Primero de mayo: banderitas, el sol, la gente y una Cuba que anda

Lo que más me gusta del primero de mayo, es la música que llega desde la plaza cuando aún remoloneo en la cama. Es de noche, los gallos aún no cantan, pero afuera hay un murmullo inusual. Mis vecinos salen de sus casas vestidos de azul, blanco o rojo, los colores de la bandera y como resumen, una banderita pequeña en la mano.

La gente va llegando de cualquier parte y como los afluentes de un gran arroyo, se van incorporando para formar la multitud. Recuerdo que de pequeña me llevaban en hombros, y desde mi altura provisional, todo era más fresco y alegre. Era usual encontrar a los amigos de mis padres, esos a los que siempre le parece que uno ha crecido demasiado en muy corto tiempo.

Después, supe de qué se trataba todo esto, supe que no en todo el mundo se celebra igual, de hecho, no se celebra, se pelea, se exige, como lo hicieran los obreros estadounidenses hace más de una centuria por la jornada de ocho horas. Las demandas de este siglo, son diferentes, pero igual de intensas y necesarias, porque se sigue soslayando el derecho del proletariado.

Las imágenes me llegan desde el televisor, la web, y no logro identificarme con esa realidad, mis inocentes recuerdos serían muy diferentes de haber nacido en otra latitud. Aún recuerdo el sol, “mami dame agua”, las caras desconocidas y yo, como reina en un trono, mirando desde la cabeza de mi padre cómo nacía un pueblo de entre las banderas.

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