Archivo mensual: noviembre 2013

La historia de “Lo Feo”

Ni siquiera el Principito con su célebre “no se ve bien sino con los ojos del corazón” me mostró con tanta claridad la sencillez de las cosas como sí lo hicieron la vieja palangana de violetas y el cocuyo atrapado en la botella.

Ayer cuando llegué a casa, busqué el libro de Teresita Fernández, con sus hojas un poco magulladas por el roce medio torpe de mi beba, y releí la historia de cómo escribió Lo feo. Después Gio  se quedó en la cama, hojeando el libro y cantando, ojalá entienda lo que canta y sienta la ternura del coralillo y el alita de cucaracha. Aquí los dejo con la historia, contada en las palabras de Teresita:

Tenía novio y era el Día de los Enamorados. Él estaba en La Habana y yo en Santa Clara, y en la terminal de ómnibus antes de tomar la guagua me preguntaba: ¿qué le regalaré? Veo un cocuyo y se me ocurrió cogerlo, pero dije: ¿Cómo se lo llevo? Me encuentro una botella rota en el andén, metí el cocuyo dentro de la botella y eso fue lo que le regalé, y como era del campo y estaba viviendo en La Habana, él se emocionó muchísimo porque los cocuyos están en el recuerdo de casi todos los niños campesinos. Fui todo el camino de la guagua, tarareando la canción, porque eran cosas que tenía en la mente.

Mi papá enamoró a mi madre con un ramo de violetas, desde entonces en mi casa hubo una palangana de violetas, y yo he tenido siempre una en recordación a mis padres. Otra cosa que he visto desde mi niñez es que en todas las cercas sin brillo, se enredan los aguinaldos y los coralillos. ¿Por qué? Porque el tiempo hace su obra, y en una cerca que constantemente la estén pintando no se enreda nunca nada. Sin embargo, en las cercas más viejas y pobres de la carretera, el coralillo y el aguinaldo se enredan y son las dos plantas melífluas más importantes, las mayores productoras del miel. Por eso siempre recuerdo a Martí: “ser cultos para ser libres”. La gente no puede imaginar cómo el conocimiento te da alas para volar. La gente se cree que eso es ser soñadora y muy idealista.

La belleza está en todas partes. Hay que tener espejuelos para ver la belleza que está hasta en lo feo, porque es muy fácil amar el poder, la gloria, el éxito, el dinero, la buena ropa, la buena comida…pero para desentrañar la belleza, que hay detrás de lo feo, hace falta más visión y diría que hasta un amor heroico. Con todas esas vivencias…, más un texto de Gabriela Mistral que dice: “En lo feo la belleza está llorando, fíjate cómo el escarabajo deja que se pose sobre su caparazón oscuro, una gota de rocío que le finja un pequeño resplandor de dicha”.

Con todo eso, hice la canción.

(Tomado del libro Amiguitos, vamos todos a cantar, de Alicia Elizundia)

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La calle de Pizza…

Ya me acostumbré a la sensación de ir por la calle y saber que no voy a encontrarme con ninguna cara de la primaria, la secundaria o el pre, de que nadie sepa nada de mí, como yo no sé nada de la gente, “del tipo que ha sido manicero toda su vida”, o de “la muchacha que antes vivía por el barrio, era flaquita y ahora está gordísima”, esos dos o tres personajes que Charly me va presentando cuando caminamos juntos, pero ahora voy sola, buscando una dirección, que debe estar al final de esta calle estrecha, con gente sentada en la acera, estrechísima también, y los ojos del tedio, del final del día, acorralándome al otro extremo de la calle.

Hay algunas “primeras veces” que no me gustan, hay unas cuantas, en realidad, por eso camino aprisa y me concentro en el final, en que todo pase rápido, ya vendrán las segundas y las terceras y las que siguen, y todo será conocido, cálido y familiar.

76, 74, entrecierro los ojos buscando un número. Al término de la calle diviso las paredes azules del antiguo ferrocarril, por allí desembarcaba yo cuando niña, pero en realidad ni lo recordaba, la imagen que me salta es la de mi beba y yo perdidas en una parada de guagua, hace unos meses, allí mismo, con las paredes azules de fondo, sin la más mínima idea de si estábamos cerca o lejos de los puntos que ya conocía de la ciudad. Una guagua, un camión que no llegaban y la Gio desesperándose. “Mira que cerca estaba, al menos del parque Céspedes”, pensé, esta vez tranquila, como si terminara de armar un viejo rompecabezas.

De eso se trata, vivir en otra ciudad que no es la tuya, de ir formándose el mapa en la cabeza poco a poco, encontrando y desencontrándose aquí y allá, con sigilo, bajo el sentimiento de que nada, o casi nada te pertenece

Si hubiera tenido tiempo me hubiera ido a caminar la avenida del viejo ferrocarril, que es, en realidad, la avenida del puerto, hubiera ido a ver el mar, yo sola, sin Carli o un amigo contándome su historia, para tener la mía propia. De eso se trata también, creo, vivir en otra ciudad, en mirar por la ventana del carro y querer verse a uno mismo en los lugares que mira.

Estuve casi tres horas en aquella casa, ya era de noche y Carli debía pasar a buscarme. Había agotado todas las expresiones de calor, lluvia, del transporte y la economía cuando vi la cara de Charly aparecer, sonriente, por la puerta de la casa.

Volvimos sobre la misma calle de aceras estrechas, esta vez iluminada a ratos por los focos de luz. Carli dijo que esa calle le daba nostalgia, ah sí, por qué? –pregunté. En esta calle filmamos Pizza (Pizza de jamón), no te acuerdas?, por aquí caminaba Jamonada persiguiendo a Lupe. Es cierto, fuimos al lugar donde montamos la pizzería para el corto, un boquete oscuro y triste, un nivel por debajo de la acera, es la entrada de una cuartería. Desde el boquete miré alrededor y recordé la cámara, el policía al que tuve que rogarle para que no se llevara las gafas que ya habíamos usado en una de las escenas de El ciego, la casa donde íbamos a guardar pomos de agua fría y a llamar por teléfono, la otra casa a la que tuvimos que subir a pedir, por favor, que bajaran un poquito la música, que estábamos filmando allá abajo.

Recordamos un par de cosas y salimos casi corriendo a la parte que más conozco de la ciudad, la que está después del Balcón de Velásquez, me perdí en algún momento, pero Charly sabía donde estábamos. Dimos al fin con la parada, tuvimos suerte, la guagua vino temprano,  y nos fuimos a casa, con la sensación, al menos yo, de que quizás Santiago no me es tan ajeno como a veces creo.

La bienvenida

Tenía muchas ganas de irme, no era lo mismo sin mis amigos, era, de hecho, doloroso… Estas fueron las palabras que leí a un grupo de habaneros desconocidos que comenzarán el próximo curso del centro Onelio, y a quienes miraba con cierto recelo, el mismo con el que miraría a alguien que se metiera en mi casa y empezara a husmear en mis cosas como si fueran suyas. En realidad, son palabras escritas al grupo nacional, a los que vienen de provincia tres veces al año y estarán seguro tan felices y tristes como yo…

La Habana, Centro Onelio Jorge Cardoso, 26 de octubre

A los nuevos:

Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en dar la bienvenida al nuevo grupo del centro es que les tengo mucha envidia, que aunque no cambio mi grupo, ni el momento que me tocó, me encantaría regresar al minuto en que Ivonne me decía con su acento uruguayo que había entrado al Onelio, y me salvaba así de tantas cosas; me encantaría regresar al minuto en que todo estaba aún por suceder, en que todo lo bueno estaba aún por venir, solo tenía que estar y dejar que las cosas pasaran.

La primera sensación es que el tiempo se va muy rápido, muy rápido –creo que todo el mundo siente lo mismo- que hacía falta quizás un cuarto encuentro, aunque, en ese caso, seguro nos parecería que también necesitábamos un quinto, y así querríamos extender la experiencia hasta donde fuera posible para seguir encontrándonos, para recitarnos poesía, tomar ron y ver las estrellas desde una azotea, caminar en la Habana silenciosa de las 11 en busca de café, en fin, para compartir la vida, y terminar queriéndonos siempre cerca.

Pero más allá de las nostalgias, de los amigos, este curso es un puente, sobre todo si uno está empezando a escribir, -aunque igual lo es si uno ya lleva tiempo haciéndolo- un puente, un atajo que te ayuda adelantar camino, si uno quiere llegar a alguna parte.

En mi caso, y ya lo he dicho otras veces, fue como si estuviera en el agua, nadando a ciegas, y de repente alguien me tirara un anzuelo y me sacara a la luz, o como si estuviera perdida en una ciudad y alguien me mostrara el mapa y yo lo entendiera todo de un solo vistazo.

Porque es muy útil que, en la medida de lo posible, te enseñen: “mira, esto es de lo mejor que se ha escrito hasta ahora”. Es muy útil que alguien te muestre el esqueleto de un cuento, con todos sus pedacitos, que te cuente cómo se va armando una historia, y te explique todas esas cosas que uno cree intuir cuando está escribiendo, pero de las que no está ni remotamente seguro.

Desde ya, búsquense –si no lo han leído– a Madame Bovary de Flaubert, y no se preocupen si no conocen la mitad de los libros que les van a mencionar, ya les digo, tendrán la sensación de que han perdido demasiado tiempo en la vida, que alguien debió hablarles de esto antes.

Aprovechen las clases, si son olvidadizos tomen nota y no dejen que Heras les cuente el final de todas las historias.  La primera vez, traigan el mejor cuento para discutir en clases, -todo el mundo quiere probarse en buena lid- pero después lancen al ruedo el menos trabajado, del que más dudas tengan. Es una oportunidad invaluable el que tres de los mejores escritores de este país y todos sus compañeros, convertidos en “lectores ideales” –ya entenderán lo que es eso- analicen tu cuento, y te lo descuarticen y te lo mejoren… Eso sí, mucha paciencia y estoicidad mientras la historia se va deshaciendo y parece insalvable, algo bueno saldrá de ahí, si realmente valía la pena.

Cuiden a los profes, a Ivonne, -ya sabrán de su calidez- lean mucho y cuando se enfrenten a la hoja en blanco háganlo con toda la sinceridad de la que sean capaces, aunque se sientan expuestos. Dice Cioran, y eso también lo aprendí aquí, que “La fuente de inspiración de un escritor son sus vergüenzas, quien no las descubra en sí mismo o las eluda está condenado a la crítica”. Bienvenidos.