Temblores en Santiago: Esperando…

Desde la cama miro los libros, las paredes, el techo e intento imaginar cómo sería ese temblor que nos están pronosticando, cómo sería todo tambaleándose, cayéndose, cayéndonos arriba. ¿Estaremos en casa o mi beba en la escuela, nosotros en el trabajo y todos separados? Antes de dormir, mi bolso al lado de la cama, con los tarecos que tiene usualmente, (agenda, pastillas para el estómago y el dolor de cabeza, monedero, etc…) y, además, una manta, las chancletas de la Gio y un pomo de agua, no sé exactamente para qué, si se caen las paredes, no creo que pueda hacer mucho con eso. Los espejuelos y el celular ubicados, las chancletas bien puestas, y sin mosquitero en los primeros días para no enredarnos si hay que salir corriendo.

Los santiagueros están acostumbrados a que tiemble, pero nunca antes la amenaza y la certeza de un terremoto de gran magnitud había estado así de cerca, tan respirable, tanto que el menor movimiento, -algo a lo que el santiaguero común reaccionaba con “¿tembló?”, “sí, tembló”, y todo sigue normal-, provoca ahora traslados en masa hacia las plazas, los patios de las escuelas, los parques, lejos de los grandes edificios.

¿Dónde dormiste ayer? Es lo primero que le pregunto a mi compañera de trabajo, porque en estos días se ha ido con una manta y un termo de café para el parque Abel Santamaría. “no, ya en la casa, me tomé unos rones, intenté estar despierta un poco más después de la novela, pero el sueño me venció”.

“¿Sentiste el de anoche?”, me preguntan, hacemos chistes al respecto, hablamos de un falso temblor que sentí como a las 9 de la noche, y de cómo suelo quedarme bien tranquila en cualquier lugar que esté, tratando de percibir la más mínima vibración a mi alrededor, de cómo cualquier ruido, murmullo, rumor, ladrido de perro o graznido de aves inquietas me da dolor de estómago.

Duermo, pero en lo primero que pienso al abrir los ojos, es en que no pasó nada, me complace ver la ciudad al amanecer, todo está en su lugar, los edificios en pie y no hay razón para no llevar a los niños a la escuela, y no dejarlos allá el día entero, un día largo, hasta que los buscan en la tarde y todos vuelven a sus casas con sus padres.

Dice Bladimir que para que se libere la energía necesaria tiene que ocurrir un gran terremoto de 7 punto algo, o 32 mil terremotos de 4 grados. Lo dice con la certeza de sus ojeras, de su hablar pausado de las tantas veces que ha tenido que repetir en televisión que no, que no va a haber un tsunami, que las fallas se desplazan horizontalmente y los tsunamis son provocados por movimientos verticales, o algo así, que no, que Santiago no está hueco ni se va a hundir, que no, que las lluvias no tienen nada que ver con los temblores, aunque –digo yo- los santiagueros están bastante jodidos porque la lluvia no los deja dormir fuera y, para colmo, hay una sequía terrible.

El domingo todo era un juego para mí. No salí de la casa, no salí de la cama, apenas para quitarle la llave a la puerta y volver, y claro, despertarme con cada temblor, y sentir a mi madre –que estaba de visita en casa y que nunca en su vida había sentido un sismo, porque en Holguín no tiembla- decir bien bajito “que pare ya, que pare ya”, pero sin miedo, apenas con la sensación de estar viviendo algo extraordinario.

Con los días, la lluvia, las malas noches y la nueva rutina de llenar el pomo de agua, tener el bolso cerca, preguntar: ¿tienes las chancletas bien puestas?, todo se ha vuelto muy denso, aunque ya lo estemos incorporando, uno siente una cosa pesada dentro. Miro alrededor y no puedo imaginar… o sí puedo, pero sin mucho éxito, ¿será así como yo lo veo?, los libros, las tacitas de arte cubano del estante, las tablas del falso techo, las lámparas… mejor no pensar en nada.

Nuevitas era una fiesta… hieroscopiana

4ta HieroscopiaNuevitas se parece a Gibara, fue lo primer que me vino a la cabeza mientras recorría en un moscovich las calles más cercanas a la Terminal. Tiene un paisaje con barquitas, casas de madera, paredes corroídas por el salitre. Tiene, además, -y en eso no se parece a ningún lugar que haya visto-, mar por todas partes, a la vista, en el horizonte, en cualquier dirección, con un par de chimeneas lejanas y humeantes.
Llegamos a Nuevitas a la 1:00 de la tarde y para mí fue bastante coherente, porque lo único que sabía de ese lugar era que había una salina. Lo asociaba entonces con un paisaje marino bien soleado: sol, mar, sal que brilla con el sol. Esa era la idea de Nuevitas, y fue bonito ver cómo atardecía, y cómo el paisaje degradaba sus colores y me mostraba la misma postal con otros matices.
El evento de cine por el que recorrimos siete horas en una yutong, mochila a cuestas y con el cargo de conciencia de dejar a nuestra peque, se llamaba Hieroscopia, que es, según nos explicaron, un antiguo arte de adivinación practicada por etruscos, celtas y romanos, y que consiste en leer en las entrañas de los animales (peces, gallinas, ovejas). Por supuesto que en el evento el término alcanzó para mí otras connotaciones, porque nada tiene que ver con la raíz etimológica de la palabra, no es un concurso de adivinos,
prestidigitadores, etc. Hieroscopia identifica el festival audiovisual que un grupo de jóvenes realizadores nueviteros organizan desde hace cuatro años, para exhibir sus cortos, generar un intercambio… A esta edición vino gente de la Habana, Sancti Spíritus, el municipio mayaricero de Holguín, la cercana ciudad de Camagüey y nosotros de Santiago. Entre las conversaciones y el visionaje de los materiales nos enteramos de que los muchachos de Nuevitas han hecho cerca de 30 cortometrajes con guiones propios, música original, y también con sus propias actuaciones.
Han hecho de la cooperación total y desinteresada su mejor arma para hacer cine, más allá del drama por conseguir dinero en los fondos internacionales, en los pitching, más allá del drama por hacer lobby en los festivales, aunque, como conversamos luego, es muy probable que en algún momento lleguen a eso. No interesa ahora, importa la manera en que han logrado unirse para hacer un arte que desde la
individualidad puede llegar a ser demasiado agotador y frustrante. Nosotros lo observábamos todo, el mar, las chimeneas, los cortos, a los nueviteros. En la primera mañana salimos a caminar para ver el mar de cerca, y descubrimos columnas forradas de hierro, a punto de explotar. Doblamos y en una curva estaba el fondeadero con las barquitas, tranquilas, ancladas, meciéndose.
Encontrar en una librería la compilación de Borges de Letras cubanas a dos pesos, me recordó de inmediato París era una fiesta, la novela de Hemingway. La leí hace mucho tiempo, pero siempre la recuerdo cuando consigo cosas muy buenas a un precio ínfimo, o cuando me rodea el bienestar con escasos recursos. Charly buscaba Los detectives salvajes de Bolaño, a un precio parecido, yo buscaba cualquier cosa, poesía, sobre todo, es lo más fácil de escoger, porque lees un poema y si te engancha, pues ahí está, y si vale dos pesos, voilá!! Charly no encontró a los detectives, pero al final ambos terminamos llevándonos libros baratísimos de uno y dos pesos, una cosa así.
La novela del viejo Hem me vino a la mente todo el tiempo. Nos quedamos en un albergue de una escuela, dormíamos en literas con una brisa riquísima, nos conseguían cafecito temprano, nos traían el desayuno casi a la cama, y el resto de las comidas la hacíamos en Nuevimar, un restaurante decorado con redes de pescar y boyas con forma de salvavidas –eso parecían–, al que llegábamos y del que partíamos en un trencito arrastrado por un tractor.
Por las noches tomábamos vino, también ron y cerveza, a veces todo junto, y en la hierofiesta ¡oh Dios! ponían música de los 80´, qué más podía pedir!!, (a ver, tengo la necesidad de aclarar que en los 80´ aún tomaba leche en biberón, pero me gusta la época, ¿han oído eso de sentir nostalgia por algo que no viviste? Eso son los 80´)
Uno de nuestros amigos nos llevó a su casa para que viéramos sus cuadros. Dice que ese es uno de los centros de reunión del piquete. Realmente eran hermosos, y sabía que no podía enamorarme de ninguno, pero en el piso, en una esquina, había tres botellas pintadas, “París era…”, pensé. El viejo Hem y su esposa compraban obras de arte muy baratas y las colgaban en su cuarto de no sé dónde. La botella es tan linda, en el viaje de regreso la traje en mis brazos todo el tiempo, sintiéndome muy afortunada, como si llevara conmigo un objeto muy especial que me fuera a salvar de algo.
Ahora la botella está en una esquina de lo que nos gusta llamar “nuestro cuarto de estudio”, y con ella viene la buena vibra de esos días, el misticismo que despertó en nosotros aquella primera noche la banda municipal de Nuevitas tocando los clásicos de Ennio Morricone de los western spaguettis, la madrugada con guitarra y las canciones de Javier, los tres cortos que vi filmar el último día bajo la amenaza de una nube gris, los saltos espectaculares de Dj Albóndiga, y el recuerdo de los amigos, todos ellos.
Por muchas cosas Nuevitas era una fiesta  y por suerte (gracias Pedro), nosotros estuvimos allí para vivirla.

¿Who´s gonna ride your wild horses? Quién??

caballo-al-galopeSi yo pudiera meter a todo el mundo dentro de la melodía que escucho, pongo pedacitos de la letra en face o twitter y siento como si gritara fuerte fuerte y no me saliera la voz. Who´s gonna ride your wild horseeeeeeeeeeeeeees, ven? Nadie me escucha, me escucha alguien? Es inútil, todo el mundo está muy lejos. “Don´t turn around…” canta Bono, “come on love, don´t you look back”, grita, canta, y a mi lado alguien teclea, otro habla por teléfono, Jose hace un chiste, y todo el mundo se ríe, menos yo. “you ´re an accident waiting to happen…” Alguien abre la puerta, está diciendo algo parece que importante, y …blue see, todos ponen cara de asombro, y salen corriendo, por la puerta entra olor a humo, a lo mejor hay un incendio allá afuera, veo humo, han venido a asomarse por las ventanas de la redacción, están gritando, ¿gritan? si supieran lo intrascendente que parece todo con esta banda sonora…

(Aclaración: Nadie habrá entendido completamente el sentido de este post si no lo lee escuchando “Who´s gonna ride your wild horses” de U2 y aún así es posible que… tampoco, nadie entiende la música y la vida de la misma manera, ¿verdad?)

Dónde están los ladrones

Había una niña sentada en la acera, no importa de qué edad, es una niña y está jugando con su muñeca preferida. Por la esquina viene un hombre, uno cualquiera… y le arrebata la muñeca, y se va corriendo. La niña se queda en la acera, sentada, sin entender, llora, sigue llorando, deja de llorar y se va…

Dos extraños

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No sé en qué parte de uno está la criatura, el sentimiento, la pulsión que nos lleva a hacer cosas buenas por los desconocidos, aun cuando no nos traiga ningún beneficio: brindar el asiento en la guagua; dar botella y no pasar de largo en el carro; devolver el vuelto de más; ayudar a un ciego a cruzar la calle o empujar la silla de un inválido que va subiendo una pendiente.

Hace unos días caminaba, doblaba las rodillas por Aguilera (es una loma, como una buena parte de las calles de Santiago de Cuba), una de las calles más transitadas de esta ciudad, y noté, en medio de mi esfuerzo y mi apuro, la mirada de un hombre al otro lado de la calle. Por inercia, por algún mal instinto devolví la mirada al frente y seguí caminando hasta que me di cuenta de lo que estaba haciendo.

Había tanta gente a su alrededor… pero nadie lo veía, los carros también le pasaban por el costado haciéndolo tragarse el humo del tubo de escape. Crucé y le pregunté: “¿Lo ayudo?”, “bueno, si no te atrasa”, me dijo como si hubiera estado esperando por mí hace tiempo.

Empujé la silla y con el movimiento las ruedas pequeñas se trabaron, volví a empujar y adelantamos un poco, pero el hombre quería cruzar la calle, llegar hasta una esquina y con el tránsito de Aguilera había que esperar.

Por el tiempo que estuve así, quieta y detrás de la silla, miré el mundo desde su perspectiva, con la ansiedad de no poder cruzar la calle y ya, o salir corriendo delante de un carro que viene a lo lejos, vivir a la velocidad de un paso en cinco segundos, sintiendo que la gravedad pesa más de lo normal, y que tengo que arreglármelas como pueda, quien quiera que esté sujetando mi silla ahora me va a dejar en la esquina y va a seguir su camino.

Finalmente, la calle vacía. Cruzamos rápido, el pasadizo que se abría ante nosotros estaba a punto de cerrarse, casi al instante comenzaron a pasar de nuevo las motos, ladas, camionetas, guaguas. En efecto, cuando llegué a la esquina, “hasta aquí, gracias”, me dijo, y yo solté la silla y volví a mi vida agitada, a la ciudad ligera que cientos de veces me ha parecido tan divertida porque es como una montaña rusa bajo las ruedas del camión, pero no pude zafarme del todo de aquel recuerdo. No pude zafarme de aquel hombre solo, en silla de ruedas, que subía Aguilera, tan lento, lento, casi detenido por el revuelo que acontecía a su alrededor y del que no podía participar: vehículos pasando, gente pasando, gente que grita, que suda, que mira el reloj, que busca una guagua en la lejanía, gente que vive otra vida.

¿Estamos así tan lejos unos de otros? Ni yo misma puedo asegurar que siempre me haya detenido, que haya tendido la mano a quien me pareció indefenso, desamparado. Y eso me da miedo, me da terror.

Hacer el bien a los desconocidos -me parece- es la expresión más pura de lo que llamamos bondad, es la forma más genuina en que podemos hacer el bien. Cuando hacemos un favor a un amigo, a un vecino, aunque lo hagamos con total desinterés, siempre cabe la posibilidad de que te lo devuelvan de alguna manera, pero cuando le hacemos el bien a un extraño, no hay trampa, es muy poco probable que el bien regrese a ti, al menos directamente desde esa persona.

Y a veces se trata de eso, de que uno quiere sentirse en paz con uno mismo. No importa, aun así el otro recibirá el dulce roce de la bondad, y lo agradecerá aunque lo hagamos por ese impulso egocéntrico de querer sentirnos buenas personas. No importa, el mundo será un mundo mejor si está lleno de gente que tiene ese impulso, que se cuestione, que se preocupe por querer ser bueno. No importa incluso, si lo hacemos con la secreta intención de que ese favor, sí, por alguna vía, por alguna escurridiza casualidad regrese a nosotros.

Recuerdo hace tiempo, cuando yo vivía en otra casa, en otra ciudad, una tarde en que mi beba y yo nos entreteníamos en nuestra enorme sala sin muebles, armando un lego, mientras afuera llovía, llovía mucho. Yo acababa de venir de un fallido intento por sacar un turno en la clínica estomatológica: la encargada de hacerlo estaba muy apurada, ya era hora de cerrar y no pudo atenderme. Escuchamos el ruido de gente que se guarecía en nuestro portal, me asomé por la ventana y era una señora con dos niños. Por supuesto, le abrí la puerta. Desde que entraron, el rostro de la mujer me pareció familiar en extremo, pero no sabía definir de dónde la conocía. Los niños jugaron con nosotras, conversé con la señora, terminó de llover y se fueron. Después de un rato recordé: la mujer era la encargada que hacía unas horas no me pudo atender en la clínica estomatológica.

Polizones

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Foto: Carlos Ernesto Escalona (tomada del blog Kilómetro cero)

El último recuerdo de un tren había sido el de mis amigos y yo, caminando en fila por un pasillo oscuro, cargando bultos, tropezando con la cabeza y el hombro de la gente que dormitaba en los asientos, esquivando sombras en los pasos de un vagón a otro, -“polizones”, pensé, como si yo fuera un personaje de un policíaco-.

Esta vez el tren desplegaba una hilera de luces encendidas y los pasajeros viajaban todos en sus asientos, sin sobresalto, embutidos en el monótono chirriar de las ruedas y los carriles de hierro.

Solo los uniformados –policías, ferromozas– se movían entre un vagón y otro olfateando como sabuesos, cuidando el orden.

En otras circunstancias hubiera aplaudido tanta limpieza, organización y control, siempre he sido del bando de los “legales”, de los que hacen bien las cosas, sacan sus pasajes, viajan en su puesto, no fuman, beben, o ensucian el vehículo. Pero esta vez, mi ticket no cubría el tramo completo. Desde Ciego de Ávila hasta Guayos (Sancti Spíritus), sería, para los inspectores y el resto de los pasajeros, una polizón.

Desde mi asiento, ubicado al revés, los sembrados, las casitas de madera, la continuidad de los cables de electricidad venían desde atrás y yo me entretenía en verlos alejarse, disfrutando la tranquilidad de tener aún un sitio seguro donde meterme.

Los que me aconsejaron que montara al tren sin tener todo el tramo cubierto, me contaron -y yo lo había visto- que los representantes, por norma recorren los vagones y cobran el doble del costo del pasaje a quienes encuentran sin asiento. El tren se llenaba entonces de la capa más humilde y menos prometedora de la sociedad: tipos mal vestidos, con la barba de una semana y el olor de la calle, del alcohol, del peligro; mujeres ojerosas, con paños en la cabeza, llena de bultos.

Sin embargo, por lo vacío que se veían los pasillos y el entre-coche no me pareció que la tolerancia fuera la política esta vez. Y yo percibía una sanidad, un orden que no había sentido otras veces, como una casa limpia y desahogada, sin zapatos viejos, pomos vacíos, cucarachas, rincones putrefactos.

Las voces de una disputa me despertaron de la modorra. Un policía discutía con alguien en el entre-coche. Me asomé al pasillo. El oficial interpelaba a una mujer de mediana estatura, de quizás unos 40 ó 50 años que miraba hacia abajo sin responder. Por los comentarios a mi alrededor deduje que le reclamaba por estar haciendo el viaje gratis, sin pasaje alguno.

No quisiera estar en su lugar, pensé, sintiendo un poco la desprotección que debía estar experimentando ella. El policía nos pasó por el costado y la mujer se quedó, quieta, muda, en el mismo lugar.

El tren había ido cambiando con el amanecer. Los vendedores se movían con más facilidad por los coches, si alguno veía a un uniformado, guardaba sus productos, daba media vuelta y escapaba corriendo. Vi otras caras que también deambulaban por el corredor. Noté –porque estaban fuera de sus puestos y medio intranquilos– que dos o tres de los que venían sentados perdieron sus asientos, o se les terminó el ticket, como me sucedería a mí. Mejor mirar el paisaje, estar fuera que dentro.

Ya habíamos pasado la Terminal de Camagüey cuando escuché de golpe, como si de repente le subieran el volumen a un radio: “!pero m´ija es que tú vienes parada ahí desde Santiago!”. El policía volvía a reclamar. Vacas, casitas, verde, verde, más vacas, más casitas, más verde, el paisaje era interminable. “No-no-no-no-no”, decía como una carretilla el policía. Ella replicaba bajito. Luego alguien dijo: “está llorando” y otro agregó: “sabrá Dios el problema que tiene”.

Aún faltaban algunos kilómetros para Ciego, sin embargo el llanto de esa mujer, a quien no podía ver de frente y escuchaba apenas, comenzó a darme escalofríos.

Me arrellané y me concentré en el paisaje, con la ilusión de que ningún avileño hubiese comprado el número de mi asiento. No sé en qué terminó la discusión, si es que terminó, pero al menos no escuché más nada.

En vano tuve la esperanza de conservar mi puesto. En cuanto llegamos a la estación, mi vagón se llenó de gente extraña que ocupaba nuestros lugares con toda la autoridad de sus papelitos acuñados. Salí con mis cosas, como una figura en reposo que sale del dibujo, y empecé a deambular entre los otros que también se quedaron de pie.

Los “sentados” nos miraban con recelo y me recordé a mí misma, un viaje atrás, molesta ante el tránsito zigzagueante por el pasillo, con el temor de que alguien se llevara mi equipaje y con el deseo de que el corredor se limpiara de gente con un solo plumazo, para tener un viaje tranquilo, “como debiera ser”.

Ahora era yo quien estaba parada en una esquina del vagón, con mi mochila, como un perro sin dueño. Una muchacha, parada también, me miró y cambió la vista. Puede parecer muy dramático, pero me recordó una de las escenas finales de Titanic: el barco está a punto de hundirse por completo, Rose y una chica han logrado llegar a la proa, y se miran, temblando, sin decir nada.

Los policías no estaban. Tampoco vi a la mujer. Unos inspectores se acercaron y empezamos a movernos para despistar, antes de llegar a nosotros se detuvieron y se sentaron.

Por suerte, el viaje hasta Guayos solo duraba media hora, no era gran cosa, aunque en los primeros minutos me pareció interminable. Caminé hasta el primer coche con la justificación de que quería estar más cerca de la puerta que queda sobre el andén cuando pararan en la estación, y allí terminé los últimos minutos del viaje, sin que las ferromozas, los policías u otros agentes del orden me molestaran.

Llegamos por fin, a Guayos, en realidad a una estación en medio de la nada, donde dos niños veían muñequitos en un televisor pegado a la pared. Me fui a tomar un camión para la ciudad, y ya rumbo al centro espirituano, volví a acordarme del conflicto de la mujer.

¿No tendría dinero ni para los veintipico del pasaje? ¿Tendría un pariente enfermo y no pudo conseguir ticket a tiempo? Pensé también en el policía, en que seguramente bajar a la mujer habría sido una medida ejemplarizante para los demás polizones, bajar a la mujer, o a cualquier otro, a mí, por ejemplo, tirar a uno por la borda, cumplir el reglamento.

Nadie podría culparlo por querer un mejor servicio: trenes limpiecitos, puntuales, organizados, sin gente que se monte sin pagar y ande por ahí incomodando a los otros… “me molesta haber tenido que ser uno de ellos”, iba pensando en el camión. Al final no supe qué pasó con la mujer ¿Qué habrá hecho el policía?, ¿Qué habría hecho yo en su lugar… dejar a la mujer, no solo a ella, sino a todos los demás? ¿Qué habrían hecho ustedes?  

Los calendarios

Qué inútiles son los almanaques del año que acaba de terminar, sobre todo si no se hizo en ellos ninguna marca de un cumpleaños, de un evento, ni una crucecita, un círculo. Ni siquiera son tan inútiles los almanaques más viejos, de hace, quizás, cinco o diez años. Esos ya guardan en el color amarilloso, la tristeza del paso del tiempo, la nostalgia de un tiempo mejor que ya pasó. Pero los calendarios del año que termina, son irremediablemente inútiles, no importa si son grandes o chiquitos, dan ganas de botarlos.

Los calendarios nuevos son, por el contrario, tan esperanzadores, tan necesarios. Es la promesa de un tiempo nuevo, como una hoja blanca en la que podremos escribir nuevas cosas, hacer nuevos planes, planificar mejor.

Pero esos nuevos calendarios van pasando, ahí, sin quitarlos de la pared. Y no se deterioran en un año, que es lo peor, al final de los 365 días, se siguen viendo -casi siempre- tan nuevos como al principio, y uno tiene que descolgarlos, con la sensación de que no se han aprovechado al máximo, de que no han rendido bastante y de que uno tampoco ha vivido lo suficiente, de que el año no ha sido un desperdicio, pero que se ha ido demasiado rápido, sin que uno lo haya aprovechado todo.

Por eso me gusta comprar lindos calendarios, con alguna imagen que me guste mucho y que lo salve al final del año de ese sentimiento de inutilidad, por eso me gusta también hacerle muchas marcas, las semanas de viaje, los cumpleaños, los días de menstruación, las reuniones, los eventos institucionales, hacer un circo que casi nunca entiendo, pero que al final da la sensación, aunque sea mentira, de que he tenido un año muy intenso y de que mi vida ha sido muy interesante.

Los números de Chelydoscopio en el 2013

Gracias a István, Tunie, Sheylla, la Bet y Carmencita, porque según los monkeys de wordpress fueron los que más comentaron en mi blog, también a Rodo y a Luis Ernesto, porque sus páginas fueron trampolín  a la mía. Gracias a los monos de wordpress por hacer un resumen tan bonito, con fueguitos artificiales y eso, allá va el resto…

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 7.400 veces en 2013. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 6 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Guantánamo

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Fotos: Lorenzo Crespo.

Estuve en Guantánamo, la ciudad de los ríos, del cacao, del changüí, de las calles más rectas que he visto… Llegué medio aturdida, y no sé si fue el efecto de la luz del atardecer cayendo, el cansancio de la gente de regreso a casa, la línea larga del ferrocarril y la nostalgia que me traen los trenes, lo que me hizo sentir que ya conocía esas cosas, que Guantánamo no me era tan ajeno.

No sé por qué la palabra Guan-tá-na-mo, me sonaba a lugar polvoroso y triste, será porque geográficamente es como un hueco por el que no tienes que pasar para ir a ninguna parte, está metido allá, arrinconado en el oriente de Cuba, tan lejos de la línea que me he trazado en mis viajes, siempre al oeste…

En una noche nos llevaron a los mejores lugares, y yo quise ver lo mejor… Me perdí, porque llegué tarde, el museo provincial y lo más espectacular de su colección: un pedazo de la nave en la que Arnaldo Tamayo regresó del espacio en los 70´.

Le dimos la vuelta al parque, entrando y saliendo de los mejores establecimientos que lo rodean: la chocolatería –en moneda nacional– La Primada; la pizzería más barata que haya conocido, con pizzas entre ¡tres! y quince pesos; el hotel Martí, según los lugareños, el que mejor se vende en la ciudad; y la Casa de la Trova “Benito Odio”, un salón demasiado espacioso para mi gusto –para la trova prefiero los metros cuadrados de un patio casero, pequeño, íntimo– pero justificado al menos por una pareja de bailadores septuagenarios que vienen siempre y a los que, según me dijeron, podría encontrar en cualquier lugar con música. El sexteto estuvo inmejorable.

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Percibí en los guantanameros la urgencia por mostrarle a los demás, al mundo, sobre todo, que Guantánamo no es la base naval, o la cárcel adonde van a parar los prisioneros de “la lucha contra el terrorismo”. Entre ellos sentí la misma calidez y hospitalidad que percibí entre los santiagueros, de hecho, se parecen mucho, tienen, entre otras, las mismas influencias del Caribe: emigración franco-haitiana y de braceros haitianos y jamaiquinos… pero la ciudad es recta, llana, nada que ver con las lomas santiagueras, por eso Guantánamo se me parece a un híbrido entre Holguín y Santiago, o algo así, un Holguín habitado por santiagueros, salvando las distancias. (que me perdonen los guantanameros, pero casi siempre armo el puzzle de las nuevas ciudades con las dos que más conozco)

De día solo estuvimos un rato. Mientras la guagua avanzaba, un tren nos pasaba por el costado en dirección contraria, con el mismo estruendo que habría hecho una manada de elefantes caminando en fila por la ciudad. Me faltó por ver un montón de cosas, me imagino, las calles sin pavimentar, los tipos jugando dominó en los barrios, las paradas de guagua repletas o vacías.

Me quedo por ahora con la postal, y con la gente que me acompañó en este viaje. Sin Arlín, Adriel, Lorenzo, Lily, y los demás, nosotros, los invitados, los que llegábamos a la ciudad de los ríos, del cacao, no habríamos pasado de ser unos forasteros, unos intrusos en tierra ajena.

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La historia de “Lo Feo”

Ni siquiera el Principito con su célebre “no se ve bien sino con los ojos del corazón” me mostró con tanta claridad la sencillez de las cosas como sí lo hicieron la vieja palangana de violetas y el cocuyo atrapado en la botella.

Ayer cuando llegué a casa, busqué el libro de Teresita Fernández, con sus hojas un poco magulladas por el roce medio torpe de mi beba, y releí la historia de cómo escribió Lo feo. Después Gio  se quedó en la cama, hojeando el libro y cantando, ojalá entienda lo que canta y sienta la ternura del coralillo y el alita de cucaracha. Aquí los dejo con la historia, contada en las palabras de Teresita:

Tenía novio y era el Día de los Enamorados. Él estaba en La Habana y yo en Santa Clara, y en la terminal de ómnibus antes de tomar la guagua me preguntaba: ¿qué le regalaré? Veo un cocuyo y se me ocurrió cogerlo, pero dije: ¿Cómo se lo llevo? Me encuentro una botella rota en el andén, metí el cocuyo dentro de la botella y eso fue lo que le regalé, y como era del campo y estaba viviendo en La Habana, él se emocionó muchísimo porque los cocuyos están en el recuerdo de casi todos los niños campesinos. Fui todo el camino de la guagua, tarareando la canción, porque eran cosas que tenía en la mente.

Mi papá enamoró a mi madre con un ramo de violetas, desde entonces en mi casa hubo una palangana de violetas, y yo he tenido siempre una en recordación a mis padres. Otra cosa que he visto desde mi niñez es que en todas las cercas sin brillo, se enredan los aguinaldos y los coralillos. ¿Por qué? Porque el tiempo hace su obra, y en una cerca que constantemente la estén pintando no se enreda nunca nada. Sin embargo, en las cercas más viejas y pobres de la carretera, el coralillo y el aguinaldo se enredan y son las dos plantas melífluas más importantes, las mayores productoras del miel. Por eso siempre recuerdo a Martí: “ser cultos para ser libres”. La gente no puede imaginar cómo el conocimiento te da alas para volar. La gente se cree que eso es ser soñadora y muy idealista.

La belleza está en todas partes. Hay que tener espejuelos para ver la belleza que está hasta en lo feo, porque es muy fácil amar el poder, la gloria, el éxito, el dinero, la buena ropa, la buena comida…pero para desentrañar la belleza, que hay detrás de lo feo, hace falta más visión y diría que hasta un amor heroico. Con todas esas vivencias…, más un texto de Gabriela Mistral que dice: “En lo feo la belleza está llorando, fíjate cómo el escarabajo deja que se pose sobre su caparazón oscuro, una gota de rocío que le finja un pequeño resplandor de dicha”.

Con todo eso, hice la canción.

(Tomado del libro Amiguitos, vamos todos a cantar, de Alicia Elizundia)