Archivo mensual: octubre 2013

Nuestra Casa Itabo

Topes de Collantes, Sancti Spíritus, 2013

Alguien dijo que había visto una mano blanca tocando la ventana, y yo la visualicé, huesuda, pálida y endeble, como la extremidad de una cosa monstruosa que se arrastraba cerca de nosotros, que rodeaba la casa y que no tenía fuerza para asomarse por los cristales, solo para arrastrarse y husmear desde afuera nuestra felicidad.

La Casona que nos recibió con cuatro cuartos, dos salones y una cocina, fue en algún momento la Casa vivienda de la Finca Itabo. Allí donde Nardy hacía el cafecito en la noche y el amanecer, e íbamos nosotros con nuestros vasos plásticos a pedir la cuota como hermanitos obedientes, sudaron el atracón de la familia las cocineras del señor Rafael María Arze Lourteau, quizás allí mismo estaba la mesa, con la vajilla de Londres o París, como las que vimos en el museo de Trinidad, unas copitas de colores tan barroquitas y tan a relieve, y tan bonitas…

Las paredes guardaban la forma de esa otra época, puntal alto, puerta en el medio, ventanas a los lados. Cuando llegamos la primera mañana mi impresión era la de haber arribado a un sitio empolvado, como el vaho de un cajón lleno de papeles y recién abierto. Solo dejamos los maletines y nos fuimos, pero en la tarde regresamos, por un atajo, con frío, cansados… y fue como llegar a casa.

“Dicen que por las noches se siente un ruido en las ventanas”, comentó alguien con cara seria y una sonrisita asomando por la comisura de los labios. Yo esperaba ver la mano blanca o, en su lugar, el rostro tenebroso tras el cristal en cualquier momento, pero con el sueño, las ganas de comer, tomar cafecito con leche condensada, olvidé estar pendiente.

Nos convertimos nosotros mismos en los fantasmas cuando llegamos aquella noche planeando despertar a todo el mundo, corrimos alrededor de la casa, chillamos en las ventanas, y nos reímos a matar, porque nadie se despertó -bueno sí, Camilo, a quien le hicimos creer por un rato que la puerta se había abierto sola-. Ya en otro plan, le cantamos cumpleaños a Albertico (que no cumplía años) en todos los cuartos, y veíamos despertar bajo la luz de la cámara y nuestras carcajadas los rostros somnolientos y con frío.

Era como formar parte de una familia numerosa, de muchos hermanos. En los momentos de espera –para entrar al baño, a que el otro se acomode para acabar de irnos- cada uno se iba cobijando donde hubiera espacio, en una esquina del salón, en la terraza -y con el cigarro en la boca- o deambulando por los pasillos, en el cuarto del otro. Afuera todo estaba oscuro y en silencio, afuera crecían junto a la figura que nos acechaba tras la ventana, caballos blancos con jinetes sin cabeza, el niño desaparecido que visitaba a una psicóloga, el vampiro que amaneció tieso en el cementerio, el perro con rostro humano, la viejita que salió de la casa abandonada…

Todo eso afuera, adentro, nosotros, tomando café, riendo o durmiendo a pierna suelta.

La última noche un camión nos recogió en el camino para que llegáramos más rápido a casa, era la última noche y el colchón estuvo más blandito y cálido, pero ya no había café, se habían llevado la hornilla. Unas horas antes del amanecer, recogimos nuestras pertenencias y montamos los bultos en otro camión. Parecía que hubiéramos pintado la casa, puesto cortinas, muebles y ahora nos lo lleváramos todo en un gran saco.

Nuestro refugio se quedaba solo, y sentí que esa cosa viscosa que se arrastraba por los pasillos, que tal vez sí asomó su mano blanca y huesuda –pero nosotros estábamos muy entretenidos para notarla- se metía por las ventanas, a rastras, para devolverle a la casa Itabo el vaho, la penumbra y el silencio.

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Regresando

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Estoy sentada frente a la compu, me toco el dolor en el dedito gordo del pie izquierdo y sonrío. Ya empezaron a subir las fotos, pronto vamos a postear, o creo que alguien lo hizo ya, pero quedan tantas cosas por decir… Fue un muy buen viaje a pesar de que extrañé a la K todo el tiempo y me entristece que no estuviera con nosotros, bajando a Vega Grande o regresando a oscuras como en aquella caminata a Playa Larga. Pasé día y medio para llegar a casa y recibir el beso de la Gio y el plato de comida caliente, pero por tantas cosas este viaje valió la pena, que lo repetiría exactamente como fue, con todo, incluso con todas las consecuencias de la Ley de Murphy, los extraño y los quiero.

Hombres de dos mundos

plantitaDesde que me mudé para Santiago siento que vivo en dos mundos, con ritmos y ruidos diferentes. Cuando llego a “la plaza” (la de los machetes de Maceo en Santiago de Cuba) la ciudad se activa, el tránsito, la gente, los camiones, los machacantes con sus dientes de oro y su torpeza para tratar con la gente. Mis sentidos se transforman, la ciudad me obliga a estar alerta, a abrir bien los ojos. Sin embargo, en las tardes, cuando llego a casa, a solo kilómetros del bullicio y el caos y con una hectárea de patio alrededor, mariposas detenidas, patos, matas de mango, canteros, mis sentidos vuelven a adormecerse, como si el mundo se ralentizara. Todo es más silencioso, más tranquilo.

En este viaje de un mundo a otro, del campo a la ciudad y viceversa, y supongo que aún por mi mirada de forastera, he descubierto el modo en que se perciben los hombres de ambos universos. La ciudad -esta ciudad- está llena de “vivos”, sujetos que se creen astutos, que pueden llegar a vanagloriarse de una estafa delante de todo el mundo y sentirse orgullosos de sí mismos. Tenemos varios tipos, pero precisamente “el machacante” es el más representativo de todos. Que sí, claro, son parte de esta sociedad, y no todos son iguales, algunos, muy pocos, pueden llegar a clasificar como verdaderos caballeros, pero no me van a negar que en los camiones el concepto de marketing ha cambiado de medio a medio, y el cliente es el único que no tiene la razón cuando dice que hasta allí es un peso y no dos, cuando lo tratan a uno como un animal porque “no se corre”, “que ese carro está vacío”.

Hay muchos otros “vivos”, pululan, pero quizás no pueda agruparlos como hago con los cobradores de camión porque los puedes encontrar en cualquier lugar. Son fácilmente reconocibles por ese afán de querer sacar ventaja siempre, una ventaja, la mayoría de las veces, a corto plazo, aunque trabajen lo mismo o, lo peor, no trabajen.

No digo que el campo construya mejores individuos per se, que la nobleza y la honradez ya venga inoculada una vez que naces lejos de la urbe, pero he encontrado gente más generosa y trabajadora en los parajes más intrincados. Como aquel hombre que conocí hace unos meses. Entre él y su hermano trabajaban cuatro hectáreas y, además de ser uno de los productores más prósperos de la zona, cultivaba el arroz, los frijoles, la carne, los huevos y la leche que se consumía en su casa y solo a veces compraba algo afuera. Recuerdo que aquello me fascinó, este hombre debía estar muy orgulloso de sí mismo, de lo que ha logrado con sus manos.

Los campesinos no suelen tener la actitud de los que se creen “vivos”, porque saben que lo obtenido no es fruto de una determinada hombría de la boca para fuera, no es un mero derroche de virilidad ni charlatanería, sino que les ha costado horas reales en el surco, bajo el sol y meses de paciencia, de minucioso y arduo trabajo.

Sin embargo, a pesar de que su trabajo ha sido honrado no siempre se sienten orgullosos de sí mismos. Lo digo porque hace unos años viajé desde La Habana con un joven como compañero de asiento. El muchacho era medio tímido, pero cuando se sintió cómodo habló bastante, todo lo comentaba. Hablaba de cualquier cosa en el paisaje, notaba los verdes, los sembrados de frijol, que para mí eran terrenos de cualquier cosa. Cuando le pregunté a qué se dedicaba, se recogió como la babosa de una caracola, y desde allá en el fondo, me dijo que era campesino, como si aquello fuera una vergüenza. No habló mucho más, dijo que quería mudarse para La Habana, como si de esa manera pusiera un parche en alguna rotura. Luego se bajó en un campo antes de llegar a la ciudad.

Por lo que pude percibir, alguien le hizo creer a este muchacho que el campesino es solo un tipo torpe a quien pueden estafar con facilidad o que no sabe conducirse en las grandes ciudades, o que su manera introvertida de ser nunca estuvo de moda.

Es contradictorio que la “astucia” esté sobreestimada y que las sociedades se hayan acomodado de una manera en que el hombre más importante, el que alimenta a los demás, y logra el milagro de convertir una semilla en un fruto, y un fruto en alimentos para miles de familias, no sea mejor valorado, ni tenga bien claro para sí mismo, lo valioso que es. Es contradictorio que los campesinos no quieran que sus propios hijos se queden en el campo a labrar la tierra, sino que se vayan a la universidad, a “tener un futuro”, a estudiar Derecho o Psicología.

Diariamente me bajo de la guagua y me recibe el silencio del campo. Hace unos días quise plantar unas posturas de ajo porro que estaban en una palangana con agua en el lavadero. Quise hacerlo no porque me lo mandaran, no por cumplir ninguna meta institucional, sino porque siempre tengo objetos alrededor, libros, cables, adornos de biscuit, búcaros, pero nada de eso crecerá si lo pongo bajo tierra y le echo agua, las posturas de ajo porro, sí, van a crecer, es un hecho. Y eso es extraordinario.

Ese día terminé con dolor en las piernas, la espalda y la cabeza. Desde mucho antes, a la altura de las cuatro hileras de posturas sembradas, ya estaba cansada y loca por acabar. Pero igual tuve ese regocijo que deben sentir los campesinos cuando han terminado la faena del día y miran el terreno desde una punta para ver el campo rotulado, limpio y uniforme.

¿Será que alguna vez aprenderemos a honrar cosas así, las horas silenciosas en que alguien vela porque la semilla se vaya ensanchando hasta hacerse fruto?

Un buen ejercicio para comprender cuál oficio es indispensable y cuál no, es imaginar qué pasaría si alguno de ellos desapareciera. Puedo imaginar, por ejemplo, que de desaparecer un machacante, nadie, o muy pocos los echarían de menos. Una máquina cobradora en las puertas de las camionetas probablemente daría las gracias. Pero no puedo imaginar un mundo sin agricultores, sin esas personas que dan de comer a nuestras familias y que merecen toda la reverencia y humildad de nosotros los seres urbanos.