Archivo mensual: septiembre 2012

Ovejas negras

Qué triste es estar sentado en este banco, con el frío de la madrugada y el ardor en los ojos. Estoy tratando de recordar la última vez que vi a Yasser, creo que fue en mi casa, fue a copiar música de la que tenía mi hermano. Recuerdo también que había extraviado mi memoria y el primer impulso fue pensar que Yasser se la había llevado, me dolió pensar eso, sentí vergüenza de mí misma, pero es cierto que es difícil dar segundas oportunidades, volver a confiar en la gente.

Es que creo que hasta es coherente que el final de Yasser hayan sido una fajazón y esos cuchillazos, todos están consternados, pero quizás de alguna manera se lo esperaban, como la muerte de los que son más ancianos.

Hace tanto frío y no quiero estar sola, hoy por la mañana toqué en la puerta de mis padres y me acosté en su cama, aunque no pude dormir. Será que hay gente que viene predestinada a cosas como estas, él era la oveja negra de la familia, el descarriado, pues sí, parece que hay un destino de estos, irremediables como el de aquel tío esquisofrénico, o el travesti del otro barrio, o de Tony, el amigo de Santiago.

Desde la cama se oye el llanto de alguien detrás de una puerta, tengo sueño, pero no puedo dormir, traigo encima el peso de otra mañana parecida a esta, y que no quiero recordar…

Café

Empujamos la puerta de las Tres Lucías y el interior nos devolvió el aire hosco de los lugares cerrados por mucho tiempo. “Cerrado por falta de climatización”, era el cartel de turno, otro suele ser “Día de la técnica” o sencillamente el portero te anuncia justo antes de subir los escaloncitos, “no hay café”. Hace tantos meses que Las Tres Lucías dejó de ser nuestro refugio… Vamos pal Cubita.

El café es un pretexto, por lo general nos lo sirven, lo tomamos, y luego seguimos conversando con el sabor amargo en la boca, pero sin hablar nunca del café, de si está malo, bueno, fuerte, pasa desapercibido, pero si un día nos traen té o refresco, la conversación no será la misma, no sin el ardorcito en el estómago, magullado por las comidas a deshoras y vacío a esas horas de la tarde.

El Cubita está en el medio del boulevard, hay mesas afuera debajo de un toldo. La vida adentro no interesa mucho, hay gente que se acumula en las barras para el cafecito apresurado, bebido de un golpe. Allí la vida es más dinámica, afuera hay un letargo, no tenemos ningún apuro, la brisa, la gente que pasa, los locos, nosotros, espectadores del tránsito vespertino. Las luces comienzan a cambiar, el banco con sus puertas de cristal, prende las luces amarillentas de afuera. “¿Tú crees que si nos sentamos todos los días en esta misma mesa algún día se nos ocurrirá una manera de asaltar ese banco?” Reímos, del que pasó, del camarero, “Pareciera que tomamos ron y no café” la risa nos apacigua hasta que volvemos a los asuntos más o menos serios.

En las Tres Lucías la ceremonia es diferente, la brisa llega enlatada desde el consolador que gotea, no pasa nadie, el tránsito lo controla el portero, y la música ya no es tan buena. Las luces de afuera te sorprenden a la salida, o te sorprende la noche como si de verdad salieras de una sala de cine y te despegaras de un mundo de ficción justo cuando se abre la puerta y un tipo uniformado te despide. Extraño esa parte, la de salir con los ojos somnolientos que intentan acostumbrarse a la nueva luz.

No importa el lugar que sea, hablamos de lo mismo y tomamos café. En otras ciudades seguro existen lugares como este, sitios donde arremolinarse al final de la tarde. Ya hemos hablado bastante, pero aún nos pesa retomar el camino a casa, el camarero nos mira con cara de hastiado, qué importa, las tazas están vacías hace horas y el frente del banco parece más iluminado que antes, comienza a hacer un poco de frío, otro pretexto: Oiga, dos cafecitos más, por favor.