Añoranza por Le Troi

Allí solíamos ir después del trabajo. Entrar en la penumbra del Salón era como darnos a otra realidad, una en la que podías desparramarte encima de la mesa y nadie se daba cuenta, conversar por horas con dos tazas de café vacías como intermediarias, con un espejo enorme detrás cuyo reflejo nos hacía parecer en una multitud cuando en realidad solo éramos unos pocos gatos o perros.

Allí nos sentíamos hijos de nadie, apenas del azar y de la gastritis. Afuera el mundo palpitaba, sonaba, se escurría por las alcantarillas, brillaba o se volvía plomizo, vendía muebles en una esquina, abría y cerraba puertas, compraba helados y pizzas en cuc y en moneda nacional, montaba patinetas, corría por los pasillos, llovía, escampaba, volvía a correr, pisaba excrementos en la acera, anochecía, pero aquí no. En Le Troi Lucí (léase “le trua lucí”,y con acento francés) era solo un crepúsculo, el video con la banda sonora de unos cuantos filmes y camareras medio sordas o entretenidas que jamás oían el chasquido de los dedos cuando queríamos pedir la cuenta con cierto estilo.

Le llamábamos Le Troi Luci, porque así es más corto que “Las Tres Lucías” y también por payasada o ingenua comodidad. A veces solo decíamos ¿Vamos a Le Troi? y ya era suficiente para vernos sentados otra vez en aquella cueva de islotes y rodeada de cristales.

Al inicio Adela, Raquel y Eslinda nos miraban desde la grandeza de sus fotogramas, pero pronto dejamos de sentirnos observados y hasta llegamos a ignorarlas, como también hicimos con los de la mesa contigua, y ellos con nosotros. No había que mirar a nadie. De espaldas a la puerta, el espejo y la luz repentina avisaban, hay un nuevo tripulante en el barco, no importaba quién, un amigo que saludabas y ya, cada cual a su cuarto. Alguna vez tuve la sensación de que podía llorar o dormir sobre la azucarera de bordes sucios y nadie habría ido a molestarme.

Incluso podría decir que Le Troi se acomodaba a tu estado de ánimo, a tus exigencias, porque el día que más lo necesitabas, encontrabas una mesa llena de conocidos, dispuestos a pasar un rato y de paso, hacerte sentir que pertenecías a una realidad innegable, donde no es necesario “fingir privilegios”, como en ese poema de Borges.

Fue así por mucho tiempo, hasta que comenzó la gotera en el aire acondicionado y no se pudo usar la mesa de la esquina. No sé si antes o después, o vino todo junto, pero era usual que como respuesta a nuestro entusiasmo luego de tocar la puerta, recibiéramos el vaho desde dentro y el camarero diciéndote que estaban cerrados por falta de agua, o electricidad, o café, o porque se había roto la máquina del expreso, o porque era el “Día de la técnica”.

Poco a poco los amigos se mudaron al Cubita, otro Café a dos cuadras que tiene pocas mesas, pero está abierto las 24 horas. Ya no llegan callados o escurridizos, sino en tropel, discutiéndose las sillas o el espacio, como si estuvieran en casa. Las Tres Lucías, en cambio, tiene pegado en la puerta desde hace meses un cartel que parece un chiste: Cerrado por falta de climatización, como si no fuera suficiente con abrir las grandes ventanas que van desde el piso hasta casi el techo, y esperar que circule el aire.

Las últimas veces que estuve allí había menos luz, y la oscuridad llegaba a molestar, la música no era la de las pelis, y la mesa de los escritores no estaba allí, o estaba la mesa, pero ellos no, tampoco las caras de siempre, más bien miradas ajenas ante las que no podías ser tú mismo sin sentir en la nuca la inspección de un extraño.

Lucía como un lugar abandonado, como el sabor agridulce de las ilusiones perdidas. Quisiera creer que esta es solo una mala racha que se ha alargado por demasiado tiempo y que pronto alguien quitará el cartel ridículo de la puerta de entrada y todo volverá a ser como antes, quisiera creer…

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3 Respuestas a “Añoranza por Le Troi

  1. No sé por qué esos pequeños oasis que existen en la ciudades desaparecen como por ensalmo un día, efímeros como una ensoñación. Espero que tengas mejor suerte y puedas volver a Le troi, aquí en La Habana querer un lugar así suena casi a sacrilegio. Besos

    • Desde su surgimiento Las Tres Lucías fue un lugar mágico, por sus paredes negras, y los fotogramas colgando, de verdad que nunca creí que fuera a caer en el descalabro que es ahora, pero ya ves, como que nada es eterno, triste asomarse a esa realidad, gracias Shey.

  2. A mi si me gustó el lugar y la pasamos bien. Cuando entré me recordó el Centro Cultural Fresa y Chocolate que tenemos en la calle 23 en la La Habana. Me pareció sencillo, pero acogedor.

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