Todavía quiero hablar de cine

Ya había olvidado la sensación de descubrir que aún es de día tras la puerta de un cine. Apenas recordaba la torpeza de quienes acaban de entrar en la sala oscura, o de cómo las pupilas se van abriendo y la retina comienza a percibir más luz, tal y como sucede en una cámara fotográfica.

El Festival del Cine Pobre me devolvió todas esas vivencias. Ya sé que es tarde para hablar de un evento que acabó hace más de una semana, que Gibara vive su ritmo habitual y que los delegados apenas conserven el recuerdo de la brisa de aquel poblado costero, pero a veces uno necesita que las cosas reposen para calibrar los hechos.

Siempre en los Festivales de Cine Pobre en Gibara he sentido que alguna especie de ánima entra por mis poros para sacudirme, trastocarme, hacerme convulsionar. Este año, ese ente espiritual que al final me deja a rastras y sin fuerzas, apenas se cruzó en mi camino.

Es cierto que soy madre y que por razones obvias no he podido vivir el evento con la misma intensidad, pero aún así, sentí el Festival lo suficiente como para discernir que a esta edición le faltó solidez.

No hablo de las descargas nocturnas, esas que por su propia naturaleza, nos dejaban durmiendo la mañana en un parque de esa Villa luminosa. Hablo de los debates, de la vida, del aire diferente que se lograba respirar en Gibara. Y vuelvo sobre los debates. Los foros de la mañana eran el punto de encuentro, el lugar al que todos íbamos a vernos las caras y a hablar, con intensidad de los temas que aún nos duelen. No digo que hablar de sexo transaccional, o la mujer en la creación sean temas banales, pero no debimos dejar de discutir de cómo la gente está produciendo ahora, con lo que tiene y con lo que no tiene, de cómo los cortos o los largos se filman y nadie los ve porque no tienen acceso a redes de distribución, o de cómo tanta gente sigue haciendo una película con la cámara de un amigo, y no saben cómo acceder a los fondos o a los premios.

Además, los foros debieron quedarse en la Casa de la Cultura, una construcción mucho más amplia y luminosa que el lobby del cine Jibá. Concentrar todas las actividades en el cine rompió el ritual de ir de una institución a otra (Casa de la Cultura y cine Jibá), por la calle Independencia, la más céntrica de Gibara, lo que trajo como resultado que de todas formas la gente fuera de un lugar a otro, esta vez, y al menos así lo sentí yo, invadidos de un sentimiento de desamparo y nostalgia enormes.
Por otro lado, en cuanto a organización, este ha parecido un primer festival aunque sea el décimo. Toda una década de experiencia no vio sus frutos por que, al parecer, este nuevo equipo y el anterior no se vieron las caras. Lester Hamlet, prolífico realizador de audiovisuales, y nuevo director del evento, tendrá que entrenarse un poco más en estos menesteres, porque se le vieron demasiadas costuras al Festival (sobre todo se cayeron muchísimas actividades programadas, lo mismo foros, presentaciones de artistas o la programación del cine)

Aún con todo esto, le doy a Lester el beneficio de la duda. Estoy segura de que podrá tener ediciones más exitosas, sobre todo si sigue teniendo ideas tan buenas como el largometraje que en los días del Festival se rodó en Gibara, y que convirtió al pueblo en un gran set de filmación. Quizás Lester, y es una pretensión mía intentar pensar por él, creyó que era mejor hacer algo diferente y se decidió por los temas que mencioné en la parte teórica, pero sé que si se escucha a sí mismo y a quienes le rodean, se dará cuenta de que aún hay mucho de que hablar en cuanto a maneras alternativas de producir, de distribuir, de hacer cine.

Al margen de todo, sentí que Gibara lo recibió agradecida, por devolverle un proyecto que siempre le perteneció. La Villa estaba tranquila, llovió dos o tres veces. El paisaje era el mismo: los botes meciéndose al unísono sobre la marea y una silla, como la montura de un caballo, inmóvil a lo lejos. Me fui de Gibara, sorteando las más de ochenta curvas de esa carretera, con los recuerdos de ediciones pasadas dándome vueltas en la cabeza, pero no es tiempo de nostalgias, sino de fabricar un nuevo camino para seguir andando.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.