Holguín: Diversidad religiosa que nos define

Dicen que cuando se creó el mundo, en las tierras más fértiles nació Orisha oko y en los espacios putrefactos y hediondos, surgió Babalú ayé, y con él la enfermedad. Un día Olofi le pidió que no se acostara con ninguna mujer y que respetara la abstinencia del jueves santo, pero Babalú lo desobedeció, y Olofi lo castigó con la muerte. Obatalá intercedió para que lo resucitara, pero no pudo convencerlo, hasta que fabricó una especie de oñi o miel, a la que Olofi no pudo resistirse. Fue así que Babalú regresó de entre los muertos, a cambio de aquel elíxir. Este Babalú Ayé de la Regla Arará es el que se identifica con el San Lázaro que veneramos los cubanos, y que viene de la Biblia.

Escuché al profesor Carlos Lloga, especialista de la Casa del Caribe, hace dos días, y recordé al San Lázaro que tiene mi prima en el pasillo de la casa, y de las veces que ha llevado azucenas al mar, o de cuando se compra pulsas y aretes que suenen mucho, o cuando anda buscando ajo, coco, miel, para algún remedio.

De la Virgen, de Babalú ayé, del protestantismo en Cuba, del espiritismo de cordón y de la conformación del panorama religioso holguinero, también hablaron en aquel panel en la Casa de Iberoamérica de Holguín, los profesores Alejandro Torres Gómez de Cádiz, Gonzalo Grimal y Oscar Barzaga, movidos por el nuevo aniversario de la fundación del hato holguinero (4 de abril de 1545) y de lo que el culto popular religioso significa en la idiosincrasia de cualquier pueblo.

Alejandro Torres Gómez de Cádiz es un excelente profesor, siempre va a la esencia y al origen de todo. Fue el primero en hablar y definió el campo religioso holguinero como “amplio y polivalente” y muy ligado, como en otras regiones, a los grupos étnicos que se fueron asentando en Holguín desde la llegada de los españoles.

La presencia aborigen fue prominente en Holguín y “no seré tan indigenista para darle más valor del que tiene ni tan eurocentrista como para negarlo”, apuntó Alejandro, es decir, la cultura arauaca y sus ídolos de alguna manera dejaron huellas en nuestra identidad.

Sin embargo, los primeros siglos en la región estuvieron marcados por el catolicismo. La economía de aquellos años no precisó de la importación de esclavos negros (había un solo ingenio en Santa Lucía, lo que es hoy el municipio Rafael Freyre), por eso no tomó fuerza desde entonces la Regla de Ocha o el Palo Monte, eso vino después. El espiritismo llegó desde Bayamo, en el siglo XIX con el inicio de la guerra de independencia.

“El XX fue el siglo del viraje, del cambio, con la inversión norteamericana en Cuba”, definió el profesor. Se establecen en la Isla los antillanos que vienen de Jamaica, Barbados, Haití. Alrededor de esta fecha se termina la construcción del canal de Panamá (inaugurado el 15 de agosto de 1914), y parte de esa mano de obra se mueve hacia Cuba.

En 1913 se aprueba la contratación de braseros antillanos, y, por ejemplo, según documentos de la época, entraron a Gibara unos mil 200 haitianos.

Todo esto impactó en el campo religioso holguinero. Los jamaicanos trajeron el protestantismo, y con él La iglesia del Monte Sinaí y el pentecostalismo negro. Surgieron también las iglesias metodistas y bautistas. En la década del 40′ con la movilidad social que trajo el desarrollo económico, llegan denominaciones como el adventismo, y otras como la Regla de Ocha y el Palo Monte.

A finales de los 70′ con la nueva división política administrativa, Holguín como capital asumió a los municipios del Este (Moa, Sagua) con sus prácticas religiosas, y en la década del 80′ se terminó de conformar el panorama religioso de esta región nororiental.

“El holguinero, como el cubano, es creyente”, dijo casi como conclusión, Carlos Lloga, el especialista de la Casa del Caribe que mencioné antes, y es cierto, los cubanos entramos y salimos de una religión a otra sin ningún prejuicio, y según nuestras necesidades. Recuerdo cuando hace ocho años estuve en terapia intensiva, y solo estuve consciente de mi gravedad, cuando vi a mi mamá con tres hojas de salvia poniéndomelas en la panza en los únicos cinco minutos que me dejaban verla al día. No hablaba conmigo casi, solo se concentraba en aplicarme aquellos remedios, ella que nunca creyó en nada.

En cuanto a eso abundó más el profesor Bárzaga, sobre la función terapéutica de los cultos populares. Lloga, por su parte, insistió en que lo más importante no es preguntarse si Dios existe o no, sino dónde está y cómo le sirve a la gente. Habló también de la Virgen de la Caridad del Cobre y de la manera en que nos une a todos los cubanos. “A las procesiones de la Virgen va todo el mundo, no importa que los Católicos vean a María o que los santeros vean a Oshún, lo cierto es que permite el diálogo entre todos”, dijo el antropólogo.

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