Archivo mensual: noviembre 2012

Obama give me five, yes I’m gonna change my world

Este fin de semana fue una amalgama de una misma cosa, de un sentimiento que no podía definir. Primero fue la muerte de Johnny, o debiera decir Charly Parker después de horas de lectura, más tarde vinieron los versos de Nogueras, a quien encontré antes de salir para una guardia laboral. Nogueras hablando de Ho Chi Minh, y la guerra en Viet Nam, y de Saigón y esa misma tarde Across de Universe, la versión melancólica de las canciones de los Beatles, y dentro del mismo filme, la protesta de los estadounidenses por la injusticia, por la muerte de cientos de norteamericanos en el sur de Viet Nam, la muerte de Marthin Luther King, las fresas que sangraban y Hey Jude!!! Todo eso vino junto el fin de semana. Sigue leyendo

Añoranza por Le Troi

Allí solíamos ir después del trabajo. Entrar en la penumbra del Salón era como darnos a otra realidad, una en la que podías desparramarte encima de la mesa y nadie se daba cuenta, conversar por horas con dos tazas de café vacías como intermediarias, con un espejo enorme detrás cuyo reflejo nos hacía parecer en una multitud cuando en realidad solo éramos unos pocos gatos o perros. Sigue leyendo

Llámame cuando septiembre acabe

Nos han dejado sin electricidad, o menos poético, se fue la corriente y estoy obligada a escuchar el silencio o el eco del ipod de Ana.

Necesito escribir, no me queda otra que esperar. Alguien anda con los vasos en la cocina, pero la puerta está cerrada, seguramente algo así ocurre siempre a esta hora, alguien husmea en la cocina, pero como estamos todos encerrados en los departamentos refrigerados no nos enteramos nunca.  Sigue leyendo

Y llegamos a Santiago

La guagua nos expulsó en el parque Céspedes, me sentía el viaje en las costillas, las cinco horas esperando porque saliera el carro, las otras horas de paisaje con árboles truncos, ramas secas como si hubiera llegado el otoño, postes inclinados, y casas destechadas aún.

Alguien creyó que nos tirarían piedras, que “los santiagueros no están pa’ esto”, y algo de eso creí yo también. Dejé a los músicos a su suerte, armando el audio, poniendo los micrófonos, y me fui a caminar Santiago. Desde el Balcón de Velázquez la ciudad es la misma, excepto por el eco de un martillo y dos hombres en miniatura que reparan el techo de su casa. El Tivolí sigue estando a lo lejos, también la melancolía y el mar, tranquilo, sin una sola huella.

Santiago sigue siendo la ciudad ruidosa, la del tránsito violento, con esquinas donde hay que mirar en cuatro direcciones. A mediados de una cuadra un tumulto de gente se sale de la acera “¿y qué venden ahí?” “Arroz y frijoles rebajados”, me responden. Dejé la mirada unos segundos en la cola y seguí, con un poco de remordimiento porque estoy aquí, pero esta no es mi realidad, no tengo que rasparme una cola de esas, ni sancajear la comida con la incertidumbre de si podré llegar al fin de semana.

Alguien riega la calle con una manguera, ya van tres personas que hacen lo mismo en esta avenida. Vino el agua, quizás, el pavimento chorrea, en una esquina hay escombro acumulado y moscas, y los motoristas hacen una curva para sortear el montículo.

Trocha en medio de la llovizna y sin hojas no parece la misma, como si hubieran cambiado las casas de lugar. En otra esquina, el motivo de la cola son las velas rebajadas de ocho a cuatro pesos, desde la oscuridad del local sale un vaho cálido y denso, y la gente se amontona y discute, y yo sigo caminando ya de vuelta al parque, doblando las rodillas porque las lomas, por suerte, no sufren con los huracanes.

En el Céspedes la gente reía con Fito, el humorista holguinero. Increíble, los santiagueros sí estaban pa’ fiesta, en medio de los sin techo, los sin corriente y los sin comunicación, la gente tenía ganas de que alguien los sacara de allí con un anzuelo, aunque fuera un rato, y siento que eso fue lo que hicieron los músicos y Fito, con sus chistes.

Esto es importantísimo, porque el ánimo de las personas está por el piso y la música siempre anima, y además, cuando la gente tiene esa hermandad y se acerca, eso vale mucho”, dijo Miriam Spek, una señora, vecina de Trocha, a quien Sandy dejó con una cubierta y unas paredes maltrechas. “Es muy triste lo que ha pasado, ahorita estaba pensando, bueno, al menos un poquito de música”.

Algunos pasaban meditabundos y se acercaban hasta hacer más compacto el semicírculo alrededor del escenario improvisado. Fito se hizo acompañar del septeto Cubasón, tocaron también el septeto Oyaré y la Steel Band de El Cobre, quienes ya se habían presentado en los municipios holguineros afectados por el huracán y ahora desembarcaban en su tierra como si vienieran de un largo viaje.

¡Marilu!”, gritaban desde una parte del semicírculo y enseguida se sintieron los acordes del clásico de los Van van, con el sonido agudísimo de los tanques de la Steel.

La catedral, sin cruz ni campana en la cúpula, se había estado reflejando toda la tarde en la fachada del Hotel Casa Granda, pero ahora ya era de noche y con las luces del parque llegó la hora de irnos.

De regreso

Tenía ansiedad por irme, no porque Santiago a esa hora ya se volvía una boca de lobo, con algunas zonas claras, sino porque Charly y Gio me esperaban en algún punto de la carretera hacia El Cobre. Estaban allí en un recodo oscuro, hasta que los iluminó la luz delantera de la guagua. Imaginé en otros lugares de Santiago la misma escena que Charly me contaba ahora: gente que se metía en los armarios y veía por una rendija cómo el techo de la casa salía disparado hacia la nada, con la sensación de vulnerabilidad y desprotección más intensa que hubieran podido experimentar, como si uno fuera una hormiga, un escarabajo, un bicho.

En el Cobre oscuro también, unas 15 personas veían juntas el televisor, y recordé los 90′, cuando la gente, en medio del apagón, se agrupaba en la casa del vecino que obtenía luz de la batería de su carro y ponía la novela para la cuadra entera.

La brigada artística que llegó de Holguín también quiso animar en El Cobre, pero por la hora, y otras razones que no voy a enumerar, no se pudo. Así que despedimos a los músicos de la Steel y fuimos al Santuario. Nunca había estado allí a esa hora y con tanto cansancio, y no sé si eran las medias luces o el reecuentro, lo que hizo que aquel lugar se me pareciera a un hogar, o a un sitio donde podría permanecer por mucho tiempo.

Volví a recordar el Balcón de Velázques y su paisaje intacto, como si fuera un oasis, como si para borrar lo que pasó bastara con asomarse a sus tejados y su bahía, pero la realidad está afuera y es otra y hay que batirse con ella. En Holguín todo parece más tranquilo, hay luces y calma, pero por alguna razón no puedo dormir, como si una presión o una energía intensa fueran a dejarme sin techo, sin sábanas y metida en un armario.