Archivo mensual: octubre 2012

Notas post Sandy

25 de octubre

9:00 am

Los árboles y las casas están en su lugar, al menos eso veo desde el portal de mi casa. Los muebles están húmedos, tengo un pollo enjaulado debajo del sofá y ropa tendida en la sala, esto parece un campamento. Ya pasó el ciclón, pero aún me siento en estado de contingencia, será así hasta que llegué la corriente.

11:00 am

El pollo saca la cabeza por entre los barrotes de la jaula, parece que tiene un cuello super elastizado, tanto que podría llegar a mí, que estoy a unos metros. Aún no sé nada de mi beba, prefiero no pensar en eso y esperar a que se comuniquen. Anoche tuve miedo en algún momento. El ruido de la lluvia en las persianas metálicas no me dejaba dormir y el viento, feroz, parecía que terminaría doblegando toda la ventana.

1:00 pm

Un resplandor naranja viene de la cocina, todo lo demás está oscuro. ¿Papi? Sí, soy yo, me responden. Se acaba de ir la corriente y mi padre deambula por la casa. Me pongo la almohada en la cabeza, aunque ya el viento es muy fuerte. Cierro los ojos, la ventana me va a caer encima, pero no me levanto, tengo el cuerpo tan apesadumbrado que me cuesta moverme, seguro no pasa nada. Duermo, sueño, no estoy aquí, sino en una habitación con una cama ancha y una manta roja… De nuevo los golpes en la ventana y el ruido, y la luz en la cocina. Mami y papi caminan, hablan.

-¿Ara?

-Dime.

-Nada, nada.

..

Este pollo no deja de cacarear, ya salió el sol, pero no llega la corriente. Nada de mi beba aún, no pienso, no pienso.

8:00 pm

11 muertos, es impresionante. Santiago está destruido, eso me duele, tanto como si fuera Holguín. Mi beba está bien. Acá en Holguín hay una Fiesta Cultural que puja por subsistir desde la solidaridad, no hay otra manera de verlo.

Crisis de octubre: memorias de un soldado antillano

Entre agosto y septiembre de 1962 llega a Cuba la técnica militar prometida por los soviéticos en un convenio que se discutía desde inicios del año. En octubre los yanquis comienzan a sobrevolar la Isla porque sospechan la instalación de misiles. El 22 de ese mes Fidel decreta la alarma de combate. El derribo de un avión de reconocimiento U2 y otras tensiones, hicieron que la crisis se viviera de manera más intensa en las costas holguineras. A 50 años de los hechos, un antillano comparte sus recuerdos.

Antes del 22 de octubre del 62′ la vida de Oscar transcurría sin mucho sobresalto. Vivía en Antilla, tenía 17 años, era empleado de un banco, y en sus ratos de ocio devoraba libros rusos. Eso de los pocos sobresaltos es solo una manera de hablar porque el joven ya había subido el Pico Turquino, en los tiempos en que previo a la escalada había que hacer una caminata de seis días; daba clases de Filosofía y Economía Marxista en la Escuela Provincial de la Juventud de Santiago de Cuba y era reservista de las FAR.

Quien ahora recuerda los hechos que acontecieron en uno de los frentes de combate de la Isla cubana durante la crisis de Octubre es conocido como Coronel (R) Larralde. El joven de entonces pertenecía a uno de los batallones de la División 56 del Ejército Oriental. Mientras una parte del pueblo cubano vivía las tensiones de la crisis desde el televisor de casa, otro grupo se alistó en las costas, en el monte, apertrechados por más de veinte días. La Compañía a la que pertenecía Oscar Larralde, se ubicó de manera permanente, a partir de la alarma de combate, en las playas Baracutey y la Caimana.

¿Cómo era el ambiente en Antilla antes del 22 de octubre de 1962?

En los primeros días de octubre los antillanos vimos aviones yanquis sobrevolar el puerto, vuelos rasantes, no había crisis todavía, era una soberbia terrible y no teníamos con qué tirarles. Eso lo saben los antillanos. Por aquí estaba desembarcando parte de la ayuda. Todo el año 62′ fue muy intenso, los norteamericanos estaban creando el ambiente de una revancha porque todos los planes subversivos contra Cuba les habían salido mal. Solo necesitaban un pretexto, cualquiera, para una agresión. Y en ese entonces tenían que desembarcar, no es como ahora que la aviación va y acaba con el país, tenían que entrar por alguna playa, y nuestra bahía era un buen lugar para eso.

La alarma de combate lo sacó de su rutina y lo lanzó a una playa de Antilla, ¿Cómo fue la llegada?

Cuando nosotros fuimos para allí no sabíamos mucho, el teatro de operaciones no se había preparado. Tuvimos que cavar la trinchera y los pozos de las ametralladoras. Los barcos de los yanquis se veían a seis, a doce millas, se sentía el ruido de los aviones, era como una guerra sin tiros aún.

Lo que veíamos con indignación es que no podían entrar los alimentos que antes llegaban en los barcos rusos. Cuando declararon la cuarentena, no llegaba ni combustible, ni alimento, ni armas, ni de medicina, nada de eso se permitía, como no se permite ahora.

Cuando Kennedy declara el bloqueo naval a Cuba ¿ya había entrado todo el armamento soviético?

No, a algunos los cogió la cuarentena en el mar. Hubo momentos en que los barcos yanquis y los rusos estuvieron a apunto de caerse a cañonazos en medio del agua, porque los soviéticos tenían la orden de no dejarse inspeccionar por nadie, aunque después Nikita cambió la orden.

¿Usted sabía algo de la PPSH, o pepechá, como llamaban algunos al arma rusa?

Nada, ni yo ni nadie, una vez la manipulé de manera imprudente y después no sabía cómo sacarle el cartucho, y tuve que pedir auxilio, eso fue tremendo.

Ya había tirado con otro tipo de arma, con M1, con Springfield. De la pepechá yo tenía un poco de conocimiento por los libros rusos que había leído: Un hombre de verdad, La toma de Berlín, La defensa en Moscú. Cuando nos la dieron lo primero fue quitarle el preservo, esas armas estaban conservadas desde la Segunda Guerra Mundial.

¿Y qué sabían ustedes de lo que estaba pasando?

Lo táctico, que los yanquis iban a agredir, que teníamos que defendernos. Ya después que Fidel habló fue que empezamos a oír de armas estratégicas.

Se puede decir que el 27 de octubre, el día que tumbaron el U2 fue el momento más álgido de toda la campaña, ¿cómo lo vivieron ustedes estando tan cerca?

El U2 lo derriba un grupo de combate coheteril soviético, ubicado en el barrio La Anita, de Los Angeles, un poblado de Banes. El día 27 a las 10 de la mañana sentí una explosión seca y fuerte, luego otra, con unos segundos de diferencia. Yo estaba en la arena, y caía una llovizna. Al otro día por la tarde, nos dijeron que los rusos habían tumbado un avión y que el cadáver del piloto estaba en Antilla.

¿Qué se publicó en la prensa de todo esto?

Para despistar a los yanquis se dijo que el avión se había derribado en Pinar del Río. Todo eso es válido en tiempo de guerra. Después cuando se terminó la crisis, mucho después, se publicaron los hechos.


Si estaban volando aviones de reconocimiento hacía varios días, ¿qué condiciones usted cree que hayan determinado que el U2 se tumbara justo en esta zona y ese día, cuando ya los rusos y los yanquis se estaban poniendo de acuerdo?

En primer lugar, porque el piloto yanqui cumplió su misión, no se desvió. Debía pasar muy cerca del grupo de combate ruso de La Anita y así lo hizo. Hay que tener en cuenta que ese día, el piloto venía volando desde occidente. Un U2 vuela como a 600 km por hora a 20 km de altura, y durante todo ese tiempo fue seguido por los radares rusos, que ese día estaban conectados, salieron al éter.

¿Por qué estaban conectados específicamente ese día?

Los rusos dieron la orden de poner a funcionar los radares porque Fidel había hablado el día 26 con Pliev el jefe de todas las tropas rusas. Fidel le dice que él le va a tirar con todo, que no se podían seguir permitiendo los vuelos rasantes de los U2, era un peligro para todo el mundo, estaban fotografiando todas las unidades, y un día podía venir un avión que en vez de cámaras fotográficas trajera cohetes. Los rusos se percatan de eso y al otro día todos los radares están conectados.

El U2 venía desde occidente, pero lo tumban justo en la zona holguinera…

A medida que los grupos coheteriles iban detectando al avión a lo largo de todo el país iban pidiendo permiso al órgano superior para derribarlo, pero el permiso no llegaba, se les decía que lo estaban tramitando. El avión pasa por Chaparra, y se pone a 50 km del grupo ubicado en La Anita, Banes. Ivan, el ruso al mando, sabe que es un avión de reconocimiento, pide permiso y le dicen que aguante, que aún no llega la orden.

Hay versiones de que se pierde la comunicación y que Ivan, sin esperar la orden dice: “túmbenlo”. Luego Voronkov, jefe de la División Coheteril Antiaérea, se atribuye el derribo, pero él mismo dice que cuando llega la orden y él se la informa al ruso: este le responde, “ya está derribado”, y que además junto con la orden de ascenso, llega la de arresto

Y ¿qué le pasó a Ivan?

No le pasó nada porque Fidel lo defendió, al final todo el mundo estaba de acuerdo con que se tumbara.

Entonces el piloto del U2 fue el único fallecido de toda la contienda…

Sí, el mayor Anderson. El 4 de noviembre el cadáver se entrega a su familia y el 6 lo entierran.

En noviembre termina la crisis ¿Qué cree Ud que nos dejó la crisis de octubre además de algún armamento y uno que otro sinsabor por la partida de los cohetes?

Creo que el mejor aprendizaje fue que la seguridad del país depende, sobre todo, de sus hombres y mujeres.

Plazas martianas y el inicio de todo

Cuando llegué a La Habana y miré desde la ventanilla los rostros desconocidos en la Terminal, me dije: que malo es llegar a un lugar y que nadie te esté esperando. La sensación de desamparo duró muy poco, ya me veía con mi maletín, que pesaba muchísimo, hasta la Sociedad Cultural José Martí, o llamando desde un teléfono público no sabía muy bien a dónde o a quién. En cuanto entré a la estación, un psstt me ubicó, traían mi nombre en un papel, pero nos reconocimos enseguida, Yasser el muchacho que había ido a Holguín en agosto.

Si hubiera sabido que eras tú, te habría dicho que trajeras a la niña y te quedabas en mi casa”, me dijo Yasser. Sonreí, “bueno, no vengo de Holguín, vengo de Cienfuegos y la niña, no creo que se porte muy bien en este tipo de eventos”. Lilien y Elizabeth, otras dos holguineras, llegaron media hora después, y juntos nos fuimos a casa de Yasser a pasar el día hasta que llegara Ramón, el cuarto coterráneo, y termináramos de acomodarnos.

Desde aquel departamento a ocho pisos de la planta baja, La Habana parece otra. Se ve el malecón y los autos, pero el sonido se siente lejano, la ciudad era un cuchicheo, un eco, un ruido sordo de bocinas y de gente.

Eliza y Lilién habían salido, Yasser miraba cosas en la computadora, y yo medio somnolienta, me alisté para caminar la Rampa, a solo dos cuadras del edificio donde estaba. Volví del paseo contando historias de unos vietnamitas que hicieron par de preguntas mientras escribía sentada en el malecón, y de unos mellizos que me asaltaron con una guitarra pidiendo que les aceptara dos canciones a cambio de un cuc.

Ramón llegó tardísimo, casi a las 10 de la noche. Después de la comida, nos fuimos a donde Miguel, un señor de rasgos árabes y aspecto muy amable que ofreció su casa para el evento, como lo hicieron otros tantos asociados.

Punto de partida

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Así comenzó el II Encuentro Nacional de Plazas Martianas, que sesionó en La Habana a mediados de octubre. El día que nos reunimos en el Memorial José Martí, aún no nos conocíamos. Ya había descubierto a Ramón y Lilién (Elizabeth trabaja conmigo, la descubro todos los días). Digo descubrir porque es un proceso más revelador, que el de solo conocer a alguien. Lilién es periodista de Holguín, pero nunca habíamos hablado, ni siquiera en su etapa de estudiante. Descubrí a una muchacha muy sensible, amante de Tolstoi, no de Gorki, y con un sentido común parecido al mío. A Ramón nunca lo había visto, pero se deja conocer fácil porque es muy transparente. En el Memorial actuó para todos, y por iniciativa propia, “cosa de locos”, pensé yo. En ese mismo teatro se discutió sobre lo que cada provincia había hecho en este primer año de trabajo.

Al final de la mañana, coincidimos unos cuantos en el ascensor para subir al mirador de cinco puntas del Memorial, que equivale a 38 pisos de un edificio común (El Mirador es asfixiante, lo imaginaba al aire libre y al contrario, parece que uno está encerrado en una cápsula y que el oxígeno se acabará pronto).

Las exposiciones en el Memorial y en el resto de los espacios se hicieron a la carrera, como si estuviéramos en un maratón, porque teníamos muchas cosas que hacer y solo dos días para todo. Casi no se podían hacer preguntas porque “corre que hay que terminar antes de las 11 y media”. Imagino que con tres días las cosas habrían salido mejor, pero todo esto obedece también al tema económico, así que o en dos días o no se hacía.

Un Martí diferente

En las discusiones conocí a un Martí distinto. Los temas de las ponencias podían ser tan sórdidos como con qué sustancia se embalsamó el cuerpo del Apóstol, o tan poco atractivo para mí, como la posible paternidad de Martí con respecto a María Mantilla. Sin embargo, conocí de un club martiano en una cárcel de Artemisa, donde los reclusos se leen a Martí y hacen actividades en su nombre; alguien habló de las enfermedades del Maestro, que no fueron pocas y es un tema que lo humaniza bastante; un camagüeyano presentó un videojuego de su propia autoría que, según comentó, ya se implementa en las escuelas de su ciudad y que consiste en responder preguntas relacionadas con Martí, con enfrentamientos y pases de nivel según la cantidad de respuestas correctas.

En la fragua martiana volví a encontrar la estatua del joven Pepe con 16 años y los grilletes en el tobillo y la cintura. Me gusta pararme a su lado e imaginar su estatura en aquel entonces, cuando le escribió a su madre esos versos que no dejan de estremecerme: Mírame madre…

Los dos días se fueron muy rápido. De todo, lo que más me gustó fueron los encuentros en las tardes, ya casi a la hora de la comida, en que nos sentábamos en círculo y discutíamos temas internos de la organización. Fue justo en una de esas conversaciones en que me di cuenta de que no somos tan autónomos como a veces parece. Seguimos perteneciendo a la Sociedad Cultural José Martí y nos tenemos que regir por sus estructuras y sus leyes, de hecho, los adultos no nos quitaron la vista, andaban merodeando, sonrientes como quien celebra las chiquilladas de los niños del barrio, y sentí que en algún que otro momento mataron el debate, cuando más entusiasmados estábamos.

Fueron dos días para hablar de nosotros mismos bajo las luces mortecinas de aquella ciudad y también para tirarnos fotos, intercambiar correos, seguir hablando de Martí, bailar con Berazaín, Fernando Bécquer y cantar junto a Polito Ibáñez. La última noche picamos un cake enorme. Ya para ese entonces formábamos algo, éramos un grupo y yo tuve la sensación permanente de que estábamos creando algo valioso juntos. Nunca hablamos de eso, pero creo que los demás sentían lo mismo.

Cuando salí de La Habana…

La noche del cake, que fue la misma que la de Polito y el malecón, terminé en una parada del P2 con un aguacero enorme filtrándose por el techo. Ramón se había pasado el primer día contestando una entrevista que le hicieron para Juventud Rebelde y esa noche se me ocurrió decirle que sus respuestas habían sido un panfleto. Por las cosas que me había contado tenía hechos más interesantes de los que hablar. Descubrió a Martí en tercer grado, cuando leyó Abdala, “después en la secundaria leí Yugo y estrella y no pude desprenderme, en el pre fue con Nuestra América”, me confesó, “¿ves? tenías que haber hablado de eso”, le reproché, como si yo siempre estuviera lejos de los panfletos, en fin.

La espera en la Terminal fue mucho más corta que la de aquella parada. De nuevo Yasser, con su hospitalidad, y la sorpresa de mi amigo Rodo y su libro. Esta vez dejé La Habana sin despedirme, no sé por qué, pero no miré las calles por la ventanilla como suelo hacer, tenía sueño, cosas en qué pensar, la urgencia de un nuevo alquiler a mi llegada, mi beba y su catarro. ¿A quién se le habrá ocurrido esto de las Plazas Martianas? Nunca pregunté.

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Ibañez en Concierto

Polito me pasó por al lado, y a mí me pareció tan ilógico no poder abrazarlo como a un viejo amigo. A tres pasos de la puerta, dio un “buenas noches” formal y seco, y subió las escaleras tras un directivo de la institución.

DSCF6514Colgué el teléfono de la recepción de la Sociedad Cultural José Martí y me fui al patio con los demás. Había llovido en la tarde, y el techo improvisado de naylon y enredaderas filtraba el agua acumulada. Las goteras insistentes hicieron que rompiéramos la uniformidad de las sillas. Aquel no era un concierto de los habituales, estábamos tan cerca del escenario… yo tenía la sensación de que Polito podía verme, que no sucedía como en las grandes plataformas en que las luces encandilan y del público solo llega el aplauso, el grito y la oscuridad.

“…no sé qué adjetivos ponerle a mis ganas de hacer, una estúpida idea me viene de golpe a los labios, y vuelvo los ojos al cielo, para no pensar, y aunque no tenga un lugar para el sofá, no seré la víctima de nadie, no voy a llorar…”

Polito estaba ronco, la voz se le quebraba y desde el inicio pidió disculpas. “Esta mañana pensé que no podría cantar” dijo. No me importaba mucho, solo quería escucharle las canciones de antaño, solo quería que desde allí volviera a acompañarme, yo que estaba lejos de los míos, en una ciudad ajena. Y fue así, allí, en su voz enronquecida volví a encontrar la almohada blanda donde recostar la cabeza.

diría que no siempre ofician y emplean los hombres en bien de la verdad, diría que miente quien dice que nunca se esconde tras una máscara, diría que más que dolerse la gente a otro pecho, prefiere dar dolor, pero lo que más me sorprende es que algunos te aplastan, en nombre del amor.

Y quiero ese faro de luz de la inocencia, del hombre que pude ser…” a Polito le caía una de las goteras en la rodilla derecha. Hizo un par de chistes antes de moverse un poco de lugar. Habló de la casa donde nació, en un poblado de Rodas, en Cienfuegos contó que con solo sacar la mano por la ventana podía tocar un chivo, reímos.

¿qué pasó?, por qué no alcanzo tus palabras ni tu voz, todo en mí se confundió y fui detrás de cada lluvia que cayó, buscándote en ella nombrar, después buscarte frente al mar, y aquella luz que te encendí para esperarte, para esperarte…”

Lo que siempre me gustó de Polito es que sus canciones tienen el extraño equilibrio de ser tan líricas en la letra como en la melodía. Me estremece tanto una como la otra. En el patio de la Sociedad Cultural José Martí, bajo luces amarillentas y las goteras, cantó lo que le pedimos. Terminó el concierto y nos fuimos al malecón, no Polito, él se fue con su guitarra en un carro negro, a cuidarse la voz, a seguir su vida de escenarios, y nosotros al malecón a cantar sus canciones, o cualquier otra.