No quiero ser la serpiente (Mefisto Teatro en Holguin)

Desde el butacón sentí que toda la discriminación femenina que la mujer ha sufrido por siglos se me acumulaba en el pecho cuando Enriqueta Faber gritó desde el escenario: ‘¡Yo no quiero ser la serpiente que repta en la oscuridad de una cueva, yo quiero ser la palma, el águila…!’. Su voz quedó suspendida, y mi emoción contenida.

El drama de Escándalo en la Trapa, obra del cardenense José Ramón Brene, y representada este fin de semana en el Teatro Eddy Suñol de Holguín, se fue entretejiendo en una puesta en escena impecable, con total coherencia y armonía entre música, luces, movimientos en escena y actuaciones.

Un médico francés llega a Baracoa en los inicios del siglo XIX y despierta el interés de las jovencitas de la zona. Enrique Faber se comporta de un modo extraño, e incluso se siente atraído por otro joven del pueblo.

De buena fe, decide ayudar a una tísica de apenas 20 años, que muere en su casa, víctima de la pobreza y el enclaustramiento. Los rumores de una posible relación entre la enferma y el doctor (que no cobra sus honorarios y paga medicina y alimento) obligan a este último a contraer matrimonio con Juana, la tísica, que ya mejora, gracias a las atenciones de Enrique. La única condición que este impone a su prometida es que no se verán nunca como marido y mujer, sino como amigos.

Ya a estas alturas al espectador no le sorprende la actitud de Faber, porque El monje agonizante, un personaje del futuro, que aparece y desaparece, tumbado en su lecho de muerte, ya ha contado que Enrique, no es tal, sino que es Enriqueta, una joven que vistió por primera vez indumentaria masculina cuando quiso correr la misma suerte de su esposo en los ejércitos napoleónicos. Luego de que este muriera en un combate, Enriqueta abandona las tropas de Bonaparte y decide estudiar medicina, pero su condición de mujer es un impedimento, así que asume de manera definitiva la identidad de un hombre, para estudiar la carrera en Francia y luego ejercerla en Cuba.

Sin escuchar a los personajes, apenas viéndolos moverse dentro de un vestuario de cartón, los actores parecen muñecos de cuerda, me recuerdan al hombre de hojalata del Mago de Oz. La vestimenta, rígida y flexible a la vez, pareciera una representación de sí misma. Provoca la misma sensación que las Marinas de Sorolla, o los girasoles de Van Gogh o cualquier pintura que se aleje de la realidad, y ofrezca su propia versión de ella, una versión que remite a un mundo creado por el artista, y que no existe fuera de su cabeza o de su arte.

El vestuario, diseñado por Eduardo Rocha y Tony Díaz (director de Mefisto Teatro), es, de hecho, una de las obras maestras de la pieza, porque, además, determina elementos como la gestualidad (el actor se mueve hasta donde se lo permite el traje), y los movimientos en escena.

Lo más impresionante es que el tono farsesco de las actuaciones y del vestuario, en nada debilita la conmoción que provoca la tragedia de Enriqueta, quien en los finales es descubierta, enjuiciada y condenada a diez años de prisión.

Alejandro Milián, Leidis Díaz y Hedy Villegas, son los encargados de interpretar a Faber en su versión masculina, femenina y como anciana, cuando se ha recluido enferma en el Convento La Trapa de Francia y revela antes de su muerte, los detalles de esta historia. De los tres, Leidis es la única que se estrena en el papel. Alejandro y Hedy ya lo interpretaron, sin embargo, el nivel es el mismo, la actuación es impecable, no solo en los protagónicos, sino también en el resto del elenco (alrededor de 10 personajes).

Al margen de toda la reflexión que la obra pudiera suscitar no solo en cuanto a la discriminación femenina, sino también racial y homosexual, Escándalo en la Trapa nos deja sentir y enjuiciar las miserias y grandezas humanas sin teques, y de modo casi inconsciente. La conciencia de lo aprehendido se toma, después de los aplausos y de que la luz del exterior te devuelve a la realidad como si te bañara con un cubo de agua fría.

Vuelvo al parlamento de Enriqueta, despojada de sus atuendos varoniles, expuesta, sola y con el foco de luz encima: No quiero ser la serpiente que repta… y me digo que no viene al caso volverme feminista ahora, que hemos logrado mucho, pero no sería acaso una actitud conformista de mi parte?

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2 Respuestas a “No quiero ser la serpiente (Mefisto Teatro en Holguin)

  1. Realmente es una obra que, más que conmover, sacude. No creo que las conquistas alcanzadas por las féminas sean suficientes, todavía la doble jornada laboral es asumida con naturalidad, cuando lo natural sería compartir el las tareas del hogar para que la familia deje de ser una pesada carga, que muchas veces limita el desarrollo personal de las mujeres.

  2. bueno aca me siento identificada con dos cuestioenes : una es que la obra es de un coterraneo y otra por la parte de lo femenino que nos toca a todas de cerca . en verdad ya es hora de no ser consideradas serpientes . un beso Chely y sigue así tan linda

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