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Combray

Duermen. Todo está tranquilo, las cortinas se mueven con ligereza, desde lejos, esa melodía que me recuerda un lugar con mis padres, un día de sábanas tendidas, esos días en que todo parecía más limpio, yo solo recuerdo las sábanas y el agua. La casa ya me conoce, y nosotros a ella, pronto habrá que irse de Combray, a construir otro Combray, entre las paredes de un extraño.  

Varadero

DSC04123La diferencia entre un pueblo de playa y un pueblo balneario estriba en que este tiene afluencia turística todo el año. Afluencia fantasma, porque su público viste albornoces blancos como sábanas, dentro y fuera del recinto de las termas”.(1)

Mientras leía este fragmento de cuento, el recuerdo de Varadero me vino de golpe, como si hubiera estado agazapado en alguna parte de mi cabeza listo para sorprenderme. Varadero no es un pueblo balneario, es un pueblo de playa, los turistas no caminan envueltos en paños blancos, ni se consumen en aguas termales, pero aquellas calles tenían algo de fantasmal. Sigue leyendo

La 195, el Alma Mater y el mar de fueguitos

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.- El mundo es eso – reveló-. un montón de gente, un mar de fueguitos.” E. G.

Eliza estaba perdida y yo había ido a parar a casa de Onésimo y Mirna con un maletín y unas ganas enormes de ver una marcha de las antorchas a la altura del Alma Mater, en la cima de aquella escalinata. Sigue leyendo

Linotipistas

los amigos del barrio pueden desaparacer/los que están en los diarios pueden desaparacer/…cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada,/imaginen a los dinosaurios en la cama.

Charly García

El chasquido de la guillotina marca un ritmo inalterable a la derecha del local, y pareciera que el tiempo no se mide ya por los segundos tradicionales, sino por los intervalos que va dejando el corte seco y firme de la Oswego. Una troqueladora marca Óptima, una grabadora de letras Sacksdax y hasta impresoras Chandler de 1899, se incorporan al compás. En algún punto de la mañana, en el momento más álgido de trabajo, la fábrica parecerá una orquesta de ¡Zas!, ¡Pum!, Trac!, palancas de izquierda a derecha, máquinas que paren hojas teñidas, polvillo de papel, hombres sudados, sin camisa y con las manos negras. Sigue leyendo

Por los Cinco: across de universe

Anwar y Wafika hablan en la plenariaSentía a veces que éramos hormiguitas gritando a la oreja de Obama, y que por muy alto que chilláramos, Barack solo sentiría una pequeña cosquilla en la piel. Así de impotente se siente un reclamo que se ignora, que no se escucha. En este Coloquio por la Liberación de los Cinco, por cuatro días, Comités de Solidaridad de todo el mundo hablaron de sus actividades, manifestaciones, cartas a la Casa Blanca, reuniones, e-mails, y nada parece suficiente. Sigue leyendo

Obama give me five, yes I’m gonna change my world

Este fin de semana fue una amalgama de una misma cosa, de un sentimiento que no podía definir. Primero fue la muerte de Johnny, o debiera decir Charly Parker después de horas de lectura, más tarde vinieron los versos de Nogueras, a quien encontré antes de salir para una guardia laboral. Nogueras hablando de Ho Chi Minh, y la guerra en Viet Nam, y de Saigón y esa misma tarde Across de Universe, la versión melancólica de las canciones de los Beatles, y dentro del mismo filme, la protesta de los estadounidenses por la injusticia, por la muerte de cientos de norteamericanos en el sur de Viet Nam, la muerte de Marthin Luther King, las fresas que sangraban y Hey Jude!!! Todo eso vino junto el fin de semana. Sigue leyendo

Llámame cuando septiembre acabe

Nos han dejado sin electricidad, o menos poético, se fue la corriente y estoy obligada a escuchar el silencio o el eco del ipod de Ana.

Necesito escribir, no me queda otra que esperar. Alguien anda con los vasos en la cocina, pero la puerta está cerrada, seguramente algo así ocurre siempre a esta hora, alguien husmea en la cocina, pero como estamos todos encerrados en los departamentos refrigerados no nos enteramos nunca.  Sigue leyendo

Y llegamos a Santiago

La guagua nos expulsó en el parque Céspedes, me sentía el viaje en las costillas, las cinco horas esperando porque saliera el carro, las otras horas de paisaje con árboles truncos, ramas secas como si hubiera llegado el otoño, postes inclinados, y casas destechadas aún.

Alguien creyó que nos tirarían piedras, que “los santiagueros no están pa’ esto”, y algo de eso creí yo también. Dejé a los músicos a su suerte, armando el audio, poniendo los micrófonos, y me fui a caminar Santiago. Desde el Balcón de Velázquez la ciudad es la misma, excepto por el eco de un martillo y dos hombres en miniatura que reparan el techo de su casa. El Tivolí sigue estando a lo lejos, también la melancolía y el mar, tranquilo, sin una sola huella.

Santiago sigue siendo la ciudad ruidosa, la del tránsito violento, con esquinas donde hay que mirar en cuatro direcciones. A mediados de una cuadra un tumulto de gente se sale de la acera “¿y qué venden ahí?” “Arroz y frijoles rebajados”, me responden. Dejé la mirada unos segundos en la cola y seguí, con un poco de remordimiento porque estoy aquí, pero esta no es mi realidad, no tengo que rasparme una cola de esas, ni sancajear la comida con la incertidumbre de si podré llegar al fin de semana.

Alguien riega la calle con una manguera, ya van tres personas que hacen lo mismo en esta avenida. Vino el agua, quizás, el pavimento chorrea, en una esquina hay escombro acumulado y moscas, y los motoristas hacen una curva para sortear el montículo.

Trocha en medio de la llovizna y sin hojas no parece la misma, como si hubieran cambiado las casas de lugar. En otra esquina, el motivo de la cola son las velas rebajadas de ocho a cuatro pesos, desde la oscuridad del local sale un vaho cálido y denso, y la gente se amontona y discute, y yo sigo caminando ya de vuelta al parque, doblando las rodillas porque las lomas, por suerte, no sufren con los huracanes.

En el Céspedes la gente reía con Fito, el humorista holguinero. Increíble, los santiagueros sí estaban pa’ fiesta, en medio de los sin techo, los sin corriente y los sin comunicación, la gente tenía ganas de que alguien los sacara de allí con un anzuelo, aunque fuera un rato, y siento que eso fue lo que hicieron los músicos y Fito, con sus chistes.

Esto es importantísimo, porque el ánimo de las personas está por el piso y la música siempre anima, y además, cuando la gente tiene esa hermandad y se acerca, eso vale mucho”, dijo Miriam Spek, una señora, vecina de Trocha, a quien Sandy dejó con una cubierta y unas paredes maltrechas. “Es muy triste lo que ha pasado, ahorita estaba pensando, bueno, al menos un poquito de música”.

Algunos pasaban meditabundos y se acercaban hasta hacer más compacto el semicírculo alrededor del escenario improvisado. Fito se hizo acompañar del septeto Cubasón, tocaron también el septeto Oyaré y la Steel Band de El Cobre, quienes ya se habían presentado en los municipios holguineros afectados por el huracán y ahora desembarcaban en su tierra como si vienieran de un largo viaje.

¡Marilu!”, gritaban desde una parte del semicírculo y enseguida se sintieron los acordes del clásico de los Van van, con el sonido agudísimo de los tanques de la Steel.

La catedral, sin cruz ni campana en la cúpula, se había estado reflejando toda la tarde en la fachada del Hotel Casa Granda, pero ahora ya era de noche y con las luces del parque llegó la hora de irnos.

De regreso

Tenía ansiedad por irme, no porque Santiago a esa hora ya se volvía una boca de lobo, con algunas zonas claras, sino porque Charly y Gio me esperaban en algún punto de la carretera hacia El Cobre. Estaban allí en un recodo oscuro, hasta que los iluminó la luz delantera de la guagua. Imaginé en otros lugares de Santiago la misma escena que Charly me contaba ahora: gente que se metía en los armarios y veía por una rendija cómo el techo de la casa salía disparado hacia la nada, con la sensación de vulnerabilidad y desprotección más intensa que hubieran podido experimentar, como si uno fuera una hormiga, un escarabajo, un bicho.

En el Cobre oscuro también, unas 15 personas veían juntas el televisor, y recordé los 90′, cuando la gente, en medio del apagón, se agrupaba en la casa del vecino que obtenía luz de la batería de su carro y ponía la novela para la cuadra entera.

La brigada artística que llegó de Holguín también quiso animar en El Cobre, pero por la hora, y otras razones que no voy a enumerar, no se pudo. Así que despedimos a los músicos de la Steel y fuimos al Santuario. Nunca había estado allí a esa hora y con tanto cansancio, y no sé si eran las medias luces o el reecuentro, lo que hizo que aquel lugar se me pareciera a un hogar, o a un sitio donde podría permanecer por mucho tiempo.

Volví a recordar el Balcón de Velázques y su paisaje intacto, como si fuera un oasis, como si para borrar lo que pasó bastara con asomarse a sus tejados y su bahía, pero la realidad está afuera y es otra y hay que batirse con ella. En Holguín todo parece más tranquilo, hay luces y calma, pero por alguna razón no puedo dormir, como si una presión o una energía intensa fueran a dejarme sin techo, sin sábanas y metida en un armario.

Notas post Sandy

25 de octubre

9:00 am

Los árboles y las casas están en su lugar, al menos eso veo desde el portal de mi casa. Los muebles están húmedos, tengo un pollo enjaulado debajo del sofá y ropa tendida en la sala, esto parece un campamento. Ya pasó el ciclón, pero aún me siento en estado de contingencia, será así hasta que llegué la corriente.

11:00 am

El pollo saca la cabeza por entre los barrotes de la jaula, parece que tiene un cuello super elastizado, tanto que podría llegar a mí, que estoy a unos metros. Aún no sé nada de mi beba, prefiero no pensar en eso y esperar a que se comuniquen. Anoche tuve miedo en algún momento. El ruido de la lluvia en las persianas metálicas no me dejaba dormir y el viento, feroz, parecía que terminaría doblegando toda la ventana.

1:00 pm

Un resplandor naranja viene de la cocina, todo lo demás está oscuro. ¿Papi? Sí, soy yo, me responden. Se acaba de ir la corriente y mi padre deambula por la casa. Me pongo la almohada en la cabeza, aunque ya el viento es muy fuerte. Cierro los ojos, la ventana me va a caer encima, pero no me levanto, tengo el cuerpo tan apesadumbrado que me cuesta moverme, seguro no pasa nada. Duermo, sueño, no estoy aquí, sino en una habitación con una cama ancha y una manta roja… De nuevo los golpes en la ventana y el ruido, y la luz en la cocina. Mami y papi caminan, hablan.

-¿Ara?

-Dime.

-Nada, nada.

..

Este pollo no deja de cacarear, ya salió el sol, pero no llega la corriente. Nada de mi beba aún, no pienso, no pienso.

8:00 pm

11 muertos, es impresionante. Santiago está destruido, eso me duele, tanto como si fuera Holguín. Mi beba está bien. Acá en Holguín hay una Fiesta Cultural que puja por subsistir desde la solidaridad, no hay otra manera de verlo.

Crisis de octubre: memorias de un soldado antillano

Entre agosto y septiembre de 1962 llega a Cuba la técnica militar prometida por los soviéticos en un convenio que se discutía desde inicios del año. En octubre los yanquis comienzan a sobrevolar la Isla porque sospechan la instalación de misiles. El 22 de ese mes Fidel decreta la alarma de combate. El derribo de un avión de reconocimiento U2 y otras tensiones, hicieron que la crisis se viviera de manera más intensa en las costas holguineras. A 50 años de los hechos, un antillano comparte sus recuerdos.

Antes del 22 de octubre del 62′ la vida de Oscar transcurría sin mucho sobresalto. Vivía en Antilla, tenía 17 años, era empleado de un banco, y en sus ratos de ocio devoraba libros rusos. Eso de los pocos sobresaltos es solo una manera de hablar porque el joven ya había subido el Pico Turquino, en los tiempos en que previo a la escalada había que hacer una caminata de seis días; daba clases de Filosofía y Economía Marxista en la Escuela Provincial de la Juventud de Santiago de Cuba y era reservista de las FAR.

Quien ahora recuerda los hechos que acontecieron en uno de los frentes de combate de la Isla cubana durante la crisis de Octubre es conocido como Coronel (R) Larralde. El joven de entonces pertenecía a uno de los batallones de la División 56 del Ejército Oriental. Mientras una parte del pueblo cubano vivía las tensiones de la crisis desde el televisor de casa, otro grupo se alistó en las costas, en el monte, apertrechados por más de veinte días. La Compañía a la que pertenecía Oscar Larralde, se ubicó de manera permanente, a partir de la alarma de combate, en las playas Baracutey y la Caimana.

¿Cómo era el ambiente en Antilla antes del 22 de octubre de 1962?

En los primeros días de octubre los antillanos vimos aviones yanquis sobrevolar el puerto, vuelos rasantes, no había crisis todavía, era una soberbia terrible y no teníamos con qué tirarles. Eso lo saben los antillanos. Por aquí estaba desembarcando parte de la ayuda. Todo el año 62′ fue muy intenso, los norteamericanos estaban creando el ambiente de una revancha porque todos los planes subversivos contra Cuba les habían salido mal. Solo necesitaban un pretexto, cualquiera, para una agresión. Y en ese entonces tenían que desembarcar, no es como ahora que la aviación va y acaba con el país, tenían que entrar por alguna playa, y nuestra bahía era un buen lugar para eso.

La alarma de combate lo sacó de su rutina y lo lanzó a una playa de Antilla, ¿Cómo fue la llegada?

Cuando nosotros fuimos para allí no sabíamos mucho, el teatro de operaciones no se había preparado. Tuvimos que cavar la trinchera y los pozos de las ametralladoras. Los barcos de los yanquis se veían a seis, a doce millas, se sentía el ruido de los aviones, era como una guerra sin tiros aún.

Lo que veíamos con indignación es que no podían entrar los alimentos que antes llegaban en los barcos rusos. Cuando declararon la cuarentena, no llegaba ni combustible, ni alimento, ni armas, ni de medicina, nada de eso se permitía, como no se permite ahora.

Cuando Kennedy declara el bloqueo naval a Cuba ¿ya había entrado todo el armamento soviético?

No, a algunos los cogió la cuarentena en el mar. Hubo momentos en que los barcos yanquis y los rusos estuvieron a apunto de caerse a cañonazos en medio del agua, porque los soviéticos tenían la orden de no dejarse inspeccionar por nadie, aunque después Nikita cambió la orden.

¿Usted sabía algo de la PPSH, o pepechá, como llamaban algunos al arma rusa?

Nada, ni yo ni nadie, una vez la manipulé de manera imprudente y después no sabía cómo sacarle el cartucho, y tuve que pedir auxilio, eso fue tremendo.

Ya había tirado con otro tipo de arma, con M1, con Springfield. De la pepechá yo tenía un poco de conocimiento por los libros rusos que había leído: Un hombre de verdad, La toma de Berlín, La defensa en Moscú. Cuando nos la dieron lo primero fue quitarle el preservo, esas armas estaban conservadas desde la Segunda Guerra Mundial.

¿Y qué sabían ustedes de lo que estaba pasando?

Lo táctico, que los yanquis iban a agredir, que teníamos que defendernos. Ya después que Fidel habló fue que empezamos a oír de armas estratégicas.

Se puede decir que el 27 de octubre, el día que tumbaron el U2 fue el momento más álgido de toda la campaña, ¿cómo lo vivieron ustedes estando tan cerca?

El U2 lo derriba un grupo de combate coheteril soviético, ubicado en el barrio La Anita, de Los Angeles, un poblado de Banes. El día 27 a las 10 de la mañana sentí una explosión seca y fuerte, luego otra, con unos segundos de diferencia. Yo estaba en la arena, y caía una llovizna. Al otro día por la tarde, nos dijeron que los rusos habían tumbado un avión y que el cadáver del piloto estaba en Antilla.

¿Qué se publicó en la prensa de todo esto?

Para despistar a los yanquis se dijo que el avión se había derribado en Pinar del Río. Todo eso es válido en tiempo de guerra. Después cuando se terminó la crisis, mucho después, se publicaron los hechos.


Si estaban volando aviones de reconocimiento hacía varios días, ¿qué condiciones usted cree que hayan determinado que el U2 se tumbara justo en esta zona y ese día, cuando ya los rusos y los yanquis se estaban poniendo de acuerdo?

En primer lugar, porque el piloto yanqui cumplió su misión, no se desvió. Debía pasar muy cerca del grupo de combate ruso de La Anita y así lo hizo. Hay que tener en cuenta que ese día, el piloto venía volando desde occidente. Un U2 vuela como a 600 km por hora a 20 km de altura, y durante todo ese tiempo fue seguido por los radares rusos, que ese día estaban conectados, salieron al éter.

¿Por qué estaban conectados específicamente ese día?

Los rusos dieron la orden de poner a funcionar los radares porque Fidel había hablado el día 26 con Pliev el jefe de todas las tropas rusas. Fidel le dice que él le va a tirar con todo, que no se podían seguir permitiendo los vuelos rasantes de los U2, era un peligro para todo el mundo, estaban fotografiando todas las unidades, y un día podía venir un avión que en vez de cámaras fotográficas trajera cohetes. Los rusos se percatan de eso y al otro día todos los radares están conectados.

El U2 venía desde occidente, pero lo tumban justo en la zona holguinera…

A medida que los grupos coheteriles iban detectando al avión a lo largo de todo el país iban pidiendo permiso al órgano superior para derribarlo, pero el permiso no llegaba, se les decía que lo estaban tramitando. El avión pasa por Chaparra, y se pone a 50 km del grupo ubicado en La Anita, Banes. Ivan, el ruso al mando, sabe que es un avión de reconocimiento, pide permiso y le dicen que aguante, que aún no llega la orden.

Hay versiones de que se pierde la comunicación y que Ivan, sin esperar la orden dice: “túmbenlo”. Luego Voronkov, jefe de la División Coheteril Antiaérea, se atribuye el derribo, pero él mismo dice que cuando llega la orden y él se la informa al ruso: este le responde, “ya está derribado”, y que además junto con la orden de ascenso, llega la de arresto

Y ¿qué le pasó a Ivan?

No le pasó nada porque Fidel lo defendió, al final todo el mundo estaba de acuerdo con que se tumbara.

Entonces el piloto del U2 fue el único fallecido de toda la contienda…

Sí, el mayor Anderson. El 4 de noviembre el cadáver se entrega a su familia y el 6 lo entierran.

En noviembre termina la crisis ¿Qué cree Ud que nos dejó la crisis de octubre además de algún armamento y uno que otro sinsabor por la partida de los cohetes?

Creo que el mejor aprendizaje fue que la seguridad del país depende, sobre todo, de sus hombres y mujeres.