Archivo mensual: agosto 2012

Saudade

Now and then when I see her face
She takes me away to that special place
And if I’d stare too long
I’d probably break down and cry

 No hubiera querido escribir sobre esto, porque siento que se me escapa la emoción, que si lo escribo se me va a ir toda la añoranza contenida, que los recuerdos perderán su fuerza, pero este jueves estuve en la vocacional, “el lugar de mis nostalgias más puras, de mis recuerdos más cándidos”, como dije antes y todavía no logro zafarme de la euforia. Así que escribo porque fui a hacer un trabajo para mi periódico y nada tenía que hacer en mi albergue o en mi antigua aula, pero me gusta provocarme y fui hasta allí, a ver, quizás si podía recuperar algo, algo de lo que queda cuando uno se va.

Todo estaba vacío, el albergue no tenía ni ventanas, fui a mirar las paredes y estaban llenas de graffitis y nombres de gente que yo no conozco, busqué el espacio de mi litera, me encantaba mi litera, en la cama de arriba, al despertar tenía una vista admirable, abría los ojos y tenía un amanecer casi en la cara, remoloneaba un poco, rabiaba, pero terminaba sonriendo y de buen humor.

Pero mi albergue estaba vacíoooooo, lleno de agua porque había llovido la noche anterior… Mi aula ya no la utilizan, así que no tiene mesas ni sillas. Qué buscaba yo en esas paredes, para qué mirarlas tanto, nada va a traer nada de regreso, y los flamboyanes estaban hermosos, mi profe lo dijo cuando lo entrevisté, el profe de geografía y al que decíamos tao tao y a mí siempre me recordó el osito panda de los muñes porque además, se le parece, ese profe me estremeció ahora cuando fui y me dijo: cuando los flamboyanes florecen se está acabando el curso, es cierto, nunca noté que era en ese momento, solo recuerdo que me encantaba verlos florecidos. Debajo de esos árboles cantábamos el domingo, cuando entrábamos del pase, y el uniforme olía a recién planchado, al otro día venían los 11 turnos, o doblarse el lomo en el huerto, esos canteros!!! esos azadones, ese sol. Después venía el baño refrescante o helado, en invierno y aquel sapo enorme en el tanque, qué odio, mira que le gustaba visitarnos.

Seguí caminando este jueves, conversé con algunos profes, todos me recordaban, era niña buena, y se les pegó mi cara, me hubiera gustado encontrar a Thompson, el profe de Español, tan bonachón, tan recto, un día casi lo hicimos llorar, siempre decía que iba a dar las quejas a la dirección y nunca hacía nada, y aquellos 88 en Química, el profe Ochoa era del caraj, saqué la misma nota en tres exámenes seguidos, me salvó la prueba final que podía borrar con una sola nota la trayectoria de todo un año.

La vocacional es mucho más que eso, tengo tantas cosas en la cabeza, pero no las quiero poner en blanco y negro, aquellas luces, aquella melodía, aquellos ojos, no quiero que se queden en otro lugar menos que en mí, añoranza, nostalgia, saudade… 

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Trazos de un tiempo feliz

No lo imagino pintando estos muñecos con la boca. Los dientes y la lengua serían algo así como el índice y el pulgar. Fue lo primero que me vino a la mente cuando mi vecina habló de Marcos Pavón, un nombre que me parecía familiar, como tantos otros que vagan en mi cerebro sin que los haya podido fijar en alguna pared.

Es lo primero que se dice de él, pintaba con la boca, y enseguida la gente se sensibiliza, entendí el esfuerzo y la voluntad de quien se sobrepone a los escollos, a los heraldos negros, y accedí enseguida a visitar la exposición que harían para homenajearlo y a hacer una nota para el periódico.

Mi vecina, tan diligente siempre, me trajo un pequeño promocional del homenaje del año anterior para que me ubicara, y lo tuve en el bolso, por ahí, medio tirado, se salía de la agenda, lo volvía a guardar hasta que en una de esas lo leí, y descubrí las palabras de Martín Garrido, un tipo del que no sé mucho pero que siempre dice cosas interesantes, es un hombre pequeño y medio encorvado, dedica ahora su tiempo al centro de información de una galería de arte y estudió con Pavón en la década del 60′.

Martín me sacó al pintor de enfrente del cuadro y pude imaginarlo a través de sus palabras, conversando con los amigos, leyendo, haciendo chistes, pero también me reveló una verdad muy grande y triste.

Cuenta Martín: “Nuestros estudios terminaron en 1969 (habían cursado la misma carrera de pintura en la academia del Alba, Holguín), y Marcos los concluyó con las mejores notas. A partir de entonces mis contactos con él se hicieron más esporádicos. Luego me fui a estudiar a la Universidad de La Habana, y por 20 años viví en la capital. De modo que me perdí el desenvolvimiento de su obra a lo largo de las décadas del 70 y el 80 (…) La muerte de sus padres y algunas otras miserias humanas fueron erosionando su vida y su capacidad para crear, y el Marcos que volví a ver a partir de 1994 no era ya ni la sombra de aquel que yo evocaba en mis recuerdos. Algo se había roto en su interior, y a su muerte, ocurrida el 28 de agosto del 2004, Marcos Pavón era ya un ausente”.

Qué hace que un hombre sea un ausente, que se pierda a sí mismo, que pierda la voluntad, que lo pierda todo, no sé por qué creo que no se trata solo de la muerte. Me estremecieron las palabras de Martín, en realidad me dieron tristeza y rabia, hubiera querido que su relato terminara como empezó, con el tipo que pintaba, escribía y hasta moldeaba el barro con la boca, pero además tenía una vida, una mujer, unos amigos que lo estimaban, pero no, todo se jode al final, algo pasa, algo lo amedrenta, y Pavón se deja ganar.

Martín sigue hablando más adelante de que la obra de Pavón es una parcela irrepetible dentro de la historia del arte holguinero después de 1959, y yo solo pienso en la derrota. Miro el cuadro que reproduce el promocional e intento descifrarlo, no me dice mucho, son caras alargadas con ojos cerrados, desisto, a veces solo se trata de una pulsión, de un sentimiento, no hay que racionalizar, vuelvo a la imagen de Pavón con el pincel en la boca, es allí donde hay que buscarlo, es allí donde quiero encontrarlo.

Carnavales

Nunca vi los fuegos artificiales, solo los escuché. Asumí estos carnavales con la misma zozobra de otros años, sin mucha exaltación más que por el cambio de ritmo que experimenta la ciudad y la gente.

Ayer en la tarde recorrí una de las áreas carnavalescas para no perderme la cerveza, el molote, el hedor, la falta de pudor de la gente y de paso, la cara de pánico de quienes suben a las ruedas metálicas gigantes y no pueden con la náusea.

Un altavoz invitaba a ver una gallina con tres patas, dos anos y dos rabos, y un cerdo de dos patas. Otro, un perricerdi siames y un gallo con no sé cuántos picos. El sol lo envolvía todo en un resplandor insoportable, no había refugio, ni los árboles ni las sombrillas ofrecían un poco de calma.

En la zona de la cerveza encontré la aglomeración de siempre, los hombres se estrujaban unos a otros y ponían a prueba su destreza muscular para llegar al termero, sin embargo, no sentí violencia en todo aquel espectáculo, sino más bien una coreografía que no digo podría terminar en una bronca, pero era poco probable, de tan dóciles que somos los hoguineros, un calificativo muy mío y discutible, por cierto.

En Santiago de Cuba, también estuve en una de esas colas para comprar cerveza durante los carnavales, y en aquella hilera “organizada”, percibí una violencia contenida, mucho más punzante que la del molote holguinero. “Oye puro, cómprame ahí”, “no puedo”, dijo el señor de unos 60 años a un negro de un metro ochenta que pretendía utilizarlo para sacar ventaja en la cola. El negro no se fue, se quedó mascullando y hablando con el de al lado, a ratos miraba al viejo y entrecerraba los ojos. Pensé que en cualquier momento le soltaría un derechazo. Uno llegó con una jarra y la metió entre los dos más cercanos al tonel y consiguió que le vendieran, luego llegó alguien más, y la cola se precipitó, el tipo se disculpó y se puso al final. Otros dos se ubicaron a mitad de fila, e iban ganando espacio a golpe de pequeños empujones y soportando a toda costa la mirada de los que al final, observaban con los brazos cruzados y mirada escrutadora. La cola era una bomba de tiempo, pero nadie podía inferir o prever cuál o quién sería el tubo de escape.

Esta violencia solapada podía ser más desesperante que la del molote, donde los hombres jugaban expuestos y con todas las cartas sobre la mesa.

¡Atentos todos!, ya llegaron Cuca y Sebastián, no dejes que te lo cuenten, son una gallina y un cerdo y están vivos”, repetía cíclicamente el altavoz. En este carnaval todo es cíclico, los anuncios, la vuelta del carrusel, el abastecimiento de la cerveza. Incluso hay cierta armonía  en los canapés que se distienden en la orilla de la calle, con ventas de cualquier cosa.

De repente todos comienzan a correr hacia un mismo lugar, ¿una bronca? pregunta alguien, “no sé”, respondo mientras fijo la vista en los niños que dan vueltas en el trencito de hierro.

En una cuna de Birán

A menudo me pregunto quién comenzó los movimientos vanguardistas pictóricos del mundo. Quién fue el primero en dar un brochazo descoordinado y lanzarlo a la vista pública, y qué suceso anodino lo llevó a tal actitud.

Lo mismo me sucede con las historias de vida, aunque en la formación de una personalidad histórica no se trata de encontrar el primer momento de algo, sino los sucesos mínimos o trascendentales que fueron dejando una huella, un marca, como las manos del ceramista que van moldeando el jarrón mientras la masa está dócil, aún sin cocerse. 

Con Fidel, como con otros muchos líderes o mártires, a veces parece que hubiese nacido con la arcilla cuajada, con el embrión de todas sus ideas en la cabeza, y por supuesto, no es así. Fidel pudo haberse convertido en un abogaducho burgués más, de mucho éxito, rodeado de papeles, y con un futuro promisorio, pero algo curvó la senda y lo hizo un hombre de bien. Sigue leyendo

Personajes de mi ciudad: la femme fatal

Una vez la vimos en el parque y nos reímos de ella. Al caminar contoneaba las caderas, como las modelos en la pasarela, pero con mucha más fuerza. Para colmo, tenía la boca grande, los ojos expresivos, una cara tipo Betty Davis, pero desmaquillada, y al fumar aspiraba como en las pelis de los años ’30. Parecía que actuaba para una cámara y de hecho, creo que actuaba para sí misma, que estaba encarnando un personaje. Fue así que la bautizamos como la “femme fatal” y desde entonces la observávamos con intención cada vez que andaba cerca, como si miráramos un fragmento de ficción, como si su forma de vestir, su contoneo y las relaciones que establecía con los demás, no fueran reales y sí parte de un relato que ella misma se había inventado. Sigue leyendo

Japonés Park

Todos los domingos me iba a la ciudad de los chocolates para ir a escalar la Montaña Rusa, la Estrella Polar, los carritos locos, todo un paraíso de metal… Magos y payasos, ganas de volar como los avioncitos del Jalisco Park. C. Varela

Cuando llegamos, el parque aún andaba en calzoncillos. Los auxiliares de limpieza recogían hojas del césped y el silencio era sepulcral. Alguien dijo a manera de chiste que en el cementerio Mayabe, a unos pocos kilómetros de esta zona, había más jolgorio que aquí. Reímos, qué otra cosa si no. Sigue leyendo