Hombres de dos mundos

plantitaDesde que me mudé para Santiago siento que vivo en dos mundos, con ritmos y ruidos diferentes. Cuando llego a “la plaza” (la de los machetes de Maceo en Santiago de Cuba) la ciudad se activa, el tránsito, la gente, los camiones, los machacantes con sus dientes de oro y su torpeza para tratar con la gente. Mis sentidos se transforman, la ciudad me obliga a estar alerta, a abrir bien los ojos. Sin embargo, en las tardes, cuando llego a casa, a solo kilómetros del bullicio y el caos y con una hectárea de patio alrededor, mariposas detenidas, patos, matas de mango, canteros, mis sentidos vuelven a adormecerse, como si el mundo se ralentizara. Todo es más silencioso, más tranquilo.

En este viaje de un mundo a otro, del campo a la ciudad y viceversa, y supongo que aún por mi mirada de forastera, he descubierto el modo en que se perciben los hombres de ambos universos. La ciudad -esta ciudad- está llena de “vivos”, sujetos que se creen astutos, que pueden llegar a vanagloriarse de una estafa delante de todo el mundo y sentirse orgullosos de sí mismos. Tenemos varios tipos, pero precisamente “el machacante” es el más representativo de todos. Que sí, claro, son parte de esta sociedad, y no todos son iguales, algunos, muy pocos, pueden llegar a clasificar como verdaderos caballeros, pero no me van a negar que en los camiones el concepto de marketing ha cambiado de medio a medio, y el cliente es el único que no tiene la razón cuando dice que hasta allí es un peso y no dos, cuando lo tratan a uno como un animal porque “no se corre”, “que ese carro está vacío”.

Hay muchos otros “vivos”, pululan, pero quizás no pueda agruparlos como hago con los cobradores de camión porque los puedes encontrar en cualquier lugar. Son fácilmente reconocibles por ese afán de querer sacar ventaja siempre, una ventaja, la mayoría de las veces, a corto plazo, aunque trabajen lo mismo o, lo peor, no trabajen.

No digo que el campo construya mejores individuos per se, que la nobleza y la honradez ya venga inoculada una vez que naces lejos de la urbe, pero he encontrado gente más generosa y trabajadora en los parajes más intrincados. Como aquel hombre que conocí hace unos meses. Entre él y su hermano trabajaban cuatro hectáreas y, además de ser uno de los productores más prósperos de la zona, cultivaba el arroz, los frijoles, la carne, los huevos y la leche que se consumía en su casa y solo a veces compraba algo afuera. Recuerdo que aquello me fascinó, este hombre debía estar muy orgulloso de sí mismo, de lo que ha logrado con sus manos.

Los campesinos no suelen tener la actitud de los que se creen “vivos”, porque saben que lo obtenido no es fruto de una determinada hombría de la boca para fuera, no es un mero derroche de virilidad ni charlatanería, sino que les ha costado horas reales en el surco, bajo el sol y meses de paciencia, de minucioso y arduo trabajo.

Sin embargo, a pesar de que su trabajo ha sido honrado no siempre se sienten orgullosos de sí mismos. Lo digo porque hace unos años viajé desde La Habana con un joven como compañero de asiento. El muchacho era medio tímido, pero cuando se sintió cómodo habló bastante, todo lo comentaba. Hablaba de cualquier cosa en el paisaje, notaba los verdes, los sembrados de frijol, que para mí eran terrenos de cualquier cosa. Cuando le pregunté a qué se dedicaba, se recogió como la babosa de una caracola, y desde allá en el fondo, me dijo que era campesino, como si aquello fuera una vergüenza. No habló mucho más, dijo que quería mudarse para La Habana, como si de esa manera pusiera un parche en alguna rotura. Luego se bajó en un campo antes de llegar a la ciudad.

Por lo que pude percibir, alguien le hizo creer a este muchacho que el campesino es solo un tipo torpe a quien pueden estafar con facilidad o que no sabe conducirse en las grandes ciudades, o que su manera introvertida de ser nunca estuvo de moda.

Es contradictorio que la “astucia” esté sobreestimada y que las sociedades se hayan acomodado de una manera en que el hombre más importante, el que alimenta a los demás, y logra el milagro de convertir una semilla en un fruto, y un fruto en alimentos para miles de familias, no sea mejor valorado, ni tenga bien claro para sí mismo, lo valioso que es. Es contradictorio que los campesinos no quieran que sus propios hijos se queden en el campo a labrar la tierra, sino que se vayan a la universidad, a “tener un futuro”, a estudiar Derecho o Psicología.

Diariamente me bajo de la guagua y me recibe el silencio del campo. Hace unos días quise plantar unas posturas de ajo porro que estaban en una palangana con agua en el lavadero. Quise hacerlo no porque me lo mandaran, no por cumplir ninguna meta institucional, sino porque siempre tengo objetos alrededor, libros, cables, adornos de biscuit, búcaros, pero nada de eso crecerá si lo pongo bajo tierra y le echo agua, las posturas de ajo porro, sí, van a crecer, es un hecho. Y eso es extraordinario.

Ese día terminé con dolor en las piernas, la espalda y la cabeza. Desde mucho antes, a la altura de las cuatro hileras de posturas sembradas, ya estaba cansada y loca por acabar. Pero igual tuve ese regocijo que deben sentir los campesinos cuando han terminado la faena del día y miran el terreno desde una punta para ver el campo rotulado, limpio y uniforme.

¿Será que alguna vez aprenderemos a honrar cosas así, las horas silenciosas en que alguien vela porque la semilla se vaya ensanchando hasta hacerse fruto?

Un buen ejercicio para comprender cuál oficio es indispensable y cuál no, es imaginar qué pasaría si alguno de ellos desapareciera. Puedo imaginar, por ejemplo, que de desaparecer un machacante, nadie, o muy pocos los echarían de menos. Una máquina cobradora en las puertas de las camionetas probablemente daría las gracias. Pero no puedo imaginar un mundo sin agricultores, sin esas personas que dan de comer a nuestras familias y que merecen toda la reverencia y humildad de nosotros los seres urbanos.

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6 Respuestas a “Hombres de dos mundos

  1. El comentario de los hombres de dos mundos , que te puedo decir , exelente , supiste conducir magistralmente con un solo carro pero lleno de verdades por dos caminos a la vez y un solo destino , ah , y un detalle para mi muy importante y feliz , no hiciste ninguna alución a la decepcionante politica que en cualquier parte del mundo nos miente y nos controla , si los siguientes mensajes tienen la tónica del primero , bienvenidos sean ,
    –el4toplebeyo–.

  2. epa chely, ya es hora de escribir otros relatos fuera del blog, como cuentos…piensalo…
    en verdad el trabajo del campesino siempre ha sido menospreciado, desde que la plusvalía dividió la sociedad en clases. En el campo uno sufre, suda, el sol te abrasa, injurias, maldices pero cuando vez lo que plantaste, lleno de verdor y opulencia, complace tanto como tener un hijo o que este hijo nos sonría. Es esta la práctica mas antiquisima y espontánea de sabernos útil y el valor de lo que tenemos porque su presencia es fruto del esfuerzo personal, del cuidado diario y la espera paciente. Juega con la tierra, enséñale a tu hija lo lindo que es cultivar.

    • Rubio, qué bueno verte por aquí, gracias mi amigo por pasar, y sí claro, mi pequeña estaba ahí conmigo pasándome las posturas y echando agua con la manguera, jaja, como le encanta!! Ah, también, ya empecé a escribir historias hace un tiempito, este año me gradué del Onelio, sabes? el Taller de Técnicas Narrativas? bueno besote grande, espero que todo esté bien por allá, en la mitad del mundo.

  3. felicidades chelylla, me enteré de la mencion del Onelio..cuando envias un ralato pa leer, disfruto lo dle blog pero preiero mejor los otros..jeje,,,saludos, exitossss…

  4. Pingback: Leyendo a Aracelys Avilés | Espacio libre

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