Archivo mensual: febrero 2014

Dónde están los ladrones

Había una niña sentada en la acera, no importa de qué edad, es una niña y está jugando con su muñeca preferida. Por la esquina viene un hombre, uno cualquiera… y le arrebata la muñeca, y se va corriendo. La niña se queda en la acera, sentada, sin entender, llora, sigue llorando, deja de llorar y se va…

Dos extraños

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No sé en qué parte de uno está la criatura, el sentimiento, la pulsión que nos lleva a hacer cosas buenas por los desconocidos, aun cuando no nos traiga ningún beneficio: brindar el asiento en la guagua; dar botella y no pasar de largo en el carro; devolver el vuelto de más; ayudar a un ciego a cruzar la calle o empujar la silla de un inválido que va subiendo una pendiente.

Hace unos días caminaba, doblaba las rodillas por Aguilera (es una loma, como una buena parte de las calles de Santiago de Cuba), una de las calles más transitadas de esta ciudad, y noté, en medio de mi esfuerzo y mi apuro, la mirada de un hombre al otro lado de la calle. Por inercia, por algún mal instinto devolví la mirada al frente y seguí caminando hasta que me di cuenta de lo que estaba haciendo.

Había tanta gente a su alrededor… pero nadie lo veía, los carros también le pasaban por el costado haciéndolo tragarse el humo del tubo de escape. Crucé y le pregunté: “¿Lo ayudo?”, “bueno, si no te atrasa”, me dijo como si hubiera estado esperando por mí hace tiempo.

Empujé la silla y con el movimiento las ruedas pequeñas se trabaron, volví a empujar y adelantamos un poco, pero el hombre quería cruzar la calle, llegar hasta una esquina y con el tránsito de Aguilera había que esperar.

Por el tiempo que estuve así, quieta y detrás de la silla, miré el mundo desde su perspectiva, con la ansiedad de no poder cruzar la calle y ya, o salir corriendo delante de un carro que viene a lo lejos, vivir a la velocidad de un paso en cinco segundos, sintiendo que la gravedad pesa más de lo normal, y que tengo que arreglármelas como pueda, quien quiera que esté sujetando mi silla ahora me va a dejar en la esquina y va a seguir su camino.

Finalmente, la calle vacía. Cruzamos rápido, el pasadizo que se abría ante nosotros estaba a punto de cerrarse, casi al instante comenzaron a pasar de nuevo las motos, ladas, camionetas, guaguas. En efecto, cuando llegué a la esquina, “hasta aquí, gracias”, me dijo, y yo solté la silla y volví a mi vida agitada, a la ciudad ligera que cientos de veces me ha parecido tan divertida porque es como una montaña rusa bajo las ruedas del camión, pero no pude zafarme del todo de aquel recuerdo. No pude zafarme de aquel hombre solo, en silla de ruedas, que subía Aguilera, tan lento, lento, casi detenido por el revuelo que acontecía a su alrededor y del que no podía participar: vehículos pasando, gente pasando, gente que grita, que suda, que mira el reloj, que busca una guagua en la lejanía, gente que vive otra vida.

¿Estamos así tan lejos unos de otros? Ni yo misma puedo asegurar que siempre me haya detenido, que haya tendido la mano a quien me pareció indefenso, desamparado. Y eso me da miedo, me da terror.

Hacer el bien a los desconocidos -me parece- es la expresión más pura de lo que llamamos bondad, es la forma más genuina en que podemos hacer el bien. Cuando hacemos un favor a un amigo, a un vecino, aunque lo hagamos con total desinterés, siempre cabe la posibilidad de que te lo devuelvan de alguna manera, pero cuando le hacemos el bien a un extraño, no hay trampa, es muy poco probable que el bien regrese a ti, al menos directamente desde esa persona.

Y a veces se trata de eso, de que uno quiere sentirse en paz con uno mismo. No importa, aun así el otro recibirá el dulce roce de la bondad, y lo agradecerá aunque lo hagamos por ese impulso egocéntrico de querer sentirnos buenas personas. No importa, el mundo será un mundo mejor si está lleno de gente que tiene ese impulso, que se cuestione, que se preocupe por querer ser bueno. No importa incluso, si lo hacemos con la secreta intención de que ese favor, sí, por alguna vía, por alguna escurridiza casualidad regrese a nosotros.

Recuerdo hace tiempo, cuando yo vivía en otra casa, en otra ciudad, una tarde en que mi beba y yo nos entreteníamos en nuestra enorme sala sin muebles, armando un lego, mientras afuera llovía, llovía mucho. Yo acababa de venir de un fallido intento por sacar un turno en la clínica estomatológica: la encargada de hacerlo estaba muy apurada, ya era hora de cerrar y no pudo atenderme. Escuchamos el ruido de gente que se guarecía en nuestro portal, me asomé por la ventana y era una señora con dos niños. Por supuesto, le abrí la puerta. Desde que entraron, el rostro de la mujer me pareció familiar en extremo, pero no sabía definir de dónde la conocía. Los niños jugaron con nosotras, conversé con la señora, terminó de llover y se fueron. Después de un rato recordé: la mujer era la encargada que hacía unas horas no me pudo atender en la clínica estomatológica.