Trazos de un tiempo feliz

No lo imagino pintando estos muñecos con la boca. Los dientes y la lengua serían algo así como el índice y el pulgar. Fue lo primero que me vino a la mente cuando mi vecina habló de Marcos Pavón, un nombre que me parecía familiar, como tantos otros que vagan en mi cerebro sin que los haya podido fijar en alguna pared.

Es lo primero que se dice de él, pintaba con la boca, y enseguida la gente se sensibiliza, entendí el esfuerzo y la voluntad de quien se sobrepone a los escollos, a los heraldos negros, y accedí enseguida a visitar la exposición que harían para homenajearlo y a hacer una nota para el periódico.

Mi vecina, tan diligente siempre, me trajo un pequeño promocional del homenaje del año anterior para que me ubicara, y lo tuve en el bolso, por ahí, medio tirado, se salía de la agenda, lo volvía a guardar hasta que en una de esas lo leí, y descubrí las palabras de Martín Garrido, un tipo del que no sé mucho pero que siempre dice cosas interesantes, es un hombre pequeño y medio encorvado, dedica ahora su tiempo al centro de información de una galería de arte y estudió con Pavón en la década del 60′.

Martín me sacó al pintor de enfrente del cuadro y pude imaginarlo a través de sus palabras, conversando con los amigos, leyendo, haciendo chistes, pero también me reveló una verdad muy grande y triste.

Cuenta Martín: “Nuestros estudios terminaron en 1969 (habían cursado la misma carrera de pintura en la academia del Alba, Holguín), y Marcos los concluyó con las mejores notas. A partir de entonces mis contactos con él se hicieron más esporádicos. Luego me fui a estudiar a la Universidad de La Habana, y por 20 años viví en la capital. De modo que me perdí el desenvolvimiento de su obra a lo largo de las décadas del 70 y el 80 (…) La muerte de sus padres y algunas otras miserias humanas fueron erosionando su vida y su capacidad para crear, y el Marcos que volví a ver a partir de 1994 no era ya ni la sombra de aquel que yo evocaba en mis recuerdos. Algo se había roto en su interior, y a su muerte, ocurrida el 28 de agosto del 2004, Marcos Pavón era ya un ausente”.

Qué hace que un hombre sea un ausente, que se pierda a sí mismo, que pierda la voluntad, que lo pierda todo, no sé por qué creo que no se trata solo de la muerte. Me estremecieron las palabras de Martín, en realidad me dieron tristeza y rabia, hubiera querido que su relato terminara como empezó, con el tipo que pintaba, escribía y hasta moldeaba el barro con la boca, pero además tenía una vida, una mujer, unos amigos que lo estimaban, pero no, todo se jode al final, algo pasa, algo lo amedrenta, y Pavón se deja ganar.

Martín sigue hablando más adelante de que la obra de Pavón es una parcela irrepetible dentro de la historia del arte holguinero después de 1959, y yo solo pienso en la derrota. Miro el cuadro que reproduce el promocional e intento descifrarlo, no me dice mucho, son caras alargadas con ojos cerrados, desisto, a veces solo se trata de una pulsión, de un sentimiento, no hay que racionalizar, vuelvo a la imagen de Pavón con el pincel en la boca, es allí donde hay que buscarlo, es allí donde quiero encontrarlo.

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