Una tarde

Había olvidado la paz que se siente cuando uno entra a una biblioteca, sobre todo cuando es verano. Las bibliotecas no suelen ser sitios privilegiados para vacacionar, por eso se vuelven más silenciosas.

La señora que entrega el expediente no estaba, “no vino hoy”, me dijo otra, como si fuera cosa de todos los días, “pero habla con la muchacha de los libros que seguro te los presta sin carné”.

“Seguro”, pensé yo, en estos meses cualquier cosa está permitida.

En la hemeroteca (sala para consulta de periódicos), no había nadie más, solo la mujer que presta los materiales, excelente, es un poco molesto tener a un desconocido cerca, y en un lugar tan pequeño e íntimo como es esa Sala. Es como cuando compartes un asiento en un viaje largo, sientes que esa persona está demasiado próxima y que debes hablar con ella, de lo contrario el silencio acumulado va tensando la cuerda entre ambos, por eso, en cuanto me monto en una guagua, y aunque no tenga muchas ganas, le hago dos o tres comentarios a mi compañero de viaje y ya está, aunque no hablemos más, es como si le hubiera abierto la puerta o le hubiera dicho: puedes hablarme.

“Buenas y ¿la seño de aquí?” preguntó alguien detrás de mí. Miré de reojo: “no sé”, y temí que el hombre de anteojos quisiera compartir mi pequeño reino, pero creo que sintió mi hostilidad porque agarró los periódicos y se sentó en una sala cercana, fuera de mi dominio.

Esa tarde consulté los periódicos Granma del mes de mayo de este año por un tema del cual debo investigar y escribir en los próximos días. Encontré un número del semanario Orbe donde hablaban sobre la Revolución Sandinista, y también lo pedí. (Afuera comenzó a tronar) Por estos días me interesa todo lo referido a la historia de Nuestra América, estoy llenando lagunas. Es increíble cómo uno se pasa la vida escuchando nombres y repitiendo lo que otros dicen de esos nombres, sin haberse formado una opinión propia al respecto.

La mayoría de los latinoamericanos sabemos que hay que admirar a Bolívar, a Hidalgo, a Martí y a otros muchísimos, pero muy pocos saben bien por qué. A mí la admiración por Martí, la verdadera, me nació tiempo después de que terminé la universidad. O sea, siempre lo sentí como alguien cercano, como un familiar, siempre me hablaron de él en la escuela, pero lo descubrí años más tarde, cuando participé en un Seminario de Estudios Martianos en La Habana y recorrí junto a mis compañeros el mismo camino que Martí recorría durante el Presidio Político hacia las canteras de San Lázaro con solo 16 años y un grillete magullándole el tobillo. Sentí su dolor, y me parecieron extraordinarios los versos que le escribió a su madre al dorso de una foto que le envió:

Mírame, madre, y por tu amor no llores/Si esclavo de mi edad y mis doctrinas/ Tu mártir corazón llené de espinas/ Piensa que nacen entre espinas flores.

¡16 años! Pudo haber escrito, “madre estoy sufriendo”, o “estoy jodido”, pero no, hizo poesía. Solo vivió cuatro décadas y hacía traducciones exquisitas hasta en tres idiomas, ahora no recuerdo cuáles, pero es asombroso. ¿En qué tiempo escribió su obra literaria, luchó por Cuba, amó a una mujer? Decididamente Martí aprovechaba el tiempo, me pregunto qué habría hecho de vivir en la era facebook, creo que no se habría alistado a ninguna de las redes sociales que pululan en internet.

Salgo a la calle, afuera me recibe el aire húmedo y el olor a tierra mojada. Cayeron unas gotas aunque los truenos que había escuchado e ignorado antes anunciaban algo peor. Fui a tomar batido en la calle Maceo, y había de guayaba, el que más disfruto. Alguien entró con una pizza al establecimiento para complementarla con el líquido, y me dieron tremendas ganas de comprarme una, pero mi digestión lenta, mi gastritis y mi vesícula, no la resistirían (ando en crisis por estos días).

Caminé a la tienda de enfrente, vi un vaso que quizás le gustaría a mi beba, pero la dependiente ni me miró cuando le hablé. Salió de su puesto un rato y al regreso, sin disculpas ni remordimientos, me dijo: “y usted qué desea”. Al final, el vaso que iba a comprar tenía un defecto, y de ese color, solo quedaba uno. Si a esta mujer le pagaran por lo que vende se moriría de hambre.

En el trayecto a casa me abordó uno de esos revendedores de cuc (peso convertible cubano) para preguntarme si iba a CADECA (casas de cambio). “No”, dije con el gesto y sin apenas mirarlo. “Y si fuera qué, tampoco te iba a comprar los cuc a ti”, pensé. No los soporto, este sí come por lo que hace, pero no produce nada, vive de la especulación, cree que no le hace daño a nadie. “Estoy en la luchita”, dicen todos los de su estirpe y así limpian su conciencia. Habría que hablarles en términos de macroeconomía: si y tú y todos los vagos que andan por ahí se fueran a producir arroz, seguro que aumentaba la producción, disminuían los precios, y el Estado no tendría que subsidiarlo. Pero eso es “muela” para ellos.

La tarde va entrando en sus últimas horas. No llovió, pero refrescó. Me siento desintoxicada, cambié un poco la coreografía del día o de la tarde, la compu vicia un poco. Mientras subía las escaleras de mi a casa (la de mis padres, aún no tengo una propia), sentí que volvía a sumergirme en la rutina. Ahí me recibió mi peque y me abrazó de todas las formas en que sabe hacerlo, y me babeó la mejilla. En realidad, esta parte del día, por muy repetitiva que sea, no quiero cambiarla nunca.

Me acompañó hasta la noche la paz que sentí en la biblioteca, y fue lo que me inspiró a escribir, era de eso de lo que quería hablar, lo otro vino después.

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Una respuesta a “Una tarde

  1. Aracelys, hacen mucha tus escritos, creo que ya lo había comentado antes. Gracias especiales por éste, es como acompañarte en tu calurosa tarde holguinera e igual disfrutar del batido de guayaba. También coincido en que la compu envicia, pero hay vicios de vicios, por ejemplo, si ese es el único medio para estar comunicado con un ser querido y muy cercano como es mi caso, ese es para mí un vicio muy ansiado.

    Que estés bien, y mejore pronto el problema digestivo que mencionás. abrazo grande, y a la niña.

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