El terrorismo no cree en azares

Cercano a la fecha releí los sucesos del 6 de octubre, me detuve sobre todo en una publicación que rememora el recorrido del vuelo CU-455 de la aerolínea Cubana de Aviación. A medida que avanzaba en la lectura pensaba en la teoría del caos, en las casualidades, en el azar, en cualquier punto de giro que hubiera cambiado la historia de ese día, algo pudo haber fallado.

Los 24 deportistas cubanos de los equipos de sable y espada ganadores del recién finalizado entonces IV Campeonato Centroamericano Juvenil de esgrima, subieron al avión en Trinidad y Tobago, junto con los dos terroristas venezolanos Hernán Ricardo y Freddy Lugo. La aeronave aún debía hacer otra escala antes de llegar a Cuba. Ricardo y Lugo ubicarían las bombas minutos antes de arribar al aeropuerto de Seawell de Barbados, para que les diera tiempo dejar el avión y que este alzara vuelo nuevamente. Me pregunto qué habría sucedido si por razones del clima, no hubiesen podido tocar tierra en esta pequeña isla, ¿Ricardo y Lugo se habrían inmolado junto a las víctimas o habrían declarado las bombas y las habrían echado al mar?

En Bridgetown, capital de ese país caribeño, solo debían estar veinte minutos, y así fue. Según declaraciones que leo, de un oficial de apellido Rotman, a cargo de la torre de control del aeropuerto de Seawell, si hubieran despegado solo cinco minutos después, debido a la dirección del viento, la explosión hubiese ocurrido a unos tres mil pies de altura y a unas doce millas del aeropuerto; sólo hubiesen tardado tres minutos en regresar. Y pienso ahora, si por alguna razón prodigiosa el avión hubiera tenido algún desperfecto, y se hubiera tardado no cinco, sino diez minutos o más en volver al aire, esas cosas pasan. Habría explotado en tierra, y los hechos se contarían de otra forma.

Me gusta regodearme en esas posibilidades, en lo que hubiera podido pasar si…, pero como alguien me dijo una vez, “lo que hubiera podido pasar no existe”, y de nuevo vuelven a mí las imágenes de dos ancianos llorando frenta a un retrato, un hombre de bigotes desgastado por el llanto, y toda una fila de cubanos con el pecho apretado y lágrimas en los ojos, desfilando frente a ocho féretros.

Me sacude la impotencia, porque esto no es un programa de televisión en la que los espectadores se meten tanto en la historia que quieren cambiarla a la par de sus guionistas, ni soy una profeta que años antes hubiese podido vislumbrar los acontecimientos de ese día, y alterarar la realidad, solo moviendo unos hilos aquí y allá.

Las bombas explotaron en el aire, a ocho minutos de haber abandonado el aeropuerto. Leo que “junto a la zona de explosión se abrió un boquete de casi un metro de diámetro. La nave perdió presión, se escapó el aire contenido y la fuerza de succión arrastró con todo lo que encontró a su paso. El fuego se propagó en pocos segundos y el humo fue robando vidas en instantes. La bomba reventó debajo del asiento número veintisiete donde iba sentada la niña guyanesa. Algunos pasajeros sobrevivían, otros se consumían en fuego, el resto vomitaba humo negro.”

En esta parte de la historia ya todo estaba perdido, los 73 pasajeros morirían irremediablemente. No podemos confiarnos al azar o a la providencia, por eso hombres como los Cinco Héroes Cubanos, y otros tantos, deberán seguir ofreciendo su vida para que relatos como estos no tengan que volver a escribirse.

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