Los androides comenzaron a aplaudir

Fui la última en llegar y todos miraron a la puerta a la misma vez, como androides programados para reaccionar juntos a un sonido. Los músicos se miraban entre sí para acordar el próximo comienzo, y el público devolvió la vista al escenario.

El silencio era tan sepulcral que cualquier gesto resultaba incómodo en extremo: el zíper de mi bolso, la señora de adelante que cruza los pies y arrastra los zapatos contra el piso. El piano y el cello sonaron al unísono y un tango de Astor Piazzola me lleva a una calle con adoquines, sin aceras y con edificios sucios. Era un lugar cutre por el que yo corría, aunque no me veía a mí misma, sino a las fachadas que solo dejaban encima de mí una línea estrecha para ver el cielo, gris y sucio también. La música era intensa y el cello agudo y sinuoso.

Un chico de ojos melancólicos movía el pie al ritmo de Piazzola y una adolescente movía toda la pierna con una cadencia divorciada de todo sonido, apenas como escape nervioso.

Terminé de correr por aquella escena que intuía en blanco y negro, y de nuevo el silencio. Tuve ganas de aplaudir, fuerte, pero nadie lo hizo. Alguna vez estuve en un lugar donde unos aplaudían, y otros reprochaban: “Ahora no, es al final”, decían los supuestamente más entendidos. Creo que aquello fue como cura de caballo, porque aquí nadie aplaudió aunque fuese el final de la pieza.

El cello y el piano volvieron a la carga y esta vez me vi en una foto medio gastada, con sombrero de bombín y en un globo de gas helio. Estuve por segundos en una película de Fellini y después en un campo de margaritas blancas, en un paisaje muy colorido, donde todo se mecía al compás del viento fortísimo. Había una felicidad en esos acordes difícil de explicar.

Nadie se movía, ni comentaba nada. Solo el muchacho de ojos melancólicos giraba la cabeza, quizás buscando identificarse con los demás, quizás porque también estaba emocionado y buscaba compañía en el sentimiento.

Terminó la pieza y de nuevo el mutismo. El público estaba encartonado, en realidad la hora no ayudó mucho porque aún era de día, y a veces solo la oscuridad de la noche puede desinhibir a la gente. Tal vez definió, el hecho de que solo hubiesen dos parejas y muchos solitarios. Cuando uno va solo a los lugares siente que no tiene en quién proyectarse, se queda uno ahí con cara inexpresiva, hasta que llega un amigo y es que uno se desarma, se ríe si está feliz, gruñe si está cansado, pero de los solitarios es muy difícil hacerse una idea porque no se proyectan en lo absoluto.

Tiene que ver también con el tipo de música. La gente llega a las salas de concierto con sus mejores atuendos, y casi en reverencia. Hay un consenso de seguir cierto protocolo, y tanta fanfarria heredada coarta la espontaneidad.

Yo miraba la espalda de los demás, e intentaba imaginar el rostro de cada uno. La señora que arrastraba los pies, seguro sonreía; un muchacho detrás de ella con gorra y collar de obatalá, debía tener cara de aburrimiento porque estaba casi acostado en la silla; la adolescente seguía moviendo la pierna, no pude imaginar su expresión; y el muchacho de los ojos tristes creo que estaba serio.

Por momentos, sobre todo en los silencios, los músicos viajaban en una burbuja, bien lejos de nosotros el público. El rostro del cellista era el más visible, sus gestos traducían el esfuerzo en la ejecución del instrumento. La pianista se sumergía más en las teclas.

En medio de la quietud y de los acordes fusionados llegó el final de la pieza, y sin espera, el de los ojos melancólicos, se disparó de la silla y dijo: ¡Bravo! y los demás lo siguieron en aplausos. Una única energía desembocó en él. Yo reí, no sé si los demás lo hicieron, pero fue como si de repente hubiésemos encontrado en quién proyectarnos. Sentí que todos corrimos, volamos y vimos postales viejas, solo que necesitábamos aquel grito para despertar del sueño aletargado, mirarnos a la cara y aplaudir juntos.

El dúo Presto de la ciudad de Las Tunas se presentó este sábado en concierto único en la segunda planta de la Biblioteca Provincial Alex Urquiola. Hindira Mastrapa (piano) y Danilo Lozada (cello) compartieron con el público obras de Saint Saenz, Gabriel Fauré, Astor Piazzola y José María Vitier.

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