Como tres en un zapato, digo 31

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La Ciénaga era solo un zapato en un mapa, y se llenó de peces azules, de patos feos y lejanos, de fotos de mártires de Girón, de un reptil de cuatro metros de largo que nunca vimos, de un sueño cálido en una casa de campaña en la arena, de luces sobre mí, de rostros somnolientos y felices, de una charca a tres km y el encuentro con el carbonero que recorrió medio mundo.

Era solo un zapato, el escenario de una batalla que leí en libros o el paisaje donde alguna vez vi a Arnaldo acurrucando a un cocodrilo o mostrándolo como si fuera un trofeo de caza. Hasta yo misma me vi con un pequeño rombifer en brazos, pero esa parte nos la saltamos, conspiraron para eso, y no pudimos más que regresar a casa sin la foto del coco-bebé en nuestro regazo.

Ahora los días llegan como si todo hubiera pasado a la misma vez, y no una cosa tras otra: tomar el tren, llegar, abrazar, fuerte… los peces de la caverna vienen en el recuerdo junto con la luna medio manchada que nos alumbró el camino hasta la playa y luego, de regreso, a korimakao (será porque peces y lunas están en las antípodas del paisaje, unos muy arriba y otros bien abajo); recuerdo cualquier vista cenaguera, con la yerba reseca por la ausencia de lluvia e inmediatamente regreso al charco lleno de clarias hambrientas, tal parecía que podían succionarle a uno la pierna o que se prenderían como sanguijuelas; y ahora Descemer o Habana Abierta, me llevan a cualquier parte del viaje, como si fueran su banda sonora, a las discusiones para convencer del “supuesto” asesino, a las cantatas con Betsita y la guitarra en el cuarto, a las luces a lo lejos, las del alumbrado público que debíamos alcanzar en el camino a Playa Larga y las del tren, cuando recorrimos los coches sin luz y solo veíamos siluetas.

La batalla de Girón volvió a pasar por nuestros ojos, esta vez por la 35 mm del noticiero ICAIC de Santiago Álvarez, con un narrador al estilo rimbombante de la época y unas imágenes que no necesitaban mucho aderezo. En aquel entonces, para sentir el pálpito del país solo había que salir con una cámara a la calle, sin analizar o narrar mucho, el sentir colectivo estaba expuesto, no necesitaba canales para desembocar en ninguna parte. Me pregunté más de una vez cómo sería ahora la reacción, ahora que estamos aplatanados porque ya nos acostumbramos a que la amenaza “del imperio” abra la boca sobre nosotros sin que nos coma.

Este viaje lo cambió todo, Bahía de Cochinos ya no es solo la invasión de los mercenarios, es ahora también, el mar con degradaciones más bien definidas que he visto nunca. Había tres franjas que contrastaban unas con otras, como si una pared marítima las dividiera en el fondo, para que los colores de la paleta no se ligasen.

Charly en algún momento dijo: cómo sería esto cuando el Girón, bum bum. Ambos hicimos los sonidos onomatopéyicos pertinentes como niños que juegan a las pistolitas, “Hasta aquí llegaron los mercenarios” decía un cartel, y sentí que los camuflados me habían acompañado hasta entonces, y que después del letrero, los mercenarios se quedaban atrás medio invisibles e inmóviles.

Desde la guagua uno puede imaginar cuán miserable era antes del 59′ la vida del cenaguero, definido así porque no es guajiro, no trabaja la tierra, sino que hace carbón, y caza jutías, cocodrilos, lo que el hábitat de la Ciénaga le ponga a la mesa. Las vacas flacas a uno y otro lado de la carretera eran el testimonio de una ganadería que nunca floreció como en otras zonas de Cuba y que dio espacio a la producción azucarera, a los grandes ingenios, las importaciones de esclavos, para que Matanzas sea ahora mismo el referente más puro si de religión afrocubana se trata.

De eso y más pensaba durante los viajes en la guagua, que nos traía y devolvía, hambrientos y revoltosos a la sede de korimakao, un proyecto del que hablaré en otro post.

Ahora me pongo a pensar y en el tiempo que estuve allí, ni me acordé del zapato, de lo curioso que me parecía cuando niña que la Ciénaga tuviera esa forma tan bien definida. No percibí que estábamos caminando, observando la vida allí dentro, como si me hubiera vuelto chiquitica y me hubiera metido, junto a mis amigos, en los viejos libros de Geografía. Ahora la Ciénaga es otra cosa, es un lugar de Cuba que me duele, y en el que antes no reparaba en lo absoluto más que como un exotismo. Me duelen las cosas que le pasen como si fuera Holguín, porque uno va quedándose en esos lugares, en el Turquino, en el Nicho, y yo no acabo de regresar, como tampoco regresan los trotamundos que me acompañan, y quiero que siempre sea así, quiero quedarme en otros lugares de Cuba, pero con ellos, para que Cuba sea siempre eso: mis amigos.

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9 Respuestas a “Como tres en un zapato, digo 31

  1. Ay es verdad Chely, tiene forma de zapato…y se nos ha entredo y quedado bien dentro, desde el tronco de la sangre hasta la raíz del llanto. Ahh, que deseos de me ha dado de que llegue septiembre, ya.

  2. Yo también , los extraño mucho con lágrimas en los ojos y todo!!!! Besos para Geo

  3. Ay muchachita linda y buena, es el primer post que me humedece en serio los ojos. Yo sabía que valía la pena esperar tus letras, como lo valdrán el triple las del Charly. Un abrazo grande desde esta otra parte de Cuba donde estás, hecha amiga-gemela del alma.

    • Gracias tunita por tanto cariño, si de algo sirve que uno escriba e intente hacerlo bien es por lectores como tú, ya Charly escribió, pero no publica hasta el lunes, te va a gustar, jejejeje surprise!!! un beso amiga-gemela.

  4. Chely tú dices que mis fotos están buenas y te abrieron los ojos, pues tus palabras son el doble de mejores y más hermosas. Creo que gracias a esa caminata infinita rumbo a Korimakao todos los de ese piquete nos conocemos un poquito más. Ahh, tengo una foto del cartel, mándame tu correo pa enviártela

  5. Pingback: La blogosfera cubana se mueve | Blogs cubanos

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