Certezas

Para la michi

Siempre me pregunté cómo sería la primera noche, cómo iba yo a soportar que tú estuvieras allí y yo aquí. Tú allí sola, expuesta. Yo te imaginaba en una litera, acurrucada y con una pila de gente mirándote fijo y siendo áspera, y yo sin estar contigo para ayudarte.

Después supe de esa noche, que no fue tan mala, según tú. Cuando llamaste por primera vez sentí que me hablabas de un lugar lejano, donde además no te daban mucho tiempo, a ti y a mí que nos pasamos horas hablando y no nos gusta que nos interrumpan.

¡Estoy bien!, y hasta lo decías con optimismo, así que estuve más tranquila, y hasta creí que el tiempo iba a pasar rápido y que yo también era muy fuerte y no iba a necesitar que habláramos todos los días, a veces más de una vez, que nos fuéramos a tomar café por ahí, que no me soportaras cantando jazz, solo canciones de John Secada y con dos botellas de vino sobre la mesa.

Llegué a creerlo por unos días, pero era la fuerza de voluntad. Siempre sucede cuando te alejan de una persona que quieres mucho, uno se anestesia con la idea de que va a ser fuerte, tiene que ser fuerte, todo va a pasar, y empiezas a hacer malabares de tanto entusiasmo, y tiras las pelotas bien alto, como para deshacerte de todo eso, hasta que regresan todas por fuerza de gravedad. Las recoges y vuelves a jugar, yo sé que estás bien, que no lloras nunca, que ya te acostumbraste, que el tiempo sí va a pasar rápido, yo lo sé.

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