Trabajo comunitario: el cisne o el patico feo.

Cada vez que en el aula algún profesor nos mencionaba el trabajo comunitario como uno de los perfiles a seguir después de graduados (estudié Licenciatura en Estudios Socioculturales), a mis compañeros y a mí nos daba un escozor tremendo.

Era mucho mejor imaginarnos como relacionistas públicos de un hotel, con posibilidad de viajes a Europa cada tres meses, o como investigadores de éxito, visitando universidades y dando conferencias en el Palacio de las Convenciones, o sencillamente como profesores de un aula, cualquier cosa menos trabajar en una comunidad.

Nuestros prejuicios se debían, sobre todo, a las prácticas laborales que hicimos en tercer año de la carrera. Se suponía que visitaríamos las comunidades para familiarizarnos con la labor de los promotores culturales allí, pero, por razones que ahora no recuerdo, solo fuimos a las reuniones de los promotores, y nunca al barrio, al terreno, con lo cual nuestra imagen del trabajo comunitario quedó trunca, limitada a un encuentro de seres anónimos y sin glamour alguno.

Es importante el glamour cuando uno está en la universidad, cuando uno está formándose una expectativa del futuro, cuando uno es tan inmaduro o mediocre como para reconocer lo valioso.

En cambio, nuestra percepción se trastocó un tanto durante las clases del profe Rolando Bellido, algo inusual o especial o misterioso vislumbrábamos detrás de sus palabras, cuando nos dijo que la comunidad era como un cisne, y nos leyó el poema de Luis Rogelio Nogueras, “Ama al cisne salvaje”:

“No intentes posar tus manos sobre su inocente
cuello (hasta la más suave caricia le parecería el
brutal manejo del verdugo).
No intentes susurrarle tu amor o tus penas
(tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la noche). (…)”

Recuerdo que primero leyó el poema, y luego preguntó: “¿A quién representa el cisne?”. La respuesta era obvia, ya sabíamos de qué iba la clase, pero él esperaba atento, como si nos hubiera interrogado sobre la teoría de la energía cósmica de Tesla. Entonces yo dije: “la comunidad”, y él gritó eufórico: “¡5 puntos!”. Reímos, le gustaba hacer cosas como estas, por eso sus clases eran más interesantes que otras. La analogía con el poema de Wichy, el rojo (como también llamaban a Nogueras) venía por la incomprensión o el desconocimiento con que muchos llegan a la comunidad.

O sea, todo el mundo llega al barrio creyendo que sabe lo que sus pobladores necesitan, y de paso, imponiendo sus patrones de apreciación estética o de cualquier otro tipo. Mi profe comenzó por ahí, quería que supiéramos primero que a la comunidad hay que abordarla con respeto, y no como quien llega con tres carabelas y la nariz respingada.

Hace poco lo entrevisté por un trabajo que realizo para mi periódico, y comprobé que aún persisten males como este del verticalismo, y el de la falta de integración entre quienes intervienen en la comunidad.

Aún así, la labor comunitaria está en un buen momento. El tema fue discutido el pasado agosto en la última reunión de la Asamblea del Poder Popular (el Séptimo Período Ordinario de Sesiones de la VII Legislatura).

Continúa el verticalismo y la falta de organización, pero quizás haya un mayor reconocimiento y respaldo desde el punto de vista económico. Los proyectos comunitarios no siempre son tomados en serio como para invertir recursos en ellos. El proyecto “El árbol que silba y canta”, que Bellido desarrolla desde 1993 en un batey del municipio holguinero de Báguanos, solo recibió respaldo económico estatal después de 15 años de fundado.

“A nivel de gobierno hay una comprensión más concreta respecto al trabajo comunitario, respecto a lo importante que es que las personas tengan cosas saludables que hacer, las personas siempre tienen algo que hacer, pero no siempre son cosas saludables”, me dijo mi profe, quien además es jefe de la Comisión Permanente de Cultura Comunitaria de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba).

En ese sentido el trabajo de la UNEAC y del CIERIC (Centro de Intercambio y Referencia Iniciativa Comunitaria), está siendo muy renovador. Los proyectos más consolidados y mejor articulados que existen hoy en Holguín son protagonizados por miembros de la UNEAC: la Casa del Cuento, ubicada entre el Reparto El Llano y el Zayas; el proyecto ECOARTE y el Taller del artista en el municipio de Moa; el evento audiovisual Taguabo, donde compiten los canales comunitarios; el Plaza Viva en Velazco, entre otros.

Aún no se han hecho públicas las acciones concretas que deben desprenderse del debate a nivel gubernamental, pero de seguro algún cambio se genera. A pesar de ello, aún quedan tareas pendientes, como la de superar el verticalismo, hay que contar siempre con la comunidad, para hacer una actividad, un muro o un parque, si este muro o este parque quedan dentro de sus inmediaciones. Hay que seguir desprejuiciando a la gente en cuanto a lo que es el trabajo comunitario. Todo eso se logra con una mejor preparación, sobre todo en las aulas, y aquí incluyo el contraste entre las hermosas clases de Trabajo Comunitario que recibí y las pésimas prácticas laborales que hice. Si desde la universidad se forman ideas tan erróneas y distorsionadas, qué se puede esperar luego.

A pesar del buen clima que hay a favor del trabajo comunitario, aún estamos en el inicio de la pendiente. Falta mucho por hacer.

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Una respuesta a “Trabajo comunitario: el cisne o el patico feo.

  1. Me parece que el trabajo comunitario tiene otro gran enemigo y es que no todo el mundo está dispuesto a hacerlo aun cuando hubiesen tenido un buen ejemplo en la universidad. Pero tampoco es de esperar que ejemplos de trabajos comunitarios con logros verdaderos sean muy fáciles de conseguir. Yo creo que ese es el principal problema. Pon que un graduado universitario de estudios socioculturales deje a un lado el interés de trabajar en una oficina con aire acondicionado, ordenadores, aun con un sueldo mas o menos, por irse a trabajar a la comunidad bajo un sol que raja piedras, bajo la ojeriza de un par de funcionarios, o de la novia o el novio que quiere ver en el a un chico o chica con futuro, un futuro próspero quiero decir. Estas personas pueden existir pero son una entre, yo diría, entre 100 mil. Yo conocí gente así, lo juro. En Cueto por ejemplo, los de la Ruta del Son conocimos y lloramos con el trabajo de Choco. Este es un custodio que vive en una comunidad a la que le dicen la loma. El parece ser el loco del barrio, o por otra parte -pensando en las miserias humanas- el tipo que hace las cosas esperando algo a cambio. Como sea, el trabajo que hace con niños y pobladores de la Loma es realmente impresionante, de sueño. No solo ha logrado que las gentes de allí, los adultos, lo hayan apoyado a limpiar un viejo basurero para el hacer su terreno de ensayos, también la puesta en escena que hace con sus niños tienen una calidad profunda. Digamos que no son puestas graciosas, como suelen ser la de niños, sino profundas, con vértigo y oscuridad. Por los rostros y cantos de esos chicos hablan los ancestros haitianos que vagan por Cueto arrastrando los pies como muertos sin veladura. Las actuaciones de los chicos allí, descalzos, traen desde el pasado, un testimonio mitad alegre, mitad dolor de esos haitianos esclavizados en diferentes etapas de la historia de Cuba, antes de que -hay que reconocerlo de una vez- la revolución le garantizara una vida digna. No traen una risa folclórica sino algo así como un llanto, un lamento. Choco le exigía entrega a los chicos, y se lo tomaba realmente en serio. Viéndolo allí, como sufría en su papel de instructor, algo por lo que no cobraba un centavo, yo pensaba en lo siguiente ¿Choco por qué lo haces? ¿Que cosa prodigiosa te empuja, te da ánimo para trabajar desde el más completo anonimato, sin manuales, sin canclinis, sin freires, desde cero completamente? Sin ánimo de ofenderlo, ni manchar su obra, yo imagino qué animaba a Choco porque también en algún momento de mi vida también lo he hecho. Choco, antes que nada quiere escapar, salir del agujero, de su pequeña y oscura casa de madera, su calle de tierra que la lluvia enfanga, vencer el tedio, la rutina que lo rodea y que rodea a sus vecinos, vencer su circunstancia y huir de todo esto mediante la creación. En su noche de custodio vence al sueño pensado en su proyecto, un proyecto que además lo hace sentir útil, incluso y es pura vanidad, más útil que la mayoría, que de alguna manera se deja morir cotidianamente en sus casas. Persigue en sus prácticas una precisión honesta, inagotable, infinita, pues los que la jalan son esos ancestros, cuyos lamentos son diferentes, individuales. Pero lo mejor de todo, es que si la gente de ese humilde barrio lo acompaña a su manera también pueden escapar y ser otros en ese mundo de ancestros, demonios, amantes, mayorales, pueden incluso soñar que representan en un gran teatro, o que podrán hacerlo si siguen trabajando así, estos sueños, o esperanzas en definitiva pueden ser más gratos que la realidad real.

    Chely mía, disculpa que haya abundado tanto, en parte creo que tu texto lo propició. Que tengas éxito con este trabajo. Y ponle lo que le pone Choco. Yo creo que el éxito de este va incubado en el estilo e inspiración de los cuatro primeros párrafos.

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