atrapado en la botella.

Ayer cuando llegué a casa, busqué el libro de Teresita Fernández, con sus hojas un poco magulladas por el roce medio torpe de mi beba, y releí la historia de cómo escribió Lo feo. Después Gio  se quedó en la cama, hojeando el libro y cantando, ojalá entienda lo que canta y sienta la ternura del coralillo y el alita de cucaracha. Aquí los dejo con la historia, contada en las palabras de Teresita:

Tenía novio y era el Día de los Enamorados. Él estaba en La Habana y yo en Santa Clara, y en la terminal de ómnibus antes de tomar la guagua me preguntaba: ¿qué le regalaré? Veo un cocuyo y se me ocurrió cogerlo, pero dije: ¿Cómo se lo llevo? Me encuentro una botella rota en el andén, metí el cocuyo dentro de la botella y eso fue lo que le regalé, y como era del campo y estaba viviendo en La Habana, él se emocionó muchísimo porque los cocuyos están en el recuerdo de casi todos los niños campesinos. Fui todo el camino de la guagua, tarareando la canción, porque eran cosas que tenía en la mente.

Mi papá enamoró a mi madre con un ramo de violetas, desde entonces en mi casa hubo una palangana de violetas, y yo he tenido siempre una en recordación a mis padres. Otra cosa que he visto desde mi niñez es que en todas las cercas sin brillo, se enredan los aguinaldos y los coralillos. ¿Por qué? Porque el tiempo hace su obra, y en una cerca que constantemente la estén pintando no se enreda nunca nada. Sin embargo, en las cercas más viejas y pobres de la carretera, el coralillo y el aguinaldo se enredan y son las dos plantas melífluas más importantes, las mayores productoras del miel. Por eso siempre recuerdo a Martí: “ser cultos para ser libres”. La gente no puede imaginar cómo el conocimiento te da alas para volar. La gente se cree que eso es ser soñadora y muy idealista.

La belleza está en todas partes. Hay que tener espejuelos para ver la belleza que está hasta en lo feo, porque es muy fácil amar el poder, la gloria, el éxito, el dinero, la buena ropa, la buena comida…pero para desentrañar la belleza, que hay detrás de lo feo, hace falta más visión y diría que hasta un amor heroico. Con todas esas vivencias…, más un texto de Gabriela Mistral que dice: “En lo feo la belleza está llorando, fíjate cómo el escarabajo deja que se pose sobre su caparazón oscuro, una gota de rocío que le finja un pequeño resplandor de dicha”.

Con todo eso, hice la canción.

(Tomado del libro Amiguitos, vamos todos a cantar, de Alicia Elizundia)

La calle de Pizza…

Ya me acostumbré a la sensación de ir por la calle y saber que no voy a encontrarme con ninguna cara de la primaria, la secundaria o el pre, de que nadie sepa nada de mí, como yo no sé nada de la gente, “del tipo que ha sido manicero toda su vida”, o de “la muchacha que antes vivía por el barrio, era flaquita y ahora está gordísima”, esos dos o tres personajes que Charly me va presentando cuando caminamos juntos, pero ahora voy sola, buscando una dirección, que debe estar al final de esta calle estrecha, con gente sentada en la acera, estrechísima también, y los ojos del tedio, del final del día, acorralándome al otro extremo de la calle.

Hay algunas “primeras veces” que no me gustan, hay unas cuantas, en realidad, por eso camino aprisa y me concentro en el final, en que todo pase rápido, ya vendrán las segundas y las terceras y las que siguen, y todo será conocido, cálido y familiar.

76, 74, entrecierro los ojos buscando un número. Al término de la calle diviso las paredes azules del antiguo ferrocarril, por allí desembarcaba yo cuando niña, pero en realidad ni lo recordaba, la imagen que me salta es la de mi beba y yo perdidas en una parada de guagua, hace unos meses, allí mismo, con las paredes azules de fondo, sin la más mínima idea de si estábamos cerca o lejos de los puntos que ya conocía de la ciudad. Una guagua, un camión que no llegaban y la Gio desesperándose. “Mira que cerca estaba, al menos del parque Céspedes”, pensé, esta vez tranquila, como si terminara de armar un viejo rompecabezas.

De eso se trata, vivir en otra ciudad que no es la tuya, de ir formándose el mapa en la cabeza poco a poco, encontrando y desencontrándose aquí y allá, con sigilo, bajo el sentimiento de que nada, o casi nada te pertenece

Si hubiera tenido tiempo me hubiera ido a caminar la avenida del viejo ferrocarril, que es, en realidad, la avenida del puerto, hubiera ido a ver el mar, yo sola, sin Carli o un amigo contándome su historia, para tener la mía propia. De eso se trata también, creo, vivir en otra ciudad, en mirar por la ventana del carro y querer verse a uno mismo en los lugares que mira.

Estuve casi tres horas en aquella casa, ya era de noche y Carli debía pasar a buscarme. Había agotado todas las expresiones de calor, lluvia, del transporte y la economía cuando vi la cara de Charly aparecer, sonriente, por la puerta de la casa.

Volvimos sobre la misma calle de aceras estrechas, esta vez iluminada a ratos por los focos de luz. Carli dijo que esa calle le daba nostalgia, ah sí, por qué? –pregunté. En esta calle filmamos Pizza (Pizza de jamón), no te acuerdas?, por aquí caminaba Jamonada persiguiendo a Lupe. Es cierto, fuimos al lugar donde montamos la pizzería para el corto, un boquete oscuro y triste, un nivel por debajo de la acera, es la entrada de una cuartería. Desde el boquete miré alrededor y recordé la cámara, el policía al que tuve que rogarle para que no se llevara las gafas que ya habíamos usado en una de las escenas de El ciego, la casa donde íbamos a guardar pomos de agua fría y a llamar por teléfono, la otra casa a la que tuvimos que subir a pedir, por favor, que bajaran un poquito la música, que estábamos filmando allá abajo.

Recordamos un par de cosas y salimos casi corriendo a la parte que más conozco de la ciudad, la que está después del Balcón de Velásquez, me perdí en algún momento, pero Charly sabía donde estábamos. Dimos al fin con la parada, tuvimos suerte, la guagua vino temprano,  y nos fuimos a casa, con la sensación, al menos yo, de que quizás Santiago no me es tan ajeno como a veces creo.

La bienvenida

Tenía muchas ganas de irme, no era lo mismo sin mis amigos, era, de hecho, doloroso… Estas fueron las palabras que leí a un grupo de habaneros desconocidos que comenzarán el próximo curso del centro Onelio, y a quienes miraba con cierto recelo, el mismo con el que miraría a alguien que se metiera en mi casa y empezara a husmear en mis cosas como si fueran suyas. En realidad, son palabras escritas al grupo nacional, a los que vienen de provincia tres veces al año y estarán seguro tan felices y tristes como yo…

La Habana, Centro Onelio Jorge Cardoso, 26 de octubre

A los nuevos:

Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en dar la bienvenida al nuevo grupo del centro es que les tengo mucha envidia, que aunque no cambio mi grupo, ni el momento que me tocó, me encantaría regresar al minuto en que Ivonne me decía con su acento uruguayo que había entrado al Onelio, y me salvaba así de tantas cosas; me encantaría regresar al minuto en que todo estaba aún por suceder, en que todo lo bueno estaba aún por venir, solo tenía que estar y dejar que las cosas pasaran.

La primera sensación es que el tiempo se va muy rápido, muy rápido –creo que todo el mundo siente lo mismo- que hacía falta quizás un cuarto encuentro, aunque, en ese caso, seguro nos parecería que también necesitábamos un quinto, y así querríamos extender la experiencia hasta donde fuera posible para seguir encontrándonos, para recitarnos poesía, tomar ron y ver las estrellas desde una azotea, caminar en la Habana silenciosa de las 11 en busca de café, en fin, para compartir la vida, y terminar queriéndonos siempre cerca.

Pero más allá de las nostalgias, de los amigos, este curso es un puente, sobre todo si uno está empezando a escribir, -aunque igual lo es si uno ya lleva tiempo haciéndolo- un puente, un atajo que te ayuda adelantar camino, si uno quiere llegar a alguna parte.

En mi caso, y ya lo he dicho otras veces, fue como si estuviera en el agua, nadando a ciegas, y de repente alguien me tirara un anzuelo y me sacara a la luz, o como si estuviera perdida en una ciudad y alguien me mostrara el mapa y yo lo entendiera todo de un solo vistazo.

Porque es muy útil que, en la medida de lo posible, te enseñen: “mira, esto es de lo mejor que se ha escrito hasta ahora”. Es muy útil que alguien te muestre el esqueleto de un cuento, con todos sus pedacitos, que te cuente cómo se va armando una historia, y te explique todas esas cosas que uno cree intuir cuando está escribiendo, pero de las que no está ni remotamente seguro.

Desde ya, búsquense –si no lo han leído– a Madame Bovary de Flaubert, y no se preocupen si no conocen la mitad de los libros que les van a mencionar, ya les digo, tendrán la sensación de que han perdido demasiado tiempo en la vida, que alguien debió hablarles de esto antes.

Aprovechen las clases, si son olvidadizos tomen nota y no dejen que Heras les cuente el final de todas las historias.  La primera vez, traigan el mejor cuento para discutir en clases, -todo el mundo quiere probarse en buena lid- pero después lancen al ruedo el menos trabajado, del que más dudas tengan. Es una oportunidad invaluable el que tres de los mejores escritores de este país y todos sus compañeros, convertidos en “lectores ideales” –ya entenderán lo que es eso- analicen tu cuento, y te lo descuarticen y te lo mejoren… Eso sí, mucha paciencia y estoicidad mientras la historia se va deshaciendo y parece insalvable, algo bueno saldrá de ahí, si realmente valía la pena.

Cuiden a los profes, a Ivonne, -ya sabrán de su calidez- lean mucho y cuando se enfrenten a la hoja en blanco háganlo con toda la sinceridad de la que sean capaces, aunque se sientan expuestos. Dice Cioran, y eso también lo aprendí aquí, que “La fuente de inspiración de un escritor son sus vergüenzas, quien no las descubra en sí mismo o las eluda está condenado a la crítica”. Bienvenidos.

Nuestra Casa Itabo

Topes de Collantes, Sancti Spíritus, 2013

Alguien dijo que había visto una mano blanca tocando la ventana, y yo la visualicé, huesuda, pálida y endeble, como la extremidad de una cosa monstruosa que se arrastraba cerca de nosotros, que rodeaba la casa y que no tenía fuerza para asomarse por los cristales, solo para arrastrarse y husmear desde afuera nuestra felicidad.

La Casona que nos recibió con cuatro cuartos, dos salones y una cocina, fue en algún momento la Casa vivienda de la Finca Itabo. Allí donde Nardy hacía el cafecito en la noche y el amanecer, e íbamos nosotros con nuestros vasos plásticos a pedir la cuota como hermanitos obedientes, sudaron el atracón de la familia las cocineras del señor Rafael María Arze Lourteau, quizás allí mismo estaba la mesa, con la vajilla de Londres o París, como las que vimos en el museo de Trinidad, unas copitas de colores tan barroquitas y tan a relieve, y tan bonitas…

Las paredes guardaban la forma de esa otra época, puntal alto, puerta en el medio, ventanas a los lados. Cuando llegamos la primera mañana mi impresión era la de haber arribado a un sitio empolvado, como el vaho de un cajón lleno de papeles y recién abierto. Solo dejamos los maletines y nos fuimos, pero en la tarde regresamos, por un atajo, con frío, cansados… y fue como llegar a casa.

“Dicen que por las noches se siente un ruido en las ventanas”, comentó alguien con cara seria y una sonrisita asomando por la comisura de los labios. Yo esperaba ver la mano blanca o, en su lugar, el rostro tenebroso tras el cristal en cualquier momento, pero con el sueño, las ganas de comer, tomar cafecito con leche condensada, olvidé estar pendiente.

Nos convertimos nosotros mismos en los fantasmas cuando llegamos aquella noche planeando despertar a todo el mundo, corrimos alrededor de la casa, chillamos en las ventanas, y nos reímos a matar, porque nadie se despertó -bueno sí, Camilo, a quien le hicimos creer por un rato que la puerta se había abierto sola-. Ya en otro plan, le cantamos cumpleaños a Albertico (que no cumplía años) en todos los cuartos, y veíamos despertar bajo la luz de la cámara y nuestras carcajadas los rostros somnolientos y con frío.

Era como formar parte de una familia numerosa, de muchos hermanos. En los momentos de espera –para entrar al baño, a que el otro se acomode para acabar de irnos- cada uno se iba cobijando donde hubiera espacio, en una esquina del salón, en la terraza -y con el cigarro en la boca- o deambulando por los pasillos, en el cuarto del otro. Afuera todo estaba oscuro y en silencio, afuera crecían junto a la figura que nos acechaba tras la ventana, caballos blancos con jinetes sin cabeza, el niño desaparecido que visitaba a una psicóloga, el vampiro que amaneció tieso en el cementerio, el perro con rostro humano, la viejita que salió de la casa abandonada…

Todo eso afuera, adentro, nosotros, tomando café, riendo o durmiendo a pierna suelta.

La última noche un camión nos recogió en el camino para que llegáramos más rápido a casa, era la última noche y el colchón estuvo más blandito y cálido, pero ya no había café, se habían llevado la hornilla. Unas horas antes del amanecer, recogimos nuestras pertenencias y montamos los bultos en otro camión. Parecía que hubiéramos pintado la casa, puesto cortinas, muebles y ahora nos lo lleváramos todo en un gran saco.

Nuestro refugio se quedaba solo, y sentí que esa cosa viscosa que se arrastraba por los pasillos, que tal vez sí asomó su mano blanca y huesuda –pero nosotros estábamos muy entretenidos para notarla- se metía por las ventanas, a rastras, para devolverle a la casa Itabo el vaho, la penumbra y el silencio.

Regresando

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Estoy sentada frente a la compu, me toco el dolor en el dedito gordo del pie izquierdo y sonrío. Ya empezaron a subir las fotos, pronto vamos a postear, o creo que alguien lo hizo ya, pero quedan tantas cosas por decir… Fue un muy buen viaje a pesar de que extrañé a la K todo el tiempo y me entristece que no estuviera con nosotros, bajando a Vega Grande o regresando a oscuras como en aquella caminata a Playa Larga. Pasé día y medio para llegar a casa y recibir el beso de la Gio y el plato de comida caliente, pero por tantas cosas este viaje valió la pena, que lo repetiría exactamente como fue, con todo, incluso con todas las consecuencias de la Ley de Murphy, los extraño y los quiero.

Hombres de dos mundos

plantitaDesde que me mudé para Santiago siento que vivo en dos mundos, con ritmos y ruidos diferentes. Cuando llego a “la plaza” (la de los machetes de Maceo en Santiago de Cuba) la ciudad se activa, el tránsito, la gente, los camiones, los machacantes con sus dientes de oro y su torpeza para tratar con la gente. Mis sentidos se transforman, la ciudad me obliga a estar alerta, a abrir bien los ojos. Sin embargo, en las tardes, cuando llego a casa, a solo kilómetros del bullicio y el caos y con una hectárea de patio alrededor, mariposas detenidas, patos, matas de mango, canteros, mis sentidos vuelven a adormecerse, como si el mundo se ralentizara. Todo es más silencioso, más tranquilo.

En este viaje de un mundo a otro, del campo a la ciudad y viceversa, y supongo que aún por mi mirada de forastera, he descubierto el modo en que se perciben los hombres de ambos universos. La ciudad -esta ciudad- está llena de “vivos”, sujetos que se creen astutos, que pueden llegar a vanagloriarse de una estafa delante de todo el mundo y sentirse orgullosos de sí mismos. Tenemos varios tipos, pero precisamente “el machacante” es el más representativo de todos. Que sí, claro, son parte de esta sociedad, y no todos son iguales, algunos, muy pocos, pueden llegar a clasificar como verdaderos caballeros, pero no me van a negar que en los camiones el concepto de marketing ha cambiado de medio a medio, y el cliente es el único que no tiene la razón cuando dice que hasta allí es un peso y no dos, cuando lo tratan a uno como un animal porque “no se corre”, “que ese carro está vacío”.

Hay muchos otros “vivos”, pululan, pero quizás no pueda agruparlos como hago con los cobradores de camión porque los puedes encontrar en cualquier lugar. Son fácilmente reconocibles por ese afán de querer sacar ventaja siempre, una ventaja, la mayoría de las veces, a corto plazo, aunque trabajen lo mismo o, lo peor, no trabajen.

No digo que el campo construya mejores individuos per se, que la nobleza y la honradez ya venga inoculada una vez que naces lejos de la urbe, pero he encontrado gente más generosa y trabajadora en los parajes más intrincados. Como aquel hombre que conocí hace unos meses. Entre él y su hermano trabajaban cuatro hectáreas y, además de ser uno de los productores más prósperos de la zona, cultivaba el arroz, los frijoles, la carne, los huevos y la leche que se consumía en su casa y solo a veces compraba algo afuera. Recuerdo que aquello me fascinó, este hombre debía estar muy orgulloso de sí mismo, de lo que ha logrado con sus manos.

Los campesinos no suelen tener la actitud de los que se creen “vivos”, porque saben que lo obtenido no es fruto de una determinada hombría de la boca para fuera, no es un mero derroche de virilidad ni charlatanería, sino que les ha costado horas reales en el surco, bajo el sol y meses de paciencia, de minucioso y arduo trabajo.

Sin embargo, a pesar de que su trabajo ha sido honrado no siempre se sienten orgullosos de sí mismos. Lo digo porque hace unos años viajé desde La Habana con un joven como compañero de asiento. El muchacho era medio tímido, pero cuando se sintió cómodo habló bastante, todo lo comentaba. Hablaba de cualquier cosa en el paisaje, notaba los verdes, los sembrados de frijol, que para mí eran terrenos de cualquier cosa. Cuando le pregunté a qué se dedicaba, se recogió como la babosa de una caracola, y desde allá en el fondo, me dijo que era campesino, como si aquello fuera una vergüenza. No habló mucho más, dijo que quería mudarse para La Habana, como si de esa manera pusiera un parche en alguna rotura. Luego se bajó en un campo antes de llegar a la ciudad.

Por lo que pude percibir, alguien le hizo creer a este muchacho que el campesino es solo un tipo torpe a quien pueden estafar con facilidad o que no sabe conducirse en las grandes ciudades, o que su manera introvertida de ser nunca estuvo de moda.

Es contradictorio que la “astucia” esté sobreestimada y que las sociedades se hayan acomodado de una manera en que el hombre más importante, el que alimenta a los demás, y logra el milagro de convertir una semilla en un fruto, y un fruto en alimentos para miles de familias, no sea mejor valorado, ni tenga bien claro para sí mismo, lo valioso que es. Es contradictorio que los campesinos no quieran que sus propios hijos se queden en el campo a labrar la tierra, sino que se vayan a la universidad, a “tener un futuro”, a estudiar Derecho o Psicología.

Diariamente me bajo de la guagua y me recibe el silencio del campo. Hace unos días quise plantar unas posturas de ajo porro que estaban en una palangana con agua en el lavadero. Quise hacerlo no porque me lo mandaran, no por cumplir ninguna meta institucional, sino porque siempre tengo objetos alrededor, libros, cables, adornos de biscuit, búcaros, pero nada de eso crecerá si lo pongo bajo tierra y le echo agua, las posturas de ajo porro, sí, van a crecer, es un hecho. Y eso es extraordinario.

Ese día terminé con dolor en las piernas, la espalda y la cabeza. Desde mucho antes, a la altura de las cuatro hileras de posturas sembradas, ya estaba cansada y loca por acabar. Pero igual tuve ese regocijo que deben sentir los campesinos cuando han terminado la faena del día y miran el terreno desde una punta para ver el campo rotulado, limpio y uniforme.

¿Será que alguna vez aprenderemos a honrar cosas así, las horas silenciosas en que alguien vela porque la semilla se vaya ensanchando hasta hacerse fruto?

Un buen ejercicio para comprender cuál oficio es indispensable y cuál no, es imaginar qué pasaría si alguno de ellos desapareciera. Puedo imaginar, por ejemplo, que de desaparecer un machacante, nadie, o muy pocos los echarían de menos. Una máquina cobradora en las puertas de las camionetas probablemente daría las gracias. Pero no puedo imaginar un mundo sin agricultores, sin esas personas que dan de comer a nuestras familias y que merecen toda la reverencia y humildad de nosotros los seres urbanos.

Kilómetros de cinta amarilla desde Boston hasta Cuba

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El sintagma nominal “cintas amarillas” me llevó a través de Google a los hechos ocurridos el pasado abril, en Boston, minutos antes de que los corredores atravesaran la línea de meta del maratón más antiguo del mundo.

Los dos artefactos explosivos de fabricación artesanal (ollas a presión), causaron la muerte de tres personas: Martin Richard, un niño de ocho años de edad; Krystle M. Campbell, de 29, gerente de un restaurante de Medford; y Lü Lingzi, una joven de 23, de origen chino (Shenyang) y estudiante de la Universidad de Boston. De las 282 personas heridas, 14 sufrieron la amputación de algún miembro.

Al día siguiente cuarenta y dos kilómetros de cinta amarilla de la policía con las palabras ‘No cruzar’ marcaban el recorrido emblemático de la ciudad de Boston, en Massachussets. “La cinta amarilla de la policía seguirá todavía algún tiempo en varias partes de la ciudad, y aún así, a primera hora de esta mañana ya había mucha gente que desafiaba la congoja y la conmoción y corría por las calles, todavía frías pero ya soleadas de Boston”, escribía un periodista español.

Las víctimas de Boston me recuerdan a los 73 pasajeros de Cubana de Aviación que a bordo del vuelo 455 perecieron hace ya casi 37 años cuando una delegación de esgrimistas cubanos partía de Barbados rumbo a La Habana. Recuerdo, por supuesto, a Fabio Di Celmo, el joven italiano asesinado en septiembre de 1997 por una bomba de la CIA en el hotel Copacabana, y más atrás, vienen en la lista que voy graficando en mi mente, los 2 mil 602 muertos del atentado a las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001.

En contraposición a todo eso, ayer se cumplieron 15 años del arresto a los cinco antiterroristas cubanos: Ramón, Gerardo, Fernando, Antonio y René –este último ya en casa después de cumplir su condena–.

Por una petición del mismo René, la cinta amarilla, un viejo símbolo del pueblo norteamericano  llenó las calles de Cuba este 12 de septiembre. Edificios, portales, ventanas, árboles, camiones, carros, exhibían una tira amarilla. La gente se vistió de amarillo o portaba un discreto lacito en la mano, la ropa, el pelo.

Era como si la enorme cinta  de 42 kilómetros de Boston que marcaba los límites del terror en esa ciudad, se hubiese convertido en pequeñas cintas, en la tela con la que el pueblo cubano se cubría para clamar por sus héroes, por los hombres que lucharon contra el terrorismo desde la Florida, este pueblo cubano que también ha sido víctima de actos como los que vivieron los bostonianos aquella mañana soleada del maratón.

We all live in a yellow submarine

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Hoy salí con un detector de amarillos en la cabeza. Una muchacha en la parada de guagua le puso a su hija uno de esos lazos que se usaban en los 80´, y que ahora vuelven a estar de moda. Ella misma tenía un pedazo de tela amarillo recortado en el cuello, que curiosamente se le veía muy bien.

Antes de salir, mi suegra andaba con un lacito amarillo en la blusa, hecho de papel de colores ¿y tú vas a salir? Le pregunté. “Yo no, pero igual me lo pongo”.

El carro en el que “cogimos botella” tenía un trapito amarillo amarrado en el capó, y cuando llegamos a la plaza (la de los machete de Maceo en Santiago de Cuba) mi detector iba saltando de un pecho a otro, ya iba dejando un amarillo cuando ya empezaba a encontrar un vestido, una pulsa, donde posar la vista.

Nadie decía nada en lo absoluto, sin embargo el desfile silencioso de amarillos, de gente que solo se miraba y comprendía, era un escándalo. Navegamos juntos en este yellow submarine, y vemos el fondo del mar desde nuestras ventanitas redondas, no miramos ni pensamos lo mismo, pero hemos decidido pasar el día de hoy, 12 de septiembre, juntos aquí dentro.

Niña con lazos y delfines

Mientras el carro iba dando tumbos entre las curvas de la carretera a Baconao, sentía como iba encogiéndome en el asiento y me volvía una niña con bata, lazo en la cabeza y lengua azul pintada por el chupete que sostenía en mi mano derecha. La niña que miraba con asombro cómo unos elefantes prehistóricos de piedra se recortaban contra la nube gris del cielo, comenzó a recordar una foto en sepia de su tía delante de un dinosaurio, las grabaciones del cuento de los tres cerditos, el día en que su prima de cuatro años botaba en plena playa Berraco la tetera de goma que solía masticar desde chica. Los recuerdos de esta carretera se me fueron atravesando como si hubiera venido a buscarlos y me hicieran señas. La niña jugueteaba en el asiento y saboreaba la dulzura del caramelo en forma de corazón atado a un _DSC7193blogpalito, reía ante la Blancanieves demasiado enana, vista en el Valle de la Fantasía solo de pasada desde la ventanilla, caminó por un túnel de agua, y cuando le tocó posar la mano sobre la piel de goma, la tersa y, en fin, inexplicable piel de los delfines, era una bebé que apenas podía sostenerse sola.