Máquinas del tiempo en la carretera central

Aquel señor me dio el lingote con mi nombre y apellidos en reversa y yo me fui a casa, orgullosa de mi pequeño tesoro. Había conseguido un pedazo de plomo único, pero eso no era para mí lo más asombroso, sino que saliera de una máquina tan antigua, fabricada quizás en la época en la que el mismísimo Ottsmar Margenthaler creara la linotipia, perfeccionando así el método de Gutemberg.

A las puertas de la Organización Económica Estatal (OEE) Artes Gráficas me despidió el mismo polvillo que encontré al inicio, cuando me asomé para indagar por el jefe del taller. La neblina era provocada por el corte de una guillotina a unos pocos metros de la entrada.

Yalal Akil, era su nombre, aunque no lo encontré hasta después de haber recorrido la imprenta, y que las máquinas y yo nos miráramos con el mismo asombro. Alguien me había advertido que la tecnología era bastante atrasada y que algunas pertenecían a la primera generación de la imprenta. Los operarios me miraban igual que las máquinas, de reojo y con recelo. Ellos andaban sin camisa, grasientos y sudados y yo había llegado en carro, con una libreta y un lapicero en mano. La anacrónica era yo.

Esta institución que alguna vez perteneció a Atanagildo Cajigal, revolucionario holguinero asesinado por los esbirros de la dictadura batistiana, forma parte ahora de los talleres de la Empresa de Industrias Locales en Holguín.

Akil me describía las máquinas y también su historia. Los chinos ya hacían reproducciones, pero sus moldes eran en madera y se gastaban con el uso. “Gutemberg inventó los tipos sueltos, eran letras independientes, en alto relieve, que se acomodaban en un componedor hasta lograr el mensaje. El inconveniente de este método era que las letras se acababan y no se podía completar la información, además de que todo se hacía manual.” explica Akil.

Rentable a pesar de los años

Margenthaler, un relojero alemán, mecanizó el proceso con la invención de las linotipo, en las que un operador pulsa una tecla en un aparato similar a una máquina de escribir y unas letricas en bajo relieve van descendiendo y acomodándose en una línea. Cuando se completa el mensaje, toda la parte izquierda del equipo comienza a moverse, bajan y suben unas palancas, se ven unas burbujas en un líquido gris y sale el pedazo de metal caliente. Se trata de la fundición en plomo de los caracteres de imprenta antes escogidos.

Las líneas de letras se van acomodando en una cajita, y se va formando el modelo, que lo mismo puede ser una planilla para un certificado médico o una nómina de pago.

Presenciar este proceso me hizo pensar en el valor de los “incunables”, aquellos libros que antes de la invención de la imprenta manuscribían los monjes, transcribiendo caracteres y dibujos con la paciencia de un molusco.

Es cierto que los linotipistas no pasan diez años para componer un texto, pero mirado el fenómeno desde el modo en que se compone en un poligráfico de tecnología más avanzada, o sea, el texto se hace de manera digital, pues la labor del linotipista parece trabajosa en extremo y lenta. Aun así es una industria rentable.

“Con estas máquinas hacemos 3 millones de pesos al año”, comenta Yudy Rodríguez, a cargo de la subdirección técnico-productiva. A pesar de que estos equipos son altos consumidores de energía eléctrica, utilizan materia prima de bajo costo, y en muy pocos casos de importación.

“Nosotros trabajamos con el residuo de la gran industria, cuenta Rodríguez, por ejemplo, una parte de la tinta que utilizamos es desecho de las rotativas del Poligráfico que ligamos con tinta virgen. También usamos las mantas de papel que sobran de allí.”

La Imprenta tiene contratos con más de 500 empresas, no solo en esta provincia, sino también en Camagüey, Guantánamo, Santiago, Granma y Sancti Spíritus.

Más allá de las linotipos

En otras secciones del taller el ritmo es diferente al de los linotipistas, porque diferente son los equipos que manipulan. Akil continúa el recorrido y me señala una troqueladora marca Óptima, de 1952; una guillotina Oswego, de 1909; una grabadora de letras Sacksdax, de 1923. Las fechas de fabricación son tan antiguas como la marca que ostentan. Las impresoras Chandler son de 1899, de las que me mencionó, esta era la más arcaica, pero yo tenía la esperanza de que las linotipo fueran igual o más antiguas que estas.

Las más antiguas son de Estados Unidos y Alemania, mientras que los adquiridos después de 1959, al menos en la década del 80′, son de la ex URSS.

Comenta Akil que estas máquinas funcionan gracias a una brigada de mantenimiento que está al tanto de los desperfectos y trabaja en las soluciones, incluso, antes de que se dé el problema. “Hace mucho tiempo que desaparecieron las piezas de repuesto de estas máquinas en el mercado internacional”, agrega.

A pesar de que las máquinas de composición de textos y de impresión son las que más dinero reportan, es la variedad de equipos existentes en el taller la que permite extender los servicios fuera del entorno de las empresas estatales. A la red de comercios, o sea a la población, llega alrededor del 22 por ciento de lo que se hace en un semestre.

Trabajar fuera del área empresarial, es lo que le permite a la imprenta, por ejemplo, aportar de alguna manera al Plan Turquino. De los 3 millones de pesos obtenidos al año, alrededor de 124 mil, como promedio, son por ventas a los montañeses.

Según datos ofrecidos por Yudy Rodríguez, hasta septiembre del 2011 se habían entregado a este Programa, 6 mil 763 libros de colorear; 2 mil talones; 200 millares de papel gaceta; mil 545 agendas y 24 mil cajitas de cumpleaños.
Este aporte que al decir de Rodríguez es “mínimo”, en comparación con otros talleres de la Empresa de Industrias Locales en Holguín, contribuyó a que esta entidad alcanzara el primer lugar en la Emulación Nacional del Plan Turquino Manatí de la última etapa.

El polvillo hace entornar los ojos

Rodríguez me da los últimos datos: “También tenemos talleres en Mayarí, Cueto, Banes y Urbano Noris. En total son 150 trabajadores.”

Quiere decir que esta no es la única cueva del siglo XIX y principios del XX, que hay en la provincia, pensé. El polvillo que al inicio me hizo entornar los ojos desapareció o me acostumbré a él, porque en la misma esquina seguían cortando trozos de papel. Sentí que el bolso me pesaba un poco más y volví a recordar el lingote de plomo.

En casa consulté el plan de mantenimiento, donde aparecen inventariados todos los equipos con el país de procedencia, la marca y el año de fabricación. Me detuve en las linotipo, y vi tres en la primera hojeada, una ¿era de 1985? algo andaba mal, marca 2H-140 de la URSS. Seguí buscando con la esperanza de encontrar mi máquina de más de cien años, mi lingote tenía que haber salido del siglo XIX. Las otras dos, situadas más abajo en la lista, llegaron de EUA en 1955. Tiene que haber otra, y sí, la encontré al final, pero ni modo, esta era también de la URSS y, ¡qué decepción!, de 1985. En realidad las más vetustas eran las Chandler, de hecho dos de las linotipos no sobrepasaban los 26 años, a pesar de que tenían inscritos el nombre de Margenthaler y el de la compañía que comercializó su invento. Descubrir este sitio ubicado en la Carretera Central, casi llegando a la Terminal Santiago-Habana, fue una experiencia reveladora, pero mi lingote, ahora, me parece un poco ordinario.

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