Verano desde una esquina

Llegó el verano a Cuba, o sea los meses en que recesan las clases, las calles se llenan de bullicio y la gente se ve más quemada por el sol y el agua salada. Para mí la diferencia no es mucha, al menos en mi rutina diaria. Antes esperaba julio y agosto con ansiedad, aunque no hiciera nada especial, (ir a la playa, a Santiago a casa de mis primas o ver televisión); ahora, que ya no soy estudiante, vivo las “vacaciones de verano” a distancia, como si viera a unos niños bañarse en la playa, viviera esa alegría pero desde la arena.

Algo me toca, no puedo sustraerme al entorno. Es cierto que sigo levantándome temprano, y saliendo de casa para ir al trabajo, pero afuera los niños no visten uniforme, ni caminan con sus padres, sino que corren ligeros por el barrio, juegan bola o fútbol, o sencillamente ya están reunidos a esa hora, conversando para ver qué harán con el resto del día. De camino al periódico (donde trabajo), la gastronomía estatal se esfuerza por mostrar otro rostro, así que la gente se acumula en lugares donde antes no lo hacía, alrededor de los parque es donde se nota mayor actividad. Llego a la redacción y desde esa pecera de concreto y cristal, el verano apenas se siente, aunque algo sí, allá a lo lejos, una banda que ensaya en los bajos, y el calor intenso, intensísimo no se disimula ni con el aire acondicionado en 16 grados.

Para muchos de los que viven el verano así, desde una esquina, la experiencia debe ser similar. A todos nos queda el respeto por julio y agosto como los meses primados para vacacionar, por eso la nostalgia, y las escapadas a la playa, y hay como un consenso en cuanto a tomarse las cosas con más calma, o a esperar lo mejor de los demás. Como que no está permitido el mal humor por estos días.

Regreso a casa, y a la entrada de mi barrio, los ociosos parecen tener más tiempo de lo normal. Las partidas de dómino son más largas y más tumultuosas, y todos están sentados fuera, conversando con el vecino. La cuadra se mantiene así hasta tarde. En los portales hay un pequeño receso a la hora de la novela, pero luego vuelven los más taciturnos y los no tanto, porque en el verano el calor no pierde protagonismo y es mejor tomar el fresco de la noche y acostarse cuando el sueño está ahí, en vez de dar vueltas en la cama para conciliarlo.

Me asomo a la puerta. En la calle no queda ninguno de los que deben trabajar al día siguiente. Al menos yo aterrizo en la cama casi después de que mi niña lo hace en su cuna. No creo en calores o cosa alguna, el día ha sido tan intenso como otro cualquiera.

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