Mi beba crecerá en Cuba

Mi casa es pequeña, también lo es el lugar donde cuidan a mi niña, por eso todos los días trato de sacarla al parque para que disfrute de espacios abiertos y descubra el mundo sin demasiadas restricciones. Los domingos, como es el día del paseo, la llevo al parque de lujo de los holguineros, el Calixto García, un lago enorme de mármol, así me gusta describirlo, donde todos van a mirarse las caras, a reconocerse, a mostrar lo mejor del armario, en fin, a pasar un rato.
Este domingo me encontré con un estudiante de medicina de México que entrevisté hace unos meses para mi periódico. Hablamos dos líneas y nos quedamos mirando a los nenes que corrían en el centro del parque, entre ellos mi beba desobediente que ya se había alejado con sus pasitos inseguros y muy torpes aún. “En México no podemos hacer esto, dejar a los niños así es muy peligroso”, me dijo y yo me asombré un poco, sé de la violencia que hay en el mundo, pero no puedo concebir que dejar a mi niña lejos de mí unos metros en un lugar tan público pueda ser un problema.
Me despedí de mi amigo y regresamos a casa, caminando despacio, tranquilos, por una de las calles más céntricas de Holguín.
No volví a pensar en el asunto hasta que alguien me preguntó por qué quería que mi hija creciera en Cuba. Enseguida me vino a la mente la escena del parque, por el contraste que significa vivir en Cuba, y no en México, Estados Unidos o España. No es que crea que en el resto del mundo nadie pueda caminar por un plaza con sus hijos, pero sé que hay muy pocos lugares en los que pueden hacerlo con plenitud, con el único riesgo de que el pequeño se resbale y se haga una herida en la pierna.
Pienso ahora en la persona que soy, en cómo son mis amigos, y la gente que me rodea. Pienso también en cuál es la diferencia entre los extranjeros que he conocido y nosotros y es que mis amigos y yo, entre otras cosas, somos hijos del socialismo.
No creo que seríamos tan considerados los unos con los otros, tan cálidos, tan hospitalarios, tan solidarios, si no hubiéramos crecido en un sistema como este. Desde pequeños nos enseñan que somos iguales, que tenemos los mismos derechos, que tenemos que ayudarnos.
Yo quiero que a mi beba aprenda eso, quiero que en la escuela le hablen del Che, de que un día tomó una moto y se fue a descubrir Latinoamérica, que luchó por una causa justa y murió en un país que no lo vio nacer. Que le hablen de Martí y de su amor a Cuba, de Abel Santamaría, de Fidel. No quiero que le reciten, por ejemplo, la historia de un país que se ha hecho fuerte a base de usurpar territorios ajenos, de invadir, bombardear, matar. No quiero que viva en un sistema llamado a despertar desde la más tempranas edades esa enfermiza compulsión de competir y triunfar por encima del otro.
Yo quiero que mi niña, además de correr libre por el Calixto, sepa que tener un DVD, un perro danés y el carro del año no es lo más importante en la vida; que para ganarse las cosas hay que trabajar, pero jugando limpio; que lo mejor no es un trabajo que te de mucho dinero, sino uno que sea útil a los demás. No todos los cubanos sabemos eso, pero la Cuba de hoy es el mejor lugar para aprenderlo.
Lo publiqué primero en Generación R
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